Opinion El Paso

Vladímir Putin se convirtió en el malévolo ex novio de Estados Unidos

Esa época fue la Guerra Fría, pero concluyó hace mucho tiempo

Thomas L. Friedman / The New York Times

viernes, 05 febrero 2021 | 06:00

Nueva York— El reciente descubrimiento de un masivo ataque informático de gran sofisticación, casi con toda certeza orquestado por Rusia, en contra de empresas tecnológicas clave y dependencias de Gobierno de Estados Unidos coloca al nuevo equipo de Biden frente a una verdadera disyuntiva: ¿será conveniente tomar represalias contra el presidente ruso? ¿Cómo hacerlo, y cuándo? Entiendo muy bien la disyuntiva... porque Vladímir Putin se ha convertido en el malévolo ex novio de Estados Unidos.

Hubo una época en que Rusia (el antiguo núcleo de la Unión Soviética, un país con el doble de habitantes que aquel que Putin gobierna en este momento) era muy importante para nosotros. Durante cierto periodo, amenazó con conquistar por completo el territorio europeo y dispersar el comunismo por todo el globo. Esa época fue la Guerra Fría, pero concluyó hace mucho tiempo. En la actualidad, nuestro rival global más importante es China.

Putin en realidad no es de gran importancia para nosotros. Es un capo de la mafia de Moscú que envió unos agentes a intentar matar a Alexéi Navalni, un activista que osó denunciar la corrupción de su Gobierno. Los matones rociaron un agente neurotóxico de la era soviética, Novichok, en la ropa interior de su víctima. ¡Les juro que no estoy inventando! Rusia alguna vez le dio al mundo personajes como Tolstói, Tchaikovsky, Rachmaninoff, Dostoyevski, Sájarov y Solzhenitsyn. Por desgracia, la Rusia de Putin será recordada por haberle dado al mundo ropa interior envenenada.

Sin embargo, para distraer al pueblo de su corrupción y mantener bien asidas las riendas del poder, Putin todavía se presenta como el gran defensor de la patria rusa, y de su cultura cristiana ortodoxa, ante los ataques de los occidentales impíos defensores de los homosexuales. Además, para darse más importancia, tanto ante sus propios ojos como ante los del pueblo ruso, no deja de acosarnos. Se entromete en nuestras elecciones, lanza ataques informáticos contra nuestras empresas y luego lo niega con una sonrisa desvergonzada, y se regodea cuando piensa en los muchos estadounidenses que están convencidos de que puso a Donald Trump en la presidencia.

Se trata de un nuevo tipo de problema estratégico para los estrategas estadounidenses, que ahora deben idear un plan para marcarle el alto a un acosador geopolítico. ¿Cómo lidiar con un dirigente ruso que no es una superpotencia sino un supertrol, un antiguo pretendiente que no acepta el rechazo? “Vlad, ya no nos interesas en lo más mínimo. Estamos saliendo con otros, como China. Si estuviera en nuestras manos, obtendríamos una orden judicial para mantenerte a 8000 kilómetros de distancia”.

Nadie niega que Putin todavía controla peligrosos misiles nucleares. Me alegra que haya acordado con el presidente Joe Biden la semana pasada renovar el tratado de control de armas nucleares New START, que estaba a punto de llegar a su término. Además, como acabamos de comprobar por el amplio ataque informático contra nuestras empresas y nuestro Gobierno, tiene una capacidad informática significativa.

No obstante, todo esto es solo un disfraz para un país que en realidad no es muy dinámico. En el mundo real, donde los países prosperan gracias a que fabrican productos que otros quieren comprar, las siete exportaciones principales de Putin son petróleo y gas (52 por ciento), hierro, metales preciosos, maquinaria y computadoras (2.1 por ciento), madera, fertilizante y cereales.

Para un país que tiene tanto talento humano, estos datos son patéticos. En este momento, Rusia es una economía zarista con una estación espacial (el doctor Zhivago con misiles nucleares y ciberdelincuentes). Entre tanto, los científicos que huyeron de Rusia han convertido a Israel y Silicon Valley en superpotencias tecnológicas. Un éxito que es la excepción es la vacuna rusa contra la Covid-19; pero es difícil producirla en masa.

¿Cuándo fue la última vez que compraron una computadora, un teléfono móvil o una aplicación de una empresa rusa? ¿Qué me dicen de un auto ruso? ¿O un reloj ruso? ¿Tal vez una aeronave comercial de fabricación rusa? En lo personal, primero tomo un autobús que volar en uno de esos aviones. Las únicas exportaciones rusas que les resultan atractivas a los occidentales son el caviar, el vodka y las muñecas rusas, y ya tenemos más que suficiente de las tres.

¿Por qué es así? Porque Putin confía más en el producto obtenido de la tierra que en el producto salido de la mente de su población. Así que ha construido una autocracia petrolera que mantiene andando gracias a sus recursos naturales, no a sus recursos humanos. Luego, usa el efectivo para lubricar un motor de corrupción que los mantiene a él y a sus secuaces en el poder, mientras que le niega a la juventud las herramientas y las libertades que les permitirían alcanzar de verdad su pleno potencial.

Así que, Vlad, lanzaste un ataque informático en contra de nuestras empresas. ¿Y para qué? No vas a invadirnos. Tu sistema de Gobierno, la cleptocracia, le resulta detestable a tu propia gente, ni qué decir de los extranjeros. A nosotros no nos interesa en absoluto invadirte. ¿Qué planeas hacer con todos los números de tarjeta de crédito robados? ¿Una compra masiva en Amazon? (“Deme 8 millones de pañales, 30 millones de rollos de papel higiénico y, ya de paso, 4 millones de calzoncillos para caballero”).

Lo cierto es que todo lo que vale la pena robarle a Estados Unidos está a plena vista. Se trata de nuestra Constitución, la Declaración de Independencia, la Carta de Derechos, la garantía de elecciones libres y justas, un poder judicial independiente que ratifica las elecciones (incluso cuando pierde la persona que ocupa el cargo en ese momento) y nuestro FBI independiente. Pero Putin no quiere ninguna de estas cosas (quizá sea lo mejor, pues hemos batallado para conservarlas sin intervención de nadie más; pero ese es tema para otra columna).

Así que, ¿cuál podría ser la mejor estrategia para que Biden lidie con este acosador geopolítico? La respuesta es disuasión militar de bajo costo y mucha diplomacia para expresar con toda firmeza nuestro apoyo al movimiento de combate a la corrupción de Navalni. El mensaje para Putin debe ser: “Nuestro presidente anterior estaba en su bando. Nosotros, por el contrario, estamos en el bando de su pueblo. Que tenga un lindo día”.

Navalni representa una amenaza real para Putin (por eso los tribunales de Putin lo pusieron de nuevo tras las rejas el pasado 2 de febrero, con una condena de dos años y medio) porque Navalni es un ruso tan nacionalista como Putin, pero el tema central de su campaña es la corrupción masiva del presidente. En el tribunal, Navalni se refirió a Putin como un “ladronzuelo oculto en su búnker”.

Una de las razones por las que el caso ha resonado ampliamente en Rusia es que hace poco la fundación de Navalni dio a conocer un video en el que aparece un palacio al estilo del de Versalles que según ellos Putin mandó construir, a un costo de 1700 millones de dólares, en el mar Negro. El video ya registra más de 100 millones de reproducciones.

Putin niega ser el propietario (uno de sus compinches dice que es suyo) y ha calificado el video de “aburrido”. Espero que la Casa Blanca ponga el vínculo en sus tuits dos veces cada día.

Tampoco hay que olvidar que la política de Biden en materia de clima/energía limpia nos sirve como un tremendo mensaje disuasorio que beneficia a todos: cada nuevo gigavatio de energía limpia estadounidense le resta valor al petróleo y al gas de Putin y hace más saludable a Estados Unidos.

Por último, hay otro mensaje más de disuasión que Biden podría enviarle a Putin para recordarle que su cuate Trump ya se fue: “Vlad, si todas las computadoras del Kremlin dejan de funcionar una noche de estas y en los altavoces de la plaza Roja empieza a retumbar la canción ‘Born in the USA’, considéralo un pequeño recordatorio del Comando Cibernético de Estados Unidos de lo que podríamos hacerte si llegáramos a pensar que en realidad eres importante”.