Opinion El Paso

Vendedores de ilusiones

Mejorar, en todos los aspectos, es una aspiración inherente al ser humano

Elvira Maycotte
Escritora

miércoles, 28 abril 2021 | 06:00

Mejorar, en todos los aspectos, es una aspiración inherente al ser humano. No guarda relación con ideologías, religión o nivel educativo, tampoco con la raza ni con el género; como toda motivación surge desde el interior de toda persona, sin embargo, paradójicamente, experimentar una mejora en nuestra vida no depende del todo ni es directamente proporcional al esfuerzo que hagamos para lograrlo, particularmente en sociedades como la nuestra. 

Esto viene a cuenta por los discursos que en estos tiempos de campaña escuchamos una y otra vez, irrumpiendo todo recinto y hasta atentando la lucidez de nuestro cerebro. Las promesas se pintan de colores para regalarnos palabras acomodaticias, a modo para cada oído que, a fuerza de repetirlas, a final de cuentas, pretenden convencernos de que un día, no muy lejano, vamos a estar mejor y más felices de lo que ahora mismo estamos, más de lo que fuimos años atrás y todavía más de lo que estuvieron nuestros padres.

A final de cuentas de lo que nos hablan los protagonistas de estos tiempos es de la movilidad social. Todos están conscientes de que es el momento propicio para explotar la aspiración legítima que todos tenemos de experimentar una mejor situación: nos plantean escenarios que con gusto y –lamentablemente– pocos cuestionamientos aceptamos cuando es bien sabido –y también ignorado por conveniencia– que no todas las condiciones son controladas por el propio individuo o grupo pues la posibilidad de que ello suceda es producto de factores estructurales y no tanto de historias de éxito personales. 

Esto significa que la movilidad social, es decir, el movimiento ascendente –o descendente– de los individuos en la escala socioeconómica que se manifiesta en sus condiciones y estilos de vida, posee un tinte político de origen y va, por tanto, muy de la mano de las políticas públicas para que realmente se tenga la posibilidad de generar los cambios estructurales en la sociedad que posibilite tal mejora, ya que, contrario a lo que se cree, se trata de acciones masivas y no de historias individuales de éxito o fracaso. En otras palabras, los cambios que experimentan las personas al respecto son producto, en muy buena medida, de decisiones ajenas que “jalan hacia arriba” o “hacia abajo” en la escala social y económica. 

Algunos autores, como De la Calle y Rubio afirman que una sociedad cuya economía favorece el avance de las personas, es una sociedad que logra el ascenso o movilidad vertical de sus habitantes en la escala social y, aun cuando está asociada con los ingresos, se refiere también a la expectativa de una mejoría sistémica y a la capacidad de invertir para el futuro. Sin embargo, ellos mismos advierten de características en las sociedades de algunos países, como México, que tienen poca permeabilidad para favorecer ese tránsito: es muy probable que quien nace pobre, muera pobre, y en consecuencia, quienes nacen en una cuna con mayores posibilidades tengan más oportunidad de aumentar o al menos conservar su nivel de bienestar gracias a las oportunidades que su propio contexto pone a su alcance. Habrá desigualdad de oportunidades en medida de que nuestra vida dependa de las circunstancias en las que hemos nacido. En este contexto la salud y más aún, la educación, ejercen un rol preponderante toda vez que amplían las capacidades de las personas para hacer la parte que les corresponde para mejorar.

En una sociedad con alta movilidad social, lo cual no sucede en México, siempre se tienen mayores incentivos para esforzarse. Así que, ante el escenario de desigualdad y de tanta turbulencia por los mensajes que recibimos, es imprescindible que veamos la realidad velada detrás de los paisajes de ensueño y promesas poco factibles que nos ofrecen a cambio de un voto; lo cierto es que, con base a las evidencias que hoy disponemos, debemos reflexionar hasta dónde las políticas públicas deberán favorecer que el esfuerzo propio sea el impulsor del nivel de bienestar personal y social, que los mecanismos compensadores y de redistribución de la riqueza no nutran la desidia y realmente “empujen hacia arriba”, y que los bienes primarios como el alimento, vestido, casa y educación, pero sobre todo, los relativos a la salud, estén al alcance de todos los mexicanos. No creamos todo lo que escuchamos… más bien, desconfiemos de las ilusiones que nos venden, porque ineludiblemente, tarde que temprano, pagaremos la factura.