Opinion El Paso

Vacunar a los niños contra el Covid-19 tiene sentido

Al igual que lo tuvo con la polio

Ashish K. Jha/The Washington Post

lunes, 22 noviembre 2021 | 06:00

Hace 70 años, un virus aterrorizó a los estadounidenses. Los padres mantuvieron a sus hijos encerrados en lugar de exponerlos al riesgo, y las ciudades de Estados Unidos en las que se detectaron casos impusieron toques de queda severos.

Lo que horrorizó a los estadounidenses –en especial a los padres– era que la enfermedad podía causar parálisis a sus víctimas.

Muchos de estos niños solo podrían mantenerse con vida mediante inmensos respiradores artificiales conocidos como “pulmones de acero”.

El virus en cuestión era, por supuesto, el de la poliomielitis, y la población se unió para poder derrotarlo. No importaba que solo 0.1% de los infectados desarrollaran complicaciones graves. Los estadounidenses se aplicaron de forma masiva la vacuna altamente eficaz desarrollada por Jonas Salk. Hasta el día de hoy, esa vacuna sigue siendo obligatoria para niños y niñas.

Esta historia podría ayudar a los padres a tomar la decisión de vacunar a sus hijos contra el COVID-19. Muchos padres e hijos han agendado con entusiasmo las citas disponibles desde que las vacunas comenzaron a estar al alcance de todos los niños de cinco a 11 años en ese país. Sin embargo, los reportes informativos también han destacado una considerable renuencia entre otros padres a vacunar a sus hijos en este grupo de edad, entre ellos madres y padres que ya se han vacunado.

La reticencia es comprensible. Los padres han escuchado repetidas veces que el Covid-19 no es un gran problema para los niños.

Eso es cierto para la mayoría de los niños, al igual que con la poliomielitis. Tanto para el Covid-19 como para la polio, tres cuartas partes de los infectados nunca desarrollaron síntomas, y la mayoría de los que se enfermaron tuvieron una recuperación plena tras experimentar síntomas similares a los de la gripe.

Los niños son menos vulnerables al Covid-19 que los adultos, pero hasta cierto punto ese también fue el caso con la polio.

Si bien la poliomielitis afectó principalmente a los niños, en los casos que sí infectó a los adultos, estos tuvieron por lo general peores resultados.

Hay algunas diferencias importantes. La vacuna original contra la polio de Salk utilizó un virus inactivado. Dadas algunas imperfecciones en el proceso de inactivación, la vacuna en ocasiones llegó a causar polio. Las vacunas contra el COVID-19 son diferentes: no usan el coronavirus, por lo que es físicamente imposible contraer la enfermedad por la vacuna. De esa manera, las vacunas contra el coronavirus son mucho más seguras. Además, las vacunas contra el coronavirus han sido aplicadas a más de 4 mil millones de personas en todo el mundo, incluidas decenas de millones de niños, con un perfil de seguridad que supera con creces el de la vacuna original contra la polio.

De hecho, es mayor que el de cualquier vacuna en la historia de nuestra nación.

Por supuesto, la comparación tiene otros límites. La poliomielitis fue una enfermedad devastadora que en la década de 1950 causó hasta 3 mil muertes al año. No había capacidad de realizar pruebas de detección; a los niños se les aplicaba la prueba de la poliomielitis solo después de que mostraban síntomas y muy probablemente ya estuvieran rumbo a manifestar una enfermedad grave.

Era como si hoy esperáramos a hacerles la prueba de Covid-19 a nuestros hijos cuando ya estuvieran hospitalizados.

Afortunadamente, el Covid-19 solo ha provocado alrededor de 700 muertes infantiles en Estados Unidos, una proporción pequeña en comparación con el número total de fallecidos.

Sin embargo, ha causado el cierre de escuelas y cancelado las congregaciones públicas masivas. Y al igual que con la polio, miles de niños han sido hospitalizados con enfermedades graves, y miles han desarrollado síndrome inflamatorio multisistémico, una afección potencialmente letal.

Mientras tanto, se desconoce el número de niños infectados que padecen casos prolongados de Covid-19, así como sus prognosis.

Hay otra diferencia entre la polio y el Covid-19: la polio fue erradicada, pero debido a la naturaleza altamente infecciosa del coronavirus, el Covid-19 se volverá endémico en Estados Unidos.

Es probable que las vacunas se conviertan en una parte habitual de nuestras vidas para mantener el virus bajo control y evitar que las consecuencias de la infección sean severas. Sin las vacunas, los niños seguirán siendo vulnerables a casos potencialmente dañinos durante años, quizás décadas.

La desinformación y la retórica antivacuna facilitan ignorar el impacto del coronavirus en los niños, sobre todo porque todavía estamos comenzando a comprender las consecuencias a largo plazo de la infección. En cambio, la poliomielitis no podía ser ignorada. En la década de 1950, casi todo el mundo conocía a alguien con parálisis debido a la polio; sus vidas fueron moldeadas por sillas de ruedas y muletas.

El presidente Franklin D. Roosevelt fue la víctima más visible del virus, y lideró la famosa campaña “March of Dimes” para eliminar la polio. Cuando llegó la vacuna de Salk , los padres aprovecharon con entusiasmo la oportunidad de proteger a sus hijos de una enfermedad cuyo impacto era indiscutible.

Si la desinformación, la politización y el sentimiento antivacuna de hoy hubieran existido en los Estados Unidos de la década de 1950, ¿habría recibido la vacuna contra la polio el mismo nivel de aceptación? ¿Habríamos escuchado el mismo argumento de que la mayoría de los niños no corrían riesgos? ¿De que la gran mayoría de ellos son asintomáticos? ¿O de que solo fallece una pequeña minoría?

Afortunadamente, ninguno de esos argumentos tuvo mucho valor en ese entonces. Tampoco deberíamos prestarle mucha atención a esos argumentos hoy. Con los viajes vacacionales y las reuniones familiares en el futuro inmediato, nuestro deber es vacunar a todos los niños elegibles lo antes posible, para que tanto ellos como los adultos puedan comenzar a dejar atrás la pandemia y prepararse para un futuro mejor.

(Ashish K. Jha es decano de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Brown).

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