De política y cosas peores | Política de palos

Noche de bodas. Los recién casados han consumado el primer acto de su amor...

Armando Fuentes
Escritor
jueves, 24 enero 2019 | 06:00

Ciudad de México.- Noche de bodas. Los recién casados han consumado el primer acto de su amor. Están en el lecho nupcial poseídos por el dulce sopor que invade a los amantes después de la entrega bien cumplida. De repente el novio siente una urgencia natural. Debe ir al baño. Le dice a su flamante mujercita: "¿Me permites un segundo, mi amor?". Responde ella, extasiada: "¡Y un tercero, y un cuarto, y un quinto.!". Don Algón, salaz ejecutivo, necesitaba una nueva secretaria. Seis lindas chicas se presentaron a pedir el puesto. Después de aplicarles varias pruebas -lógicas, psicológicas, grafológicas y pedagógicas- el jefe de personal le preguntó a don Algón: "¿A cuál de ellas quiere como su secretaria?". Respondió el vejancón sin vacilar: "A la que en la parte de su solicitud donde dice 'Sexo' escribió 14 páginas". Ahora tocó a Monterrey sufrir los inconvenientes de todo orden derivados de la escasez de gasolina. Sin aviso previo se redujo el abasto, y en numerosos sitios se vieron las largas, larguísimas filas de automóviles cuyos conductores buscaban con resignación o con enojo que en las gasolineras les surtieran el tan necesario combustible. Me pregunto si someter a los ciudadanos de varios estados a esa inusual molestia ha servido o servirá de algo para reducir el huachicoleo. En el mejor de los casos, pienso, lo hará disminuir por breve tiempo, pero pasado el cierre de los ductos, y vueltas las cosas a su normalidad, los delincuentes reanudarán sus latrocinios. Lo harán pese a las dádivas que López Obrador, cuya ingenuidad en este caso es conmovedora, ha repartido con mano generosa en las comunidades donde el huachicoleo se comete más, pensando que los obsequios a la gente acabarán con ese ilícito. El presidente cree con la mayor buena fe en las virtudes del pueblo sabio y bueno. Para combatir el huachicoleo, sin embargo, no funciona la tesis de Rousseau, que creía ciegamente en la bondad natural del ser humano. Se necesita un Pinkerton, aquel legendario detective norteamericano que con inteligencia localizaba a los delincuentes y los ponía disposición de la justicia, o un Elliot Ness incorruptible que aplicaba a los criminales la fuerza legítima del Estado. Tiene más fuerza disuasiva la posibilidad de enfrentar balas o cárcel que todos los regalos de un gobierno paternalista que parece no darse cuenta de que quienes roban el combustible tomarán esos obsequios, los llevarán a su casa y en seguida saldrán de nueva cuenta a seguir huachicoleando. Lejos de mí la temeraria idea de proponer una política de palos, no regalos. Pienso, eso sí, que sólo con la ley en la mano, y no con dones propiciatorios, será posible combatir este grave mal de México. Y otra pregunta: ¿qué regalitos les ofrecerá la República amorosa a los huachicoleros que operan dentro de Pemex?... Celerino Matatena, capador de marranos, aspiraba a ser torero con el nombre de "Er Ninio de Cuitla", lugar de donde era originario. Su mujer, Pifania, lo apoyaba en ese anhelo, para cuyo efecto se esforzaba en hablar a la andaluza, aunque provenía de Hediondilla de Abajo, el pueblo vecino. Un domingo en la tarde se tiró al ruedo -Er Ninio, no Pifania-, y el toro, un mal bicho burriciego de cierta ganadería criolla, le infirió una cornada en parte de su anatomía que "La Corneta", el semanario local que salía cada mes, no mencionó "por respeto a nuestras lectorcitas". Llegó a su casa Matatena caminando penosamente. Traía la taleguilla rota; estaba desgreñado y lleno de tierra. "¡Ozú, ninio!" -se asustó Pifania-. ¿Te empitonó el toro?". "No -respondió con doliente voz el lacerado-. Me empitosí".  FIN.