Corrupción y demagogia

La lucha contra la corrupción, quizá la bandera programática más recurrente que utilizó en su campaña electoral...

Jesús Antonio Camarillo
Académico
viernes, 18 enero 2019 | 21:26

La lucha contra la corrupción, quizá la bandera programática más recurrente que utilizó en su campaña electoral, constituye ya en el inicio del sexenio del presidente Andrés Manuel López Obrador, gran parte de su discurso y del ejercicio –cuando menos esa es la percepción– de su Gobierno. Es un presidente que está haciendo lo que prometió cuando portó la investidura de candidato casi eterno, con mayor carga discursiva en la campaña que finalmente lo llevó a la Presidencia. Acabar con la corrupción, es una de sus consignas mayores.

Las cosas que hace el gobierno de López Obrador incomodan a muchísimas personas, pero las mismas, lejos de disminuir su aceptación, han aumentado sus niveles de aprobación popular. Podríamos controvertir las estrategias y la “logística” de su lucha contra el robo de combustible –una de las caras históricamente más visibles de la corrupción de este país pero lo que se ve es a un servidor público que está haciendo algo contra un ilícito del que pese a que todo mundo hablaba nadie hacía nada para contenerlo.

Acostumbrados los mexicanos a que los presidentes, gobernadores, legisladores, jueces y demás servidores públicos hablen demagógicamente del flagelo de la corrupción y en realidad vivan, muchos de ellos, cómodamente de él, es de destacarse que por primera vez, desde hace mucho tiempo, un funcionario del más alto nivel, agarre el animal por los cuernos y encare la grave problemática.

Y es que corrupción y demagogia corren en paralelo, se nutren mutuamente. La corrupción ha requerido siempre de una adhesión retórica casi siempre materializada en el sobado discurso de quienes aluden a un estricto sometimiento de su actuar político a un sistema de normas jurídicas y morales. En la historia de México y hoy podríamos decir que en la historia del estado de Chihuahua, resulta peculiar el hecho de que tal pareciera que los funcionarios públicos que más golpes de pecho se dan han resultado ser los peores hampones.

En ese sentido, el uso del vocablo “corrupción” se abarató. Emitido por un político esa palabra estaba vacía. Decir “atacaremos a los corruptos de Chihuahua” o “lucharemos incansablemente contra los que han saqueado a la nación” o “cero tolerancia a la corrupción” en realidad era morderse la lengua o, simplemente, un anuncio de que los buenos tiempos empezaban para el aparato burocrático entrante y que el saliente ahora se ubicaba en la zona polar de quien viviría, de ahora en adelante, fuera del presupuesto.

Hoy, quizá la palabra “corrupción” empiece a recuperar su sentido, y en ello pesa mucho la legitimidad de quien la emite, pero también se requiere no percibir la lucha en contra de la misma como un ajuste de buenos contra malos, en donde el bien o la justicia en abstracto irrumpan de improviso. La lucha contra la corrupción no puede sostenerse mucho tiempo en los hombros de un solo hombre, por más carismático que éste sea. Si bien hay acciones y decisiones específicas que se tienen que tomar dadas las circunstancias, lo que se tiene que generar es todo un andamiaje institucional que se desprenda o se distinga de la noción de un superlíder o un prohombre.

El liderazgo, así como el capital moral y político de López Obrador son muy importantes en esta cruzada contra la corrupción, pero si no se consigue en este sexenio construir el edificio institucional y político necesario, la lucha contra la corrupción hoy iniciada y encabezada por el presidente, corre el riesgo de quedar como un mero accidente en la historia contemporánea de México.