Opinion El Paso

Una cucharada de Roosevelt más una pizca de Reagan igual a un auge de Biden

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Thomas L. Friedman/The New York Times

viernes, 02 abril 2021 | 06:00

Nueva York- Después de nuestras elecciones presidenciales, escribí que, para mí, lo que acababa de suceder era como si la Estatua de la Libertad estuviera cruzando la Quinta Avenida y de la nada un loco al volante de un autobús se pasara la luz roja. Por fortuna, “la Estatua de la Libertad dio un salto para esquivarlo justo a tiempo y ahora está sentada en la acera, con el corazón a punto de salírsele del pecho, simplemente feliz de estar viva”. Sin embargo, sabe que logró escapar por poco.

Esperaba que, en cuanto Joe Biden asumiera el cargo, desapareciera la ansiedad que me causó lo cerca que estuvimos de perder nuestra democracia. No ha sido así.

Basta escuchar cómo Donald Trump, el senador Ron Johnson o Fox News encubren el saqueo del Capitolio al describirlo como un día de campo para niños blancos republicanos que tan solo se volvieron un poco pendencieros. Basta escuchar cómo la exabogada de Trump Sidney Powell intenta escapar de una demanda arguyendo que ninguna persona seria habría creído sus acusaciones de que las máquinas de Dominion Voting Systems habían ayudado a perpetrar una elección robada. Basta ver cómo la legislatura de Georgia aprueba una medida supuestamente diseñada para evitar el fraude mismo que Powell ahora dice que nunca ocurrió con la creación de obstáculos para los votantes negros… e incluso la criminalización del acto de servirle agua a una persona que lleva horas formada en una fila para votar.

Sí, ese loco al volante del autobús sigue por ahí y la Estatua de la Libertad sigue en peligro de ser atropellada.

En vez de que después de las elecciones el Partido Republicano se hubiera reunido para proponer: “Vamos a construir un puente para conseguir los votos de un Estados Unidos diverso del siglo XXI, donde podría ganar un mensaje republicano de reforma migratoria más ideas a favor de los negocios, la ley y el orden y menos intervención del gobierno”, decidió quemar todas las partes de ese puente y competir solo por un Estados Unidos del siglo XX dominado por los blancos.

Como el otro día mencionó Michael Gerson, quien escribió discursos para George W. Bush y ahora es columnista de The Washington Post: “Uno de los poderosos y venerables partidos políticos de Estados Unidos ha sido tomado por gente cuyo elemento central de atracción es el resentimiento en contra de los extranjeros… Los republicanos electos que no son intolerantes suelen acobardarse frente a la intolerancia. Y eso es horrible e impactante”.

Por eso nunca debemos permitir que el Partido Republicano de Trump vuelva a ocupar la Casa Blanca. Tampoco podemos confiar en que renunciará al poder. Esto lo acaba de demostrar en enero y no expresa ninguna señal de arrepentimiento por su conducta. Por eso, si queremos conservar nuestra democracia, todavía debemos librar la lucha de nuestras vidas.

La clave para ganar esa batalla es que Biden tenga suficiente éxito durante suficiente tiempo para que esta versión antidemocrática del Partido Republicano de Trump se extinga y la remplace un nuevo Partido Republicano de principios y centro-derecha listo para competir por un Estados Unidos del siglo XXI (necesitamos un partido conservador saludable para tener bajo control algunos de los excesos de los demócratas liberales, como la cultura de la cancelación).

Y la clave para lograr esto es que Biden ofrezca cosas reales para que todos los estadounidenses puedan alcanzar su máximo potencial. Y la clave para lograr esto es garantizar que el estímulo de 1,9 billones de dólares y su próxima propuesta de infraestructura/verde de 3 billones de dólares realmente cumplan lo que prometen. Y la clave para lograr eso es que Biden no solo canalice a su Franklin D. Roosevelt interno, sino también un poco de Ronald Reagan y una pizca de capitalismo escandaloso.

Todos los demócratas anhelan que Biden apruebe más dólares de estímulo que Barack Obama. Sin embargo, una diferencia sostenible sería que el estímulo de Biden no solo rescate a los pobres, sino que también impulse al sector privado a crear nuevas empresas y más empleos buenos que mejoren la productividad y eleven los estándares de vida de manera sostenible, para que no solo volvamos a dividir el pastel, sino que más bien lo hagamos crecer.

A pesar de la preocupación de que más adelante los 1.9 billones de dólares puedan elevar las tasas de interés a niveles que desplomen el mercado bursátil y compliquen los préstamos gubernamentales y el gasto discrecional, hay muchas señales de que podríamos estar en vías de una explosión del emprendedurismo.

Consideremos el reportaje que publicó el viernes The Wall Street Journal: “Después de un año de cierres económicos y otros cambios que produjo la Covid-19, las rentas de los escaparates, los apartamentos y los espacios de trabajo en Manhattan han disminuido a sus precios más bajos en años. Esto ya está produciendo nuevas empresas pequeñas y nuevos residentes, y tiene el potencial de cambiar el carácter del distrito más exclusivo de la ciudad… El año pasado, el estado de Nueva York en conjunto percibió la cantidad más alta de lanzamientos de nuevos negocios desde 2007”.

Si lo hacemos bien, el estímulo de Biden alimentará una economía que ya está en restructuración y la sobrecargará. Con tanto dinero barato disponible, tanto acceso barato a computación de alto poder, tantos nuevos servicios en proceso de ser digitalizados y tantos nuevos problemas que resolver, tenemos todos los ingredientes para un auge de innovación, empresas emergentes y destrucción creativa.

¿Qué haría Trump si fuera el presidente durante un auge de este tipo? LE PONDRÍA SU NOMBRE. Eso debería hacer Biden. Si llegara, debería llamarlo “Auge de Biden” y celebrar a los emprendedores, los capitalistas, los creadores de empleos, los agricultores y todas las personas que trabajen con las manos. Dejar claro que todos tienen un hogar en el Partido Demócrata, no solo las élites educadas de la izquierda. Así se ganan las elecciones intermedias.

Biden también debe maximizar sus aspiraciones ecológicas. No solo se trata de darle rienda suelta al gasto. También se trata de darle rienda suelta al capitalismo. La clave para una revolución verde es la escala. Se necesita mucho de muchas cosas: energía eólica, solar, hidráulica, nuclear, baterías, materiales eficientes. Y la única forma de lograr ese tipo de escala es influir en el mercado: al poner en marcha todos los tipos de acuerdos públicos-privados que reduzcan el carbono y aumenten las ganancias.

El gobierno puede catalizarlos de dos maneras. La primera es usar su poder adquisitivo para bajar los costos. Por ejemplo: “El viento del mar solía ser mucho más caro que el de la costa”, explicó Hal Harvey, director ejecutivo de Energy Innovation, “pero luego los gobiernos británico y danés intervinieron para subsidiarlo y bajarlo en la curva de costo-volumen. Ahora, es un recurso inmenso y rentable”.

El equipo de Biden acaba de anunciar 3000 millones de dólares en garantías de préstamos para hacer exactamente lo mismo aquí. ¡Felicidades!

Entonces, según Harvey, en cuanto estas tecnologías verdes sean asequibles, “estimulas el sector privado para que su precio baje de manera constante y que sean más eficientes logrando que el gobierno imponga normas de rendimiento mejoradas todos los años”, como lo hizo hace poco California, al exigir el fin de los motores de combustión interna en los autos para 2035, y como lo hizo Obama en 2012, cuando les exigió a las automotrices estadounidenses que casi duplicaran el promedio del consumo de combustible de los nuevos autos y camiones para 2025.

Así se logra la escala, agregó Harvey: “Permites que el sector privado produzca bienes públicos” a cambio de ganancias. El gobierno hace que las nuevas tecnologías sean más rentables y el sector privado, estimulado por normas en constante mejoría, “las vuelve más ubicuas”.

Esto es simplemente un capitalismo inteligente. Y es la manera más segura de garantizar el éxito de los dos proyectos de ley de gasto gigantesco de Biden y darle un golpe definitivo a este patético caos llamado Partido Republicano de Trump. Ese sería un regalo tanto para los liberales como para los conservadores con principios… y para la Estatua de la Libertad.