Opinión

A la mitad del camino

El punto capital del pensamiento de H. Arendt descansa sobre la verdad en el ámbito de la política

Hesiquio Trevizo
Presbítero

domingo, 14 noviembre 2021 | 06:00

El punto capital del pensamiento de H. Arendt descansa sobre la verdad en el ámbito de la política. Lo que está en juego es la verdad y en particular la verdad concerniente a los hechos, es decir, “la verdad de los hechos”. La polémica surge cuando los gobiernos, –y ella pensaba principalmente en los totalitarismos– intentan no sólo mentir sino alterar “la verdad de los hechos”. Sabemos que la era Trump inventó eso de las verdades alternativas. Hoy nos aprestamos a vivir en un mundo alternativo, realidades alternativas. El metaverso, juego de palabras: más allá del universo. Los hechos, pues, no cuentan.

Arendt, hablando de la verdad y la política, afirma que no se llevan bien, que la política propende a negar la “objetividad de los hechos”. Un gobierno totalitario, elegido democráticamente –cuyo último ejemplo chocante es Ortega y su consorte, en el colmo del cinismo–, tiene como característica esencial la inclinación a despreciar la objetividad de los hechos y a fabricar la verdad creando a través de la mentira sistemática un verdadero y propio mundo ficticio, opuesto a la realidad. Si esto no funciona, que fue el caso de Ortega, se procede a la acción directa. Todos sus opositores están en la cárcel o en el exilio. Esto nos lleva a una conclusión extremadamente peligrosa: la democracia no es ninguna garantía ni constituye la panacea para todos los males. Se nos ha vuelto equívoca, esquiva, peligrosamente manipulable y, por ello, ha perdido prestigio; aun los gobiernos llamados democráticos se ven inclinados a alterar “la verdad de los hechos”. Aquí se dice simplemente: “tengo otros datos”. Claudicante de la Fuente comentando la visita al CS de la inútil ONU; y es que “ningún poder puede imponerse sin hipócritas que lo representen” (Nietzsche. HDH. 1,56).

Los gobiernos “honestamente” totalitarios saben que el primer paso que deben dar es apoderarse de los medios de comunicación, del ejército y de la banca (se lo escuché a Allende). Los gobiernos democráticamente totalitarios han de ser más sutiles para lograr los mismos objetivos, la polarización social, la división, rebotar el agua, etc. Y para ello disponen de una herramienta fundamental que ha venido desarrollándose hasta lo increíble a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI, y que es la teoría de la comunicación. Se apoya dicha teoría en la psicología de masas. Si esto no basta, bueno, hay otros métodos de convencimiento, según lo vimos hace poco en Cuba. Goebbels sigue siendo el maestro. 

La Teoría funcionalista (H. Laswell: World Politics and Personal Insecurity, y Propaganda and Promotional Activities. P. Lazarsfeld: The People´s Choice). Esta teoría afirma que los medios de comunicación, entendidos como emisores de información, siempre tienen la intención de obtener un efecto sobre el receptor, se intenta persuadir a los espectadores. Para conseguirlo se formulan las siguientes preguntas: quién, qué, a quién, a través de qué medio y con qué finalidad. Esta dialéctica debe estar clara, definida y financiada de la mejor manera posible. 

Unida a esta teoría funcionalista, se encuentra otra llamada hipodérmica. Esta teoría sostiene, basándose en la psicología conductista, que la reacción de los oyentes a los estímulos proporcionados por los medios de comunicación es una respuesta mecánica, y que, por lo tanto, éste actúa de manera automática, homogénea e incontrolable. El modelo aplicado a los medios de comunicación es un modelo binario que entiende que entre el acontecimiento y el ciudadano no hay nada, es decir, que entre el emisor y el receptor no existe mediación. 

El mensaje “como estímulo” se inyecta (hipodérmica) en las capas subcutáneas, por así decirlo, del cuerpo social de forma casi imperceptible; así, éste asume el mensaje como propio y lo reproduce sin reflexión, automáticamente. ¿Quién sabe lo que es ser liberal, neoliberal o conservador, etc? Ello presupone conocimientos de historia, de teorías sociopolíticas, de economía, etc. Los medios de comunicación tienen el papel de emisores activos, mientras que los receptores son un ente absolutamente pasivo y actúan de manera totalmente uniforme frente a los mensajes emitidos por los medios. Hay una asimetría clara de roles entre emisor y receptor; para la teoría hipodérmica, el flujo de los medios de comunicación es unidireccional, por lo que se trata, estrictamente hablando, más de propaganda que de comunicación. ¿Qué sería de Chumel Torres sin la mañanera? O a la inversa, ¿de la mañanera sin Chumeles? Hay repetidores-difusores útiles e involuntarios.

Solamente mediante la aplicación correcta de tales principios de la comunicación social es posible que los gobiernos puedan actuar en la peor forma imaginable y de una manera impune. Sin embargo, este hecho nos obliga a resaltar la importancia trascendental que tiene la existencia de un periodismo independiente, valiente, comprometido, que impide el control absoluto de los poderes estatales y, por otra parte, evidencie su perversidad. La existencia de medios independientes es hoy por hoy cuestión vital para las sociedades. Ahora existe, claro, otro riesgo igualmente peligroso: los monopolios mediáticos. La fusión de los monopolios mediáticos privados y estatales es un peligro denunciado ya en el Apocalipsis. 

Este periodismo de calidad y profesionalismo, comprometido con la verdad, nos es, pues, necesario. La entrevista, el artículo de opinión, el ensayo, la revista, incluso la fotografía que congela el momento, tienen más oportunidad que el libro. Este género capta el momento y lo fija. Veamos algún ejemplo.

Celebrando los tres años de la ocupación de Irak, el entonces secretario de la Defensa, D. Rumsfeld, aseguraba que “los terroristas están perdiendo en Irak” y descartaba tajantemente que sus tropas abandonaran el país porque “es el momento para el empeño, no para la retirada”. “Dar la espalada a la posguerra irakí hoy, sería el equivalente moderno de devolver la Alemania de posguerra a los nazis. Si nos retiramos ahora, a todas luces, los partidarios de Sadam y los terroristas van a llenar el vacío y el mundo libre tal vez no tenga la voluntad de enfrentarse a ellos de nuevo. Dar la espalda al Irak de posguerra, sería el equivalente moderno de entregar la Alemania de posguerra a los nazis” (Washington Post). Y uno se pregunta cómo pueden decirse tantas mentiras en forma tan cínica. Biden lo ha hecho y selló 20 años perdidos de costes estratosféricos, muerte, miseria. Para regresar a donde mismo. 

Y el periodista está llamado a tomar conciencia de que el periodismo no es un hobby, ni siquiera el modus vivendi, sino una operación trascendental en la que está de por medio la misma convivencia humana, la suerte de los valores humanos y la democracia misma; esto, por una parte. Por otra, el ciudadano es alertado para entender los mecanismos y el alcance que el periodismo desempeña en la configuración de la mentalidad y en la percepción de la realidad. El periodismo, pues, forma parte imprescindible de nuestra vida moderna, de nuestra forma de comprendernos, de relacionarnos, y se erige como una instancia imprescindible en la configuración del futuro. Por eso son preocupantes las palabras de quienes nos dicen que el periodismo atraviesa una crisis de conciencia, de confianza y de objetivos y, sobre todo, de verdad.

La crisis de la razón, así llamaban T. W. Adorno y Horkheimer, de la Frankfurter Schule, la patología de nuestro tiempo. El desarrollo de la modernidad nos ha llevado a la catástrofe y la destrucción sistemática y justificada de seres humanos. Todo ello producto de la razón instrumental y lógica del capital. Desde este punto de vista, el capitalismo conduce a una sociedad cada vez más abocada a la homogeneización y a la uniformidad. Llegaremos a una sociedad autoritaria y totalitaria que impone sobre el individuo un poder cada vez más brutal y cuyo objetivo final es que la gente no piense. Los citados sociólogos llamaron a esto “presente de la negatividad”.

Tiene que hacerse entonces un enorme trabajo mediático para que la sociedad o no se entere o no logre calibrar la magnitud de los hechos. 

McLuhan, el gran teórico, intuyó el futuro. Para él, “el papel es un medio caliente que sirve para unificar horizontalmente los espacios, y tanto en los dominios políticos como de ocio”. Gran verdad. Ahora no son el papel ni tinta, son los medios electrónicos infinitos quienes uniforman o unifican en la horizontalidad vulgar la sociedad. Cierto, son tan desechables como el papel, pero su presencia es omnímoda.

¿Qué espacio resta para la verdad en este maremágnum? Tenemos el caso de S. Nieto. Bueno, ya está el mise en place. Y la rabieta por la escasez de medicamentos autoprovocada. Sigue la cortina de humo. ¿Qué somos el resto de los mortales ante tal avalancha? Espectadores simples y cafeteros. Nos queda una idea: aquí yo mando. Razón tenía Allende: medios, ejército, banca. Sube la tasa. Queda solo el cinismo de Pilato: “y, ¿qué es la verdad?”.

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