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Opinión

Amores que matan

Ciudad Juárez ha vuelto a los titulares de todos los periódicos nacionales, de nuevo con temas de violencia, ejecuciones y crimen organizado, de nuevo como a los niveles de hace 14 o 15 años

Francisco Ortiz Bello
Analista

domingo, 19 junio 2022 | 06:00

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Ciudad Juárez ha vuelto a los titulares de todos los periódicos nacionales, de nuevo con temas de violencia, ejecuciones y crimen organizado, de nuevo como a los niveles de hace 14 o 15 años, quizá no en el número de ejecuciones diarias, pero sí en los ajusticiamientos sumarios a plena luz del día, en lugares públicos y ante la mirada de decenas de personas, crímenes de alto impacto social sin duda alguna.

Apenas recién presumían las autoridades estatales, federales y municipales una incipiente reducción en el número de ejecuciones durante los primeros meses del año, cuando a partir de mayo se presenta un repunte en este macabro índice de ejecuciones, pero también un claro desdén de los grupos criminales por la autoridad, realizando sus ejecuciones con más descaro y desparpajo, sin importar ni la hora, ni el lugar, ni si entre las víctimas van menores de edad.

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Lo mismo han acribillado a grupos de personas dentro de un domicilio particular, que a media calle en avenidas transitadas o en un restaurante concurrido, nada importa la circunstancia de tiempo, modo y lugar. Un abierto desafío a las autoridades.

Evidentemente, esos hechos tienen un impacto en el estado de ánimo social. En muy pocas semanas hemos transitado de la sorpresa, el desconcierto, luego el temor hasta llegar a la indignación. Los hechos ocurridos la mañana del pasado jueves en el restaurante Dennys del centro comercial Galerías Tec, han despertado la indignación social y el reclamo por seguridad de muy diversos sectores de la sociedad juarense.

Alrededor de la 11 de la mañana, dos hombres armados ingresaron al restaurante y acribillaron a los cuatro ocupantes de una mesa, dos hombres y dos mujeres, así como a otro comensal que corrió ante los disparos, dando el tiro de gracia a quienes departían o celebraban un cumpleaños en ese lugar.

Por la hora y por la ubicación, el lugar se encontraba abarrotado. Había muchos niños en el restaurante. Nada de eso importó a los sicarios quienes, con la mayor sangre fría, dispararon sus armas hasta alcanzar su objetivo, porque es evidente que, al menos una persona en esa mesa, era el objetivo de los sicarios.

Incluso, poco tiempo después de los hechos, circuló un video del momento justo de la ejecución, así como fotografías de las personas asesinadas, haciéndose virales de inmediato por supuesto, pero llamando la atención sobre el origen y propósito de la filtración porque, al menos el video, no pudo ser obtenido más que de las mismas investigaciones iniciales, ya que se trata del video de las cámaras de seguridad del establecimiento. Pero ese es un tema aparte que comentaré más adelante.

Volviendo a los hechos de la masacre, luego de cometer sus crímenes, los hombres armados salieron tranquilamente por la puerta principal del negocio y se fueron, como si nada, como cualquier otro cliente que hubiera terminado de desayunar en el lugar.

Es evidente que esos pistoleros ya sea que fueran sicarios a sueldo cuyo trabajo -si así se le puede llamar- es matar personas, a cambio de una paga, de una remuneración o los propios interesados en privar de la vida a alguien, en cualquiera de ambos casos, hablamos de entes (no creo que alcancen la categoría de seres humanos) totalmente despojados de valores como el respeto a la vida humana, el estado de derecho, la sana convivencia y otros más. Simplemente, no conocen el valor de la vida.

De inmediato vino el reclamo a las autoridades. No faltó quien responsabiliza al gobierno federal por la inseguridad generalizada en todo el país, o quien culpe al gobierno del estado por la falta de resultados en las investigaciones por homicidios, o a la policía municipal por no prevenir adecuadamente la comisión de delitos, lo cierto es que sí existe una falla generalizada de los tres niveles de gobierno, no podría responsabilizarse a uno solo de ellos.

La tarde del viernes, un grupo de líderes empresariales y sociales, encabezados por el presidente de Canacintra, Thor Salayandía, ofrecieron una rueda de prensa en la que exigen a los tres niveles de gobierno que modifiquen y mejoren las estrategias de seguridad pública, porque con lo que han hecho hasta hoy, no se han obtenido los resultados deseados. Bien por el reclamo y por la acción de manifestarlo.

El mismo día de los hechos también se supo que una de las mujeres asesinadas respondía al nombre de Fabiola Luna, reconocida estilista de la localidad, probable objetivo del atentado, ya que en 2014 fue detenida y procesada por posesión de armas de fuego, junto con otros tres implicados.

Y es, en ese punto, donde se abre todo un abanico de posibilidades dentro de las que la sociedad juega un papel preponderante y hasta de responsabilidad, diría yo. 

En La Columna de El Diario del viernes se consigna: “Al transcurrir el día cambió el sentido del análisis al ser identificados los fallecidos(as) y quedar constancia en redes sobre posibles líos sentimentales entre víctimas y agresores. Inclusive quedaron exhibidos antecedentes penales al menos de una víctima.”

Este dato, de una posible venganza pasional o sentimental, tiene trascendencia desde el punto de vista de la investigación como tal, o para los analistas especializados en temas de seguridad relacionados a la operación del narco en la ciudad, pero para el ciudadano de a pie o para el análisis sociológico me parece que no tiene tanta. Explico por qué.

Las relaciones entre los seres humanos son conflictivas por naturaleza, sean estas del tipo que sean. Trabajo, negocios, familiares, sentimentales, cualquiera que sea el tipo de relación conlleva necesariamente la resolución de diferencias, de conflictos, naturales entre dos o más personas con pensamientos y visiones distintas. Pero, ningún ser humano civilizado resuelve estas diferencias, estos conflictos, a balazos y menos en un lugar público.

Ese razonamiento nos lleva a otro todavía más delicado. Todos sabemos la manera en que los integrantes del crimen organizado resuelven sus diferencias, sus “códigos” de honor y “reglas” de operación son muy tajantes. Entre ellos, las traiciones, robos, invasión de territorio o deslealtades se pagan con la vida, y no hay otra. Eso lo sabemos todos, sin embargo, aun así, hay quienes deciden incursionar en ese mundo oscuro de violencia y muerte.

Por eso, cuando una persona decide ingresar a las filas del narco, jugando el papel que sea, sabe de antemano que terminará sus días o muerto a balazos, o herido en algún hospital o en la cárcel, y que cualquiera de esas posibilidades puede ocurrir en el tiempo menos esperado. También sabe que pone en el mismo riesgo a familiares y amigos. Lo saben.

Sin embargo, cuando actuamos en sociedad, aunque todos sabemos las consecuencias que puede tener, decidimos hacernos de “la vista gorda” al interactuar con personas que se dedican a alguna actividad relacionada al narco. Porque también todos sabemos quiénes andan en “malos pasos”, pero no solo volteamos la mirada para otro lado, sino que hasta convivimos con ellos en reuniones sociales, restaurantes o fiestas familiares. Total ¿Qué puede pasar? Los que andan en malos pasos son ellos ¿Nosotros qué?

Bueno, pues en lo ocurrido el pasado jueves encontramos la respuesta con mucha claridad. Ningún malandro se levanta por la mañana pensando ¿A quién mataré hoy? Claro que no. Eso obedece a “decisiones” muy específicas para cobrarle cuentas a quien se piensa que las debe. Van sobre objetivos precisos.

Ese jueves, en la fatídica mesa del Dennys, al menos uno de los cuatro comensales tenía cuentas pendientes con alguien que se cobra con la muerte las facturas. ¿Quizá murieron inocentes? Sí, quizá. No lo sabemos. Lo que sí sabemos con certeza es que solo entre malosos se cobran las cuentas a balazos.

Si el ataque a una mujer de esa mesa fue por despecho sentimental de un hombre, como se perfila hasta el momento la investigación, o por cualquier otra razón que haya sido, incluso a alguno de los hombres, lo que queda claro es que, como sociedad, hemos permitido que los brazos de la delincuencia se apoderen de todos nuestros espacios, siendo indiferentes a su presencia, y, en consecuencia, pagamos el precio de esa violencia permitida, tolerada y hasta fomentada dentro de la misma sociedad.

Indiscutiblemente, las autoridades de los tres niveles de gobierno tienen una obligación y responsabilidad ineludible: brindar seguridad a los ciudadanos y tendrán que hacer lo que corresponda en ese tema, pero, la sociedad también tiene una tarea igualmente obligada: formar hombres y mujeres respetuosos de las leyes y de la vida humana, de lo contrario seguiremos siendo víctimas de nuestras propias omisiones.

    

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