Opinion El Paso

Trump está matando la economía por rencor

Si pierde las elecciones, debe preocuparnos qué va a hacer durante los dos meses y medio que dirigirá el país

Paul Krugman / The New York Times

lunes, 12 octubre 2020 | 06:00

p.p1 {margin: 0.0px 0.0px 0.0px 0.0px; text-align: justify; text-indent: 14.4px; line-height: 10.0px; font: 9.5px Georgia} span.s1 {letter-spacing: -0.3px} span.s2 {letter-spacing: -0.6px}

El año pasado, Donald Trump acusó a Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, de ser “una persona vengativa y horrible”. De hecho, Nancy no lo es, pero Trump, sí. Su rencor empieza a convertirse en una de las principales preocupaciones a medida que se acercan las elecciones. Ya ha dado a entender que, si pierde, algo que parece cada vez más probable, aunque no seguro, no aceptará los resultados. Nadie sabe qué caos, incluso violencia tal vez, puede desencadenar si las elecciones no salen como él quiere.

No obstante, incluso dejando a un lado esa preocupación, un Trump derrotado seguiría ocupando la presidencia durante dos meses y medio. ¿Pasaría ese tiempo actuando de manera destructiva, vengándose de Estados Unidos por haberle rechazado? Pues bien, el martes pasado tuvimos un adelanto de cómo podría ser el tiempo que le queda en la Presidencia a un Trump que no sale reelegido. Ni siquiera ha perdido aún, pero ya ha suspendido de sopetón las conversaciones sobre un programa de ayudas económicas que los estadounidenses necesitan desesperadamente. Y su motivación parece haber sido la pura venganza.

¿Por qué necesitamos las ayudas económicas? A pesar de varios meses de aumento del empleo, Estados Unidos solo se ha recuperado parcialmente de las horribles pérdidas de puestos de trabajo que padeció en los primeros meses de la pandemia, y el ritmo de la recuperación se ha ralentizado hasta avanzar a paso de tortuga. Todo indica que la economía mantendrá su debilidad muchos meses, incluso años tal vez.

Dada esta sombría realidad, la administración federal debería seguir proporcionando la clase de subsidios que ofreció en los primeros meses de la crisis: prestaciones generosas a los desempleados  y préstamos que ayuden a las pequeñas empresas a mantenerse a flote. De lo contrario, pronto habrá millones de familias incapaces de pagar el alquiler, y cientos de miles de empresas yéndose a pique.

Además, las administraciones estatales y locales –a las que, a diferencia de la administración federal, se les exige en general mantener el equilibrio fiscal– se encuentran en situaciones presupuestarias desesperadas, porque la contracción causada por la pandemia ha reducido sus ingresos. Necesitan mucha ayuda, y ya, o se verán obligadas a recortar sus plantillas y servicios. Ya hemos perdido unos 900 mil puestos de trabajo en la enseñanza local y estatal.

De modo que hay argumentos humanitarios de peso a favor de un gasto considerable en ayudas públicas: a no ser que la administración federal dé un paso al frente, se producirá un sufrimiento enorme e innecesario. También hay argumentos macroeconómicos: si las familias se ven obligadas a disminuir el consumo, si las empresas se ven obligadas a cerrar y si las administraciones se ven obligadas a aplicar unos recortes de gasto extremos, el crecimiento de la economía se ralentizará e incluso podríamos volver a caer en la recesión.

Ya sé, ya, los sospechosos de rigor dirán que las peticiones de ayuda económica son otra manifestación más del progresismo partidario de un Gobierno fuerte. Pero las advertencias sobre los peligros de no ampliar las ayudas no proceden solo de los demócratas progresistas; las están haciendo analistas de Wall Street y Jerome Powell, el presidente de la Reserva Federal.

Aun así, las negociaciones sobre los subsidios llevan meses paralizadas, a pesar de que la ayuda especial para desempleados y pequeñas empresas ha expirado. El principal escollo ha sido, diría yo, la rotunda negativa de los republicanos del Senado a considerar la concesión de ayudas a las administraciones; seguramente los demócratas habrían aceptado un acuerdo que incluyera ayudas significativas, aunque eso hubiese favorecido a Trump en el terreno político.

Pero los republicanos han insistido –falsamente– en que el objetivo de todo esto es el de rescatar a Estados demócratas mal gestionados. Y Trump se hacía eco de esa falsedad el martes, cuando paralizó las negociaciones afirmando que las propuestas de Pelosi no son más que un rescate de “estados demócratas mal gestionados y con una elevada tasa de delincuencia”.

La pregunta es por qué ha decidido Trump rechazar la posibilidad de alcanzar un acuerdo a menos de un mes de las elecciones. No cabe duda de que es demasiado tarde para que la legislación influya mucho en el estado de la economía antes del 3 de noviembre, aunque un acuerdo podría haber evitado algunos despidos en grandes empresas. Pero desde el punto de vista político, a Trump le interesaría que al menos parezca que intenta ayudar a los estadounidenses en apuros. ¿Por qué ha escogido este preciso momento, entre todos los posibles, para torpedear la política económica?

Que yo sepa, nadie ha ofrecido una motivación política verosímil, ni indicado la manera en que negarse a intentar siquiera rescatar la economía podría mejorar las perspectivas de Trump. Lo que esto parece, más bien, es rencor. No sé si Trump piensa que va a perder las elecciones. Pero ya actúa como un hombre profundamente amargado, que ataca a quienes, en su opinión, lo han tratado de manera injusta, es decir, básicamente todo el mundo. Y como de costumbre, reserva una furia especial contra las mujeres fuertes e inteligentes; el jueves pasado llamó “monstruo” a Kamala Harris.

Alcanzar un acuerdo sobre un rescate habría significado transigir con esa “repugnante” mujer, Nancy Pelosi. Y da la impresión de que antes preferiría dejar la economía reducida a cenizas. El problema es que, si se comporta así ahora, cuando todavía tiene alguna oportunidad de ganar, ¿cómo va a actuar si pierde?

La preocupación más inmediata es que se niegue a aceptar el resultado de las elecciones. Pero también debería preocuparnos qué ocurrirá después, si se ve obligado a aceptar la voluntad de los ciudadanos, pero sigue dirigiendo el país. Trump siempre ha sido rencoroso; ¿qué hará cuando no le quede más que el rencor?