Opinion El Paso

‘Somos’: hay que deconstruir la narrativa de las narcoseries

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Monika Revilla/ The Washington Post

lunes, 05 julio 2021 | 06:00

Washington— Desde hace tiempo en México (y desde otros países) se banaliza en las series y la televisión la violencia que vivimos. Es un poco esquizofrénico: por un lado están los titulares alarmantes de las noticias sobre el crimen organizado y, por el otro, la reproducción de esas mismas situaciones como espectáculo. En muchas de estas series se glorifica al narco y se pone en un pedestal a los agentes estadounidenses. Este tipo de representaciones artificiosas y maniqueas se deben replantear. El narcotráfico y la violencia son una realidad del país, y hay una necesidad de contarla de una manera que se acerque más a nuestras experiencias.

La llamada “guerra contra el narcotráfico” en México ha dejado al menos 350 mil muertos desde 2006. De ella se han hecho decenas de películas y series de todo tipo de presupuestos, y con mayor o menor seriedad.

Uno de los episodios más duros pero menos contados de esta violencia es el que sucedió en el pueblo de Allende, en el estado fronterizo de Coahuila, en 2011. El 18 de marzo, al menos 60 sicarios del cártel de Los Zetas ingresaron a la comunidad y dejaron un número indeterminado de personas muertas y desaparecidas —se habla de entre 28 y 300—, tras un error de agentes de la Administración de Control de Drogas (DEA).

En 2017 la periodista ganadora del Pulitzer, Ginger Thompson publicó en ProPublica el reportaje “Anatomía de una masacre”, que reconstruye el ataque: mediante diversos testimonios, arma un mosaico de voces que van detallando paso a paso cómo se desarrollaron los hechos. Entrevista tanto a transeúntes circunstanciales como a familiares de las víctimas, e incluso a perpetradores que ahora son testigos protegidos de la DEA. De esta manera, logra retratar una realidad compleja, humaniza la tragedia y le da dimensión.

Cuando leí el artículo de Thompson por primera vez quedé en shock. ¿Cómo pudo un grupo armado matar a decenas (quizá cientos) de personas en un fin de semana sin represalias y sin que la noticia se diera a conocer?, por eso cuando el productor ejecutivo James Schamus nos invitó a la escritora Fernanda Melchor y a mí a escribir Somos., una serie basada en la investigación, lo vi como una gran oportunidad para tratar de entender mejor lo que pasó en Allende.

Desde un inicio nuestro objetivo fue crear una antinarcoserie, la contraparte de las narrativas televisivas imperantes. Para hacerlo, necesitábamos abordar todo el proceso de manera distinta o nos arriesgábamos a caer en los mismos vicios. Lo primero era cambiar el punto de vista desde donde íbamos a contar la historia. En vez de darle voz —una vez más— a los narcotraficantes, la propuesta era contar las experiencias de las víctimas. Es decir, decidimos darle el protagonismo a los personajes que normalmente serían los extras en las narcoseries.

Al adaptar el artículo de Thompson tuvimos cuidado de no revictimizar a nadie. No queríamos que las víctimas se vieran a sí mismas reflejadas en la pantalla y obligadas a revivir lo que les pasó: no podía haber un vínculo directo entre una persona real y un personaje. Debíamos protegerles a través de la ficción, pero al mismo tiempo ser fieles a la esencia de lo sucedido.

Escogimos entonces los testimonios del reportaje que mejor nos servían para construir, con base en ellos, un personaje ficticio. Por ejemplo, en la investigación hay un vendedor de hot dogs que atestigua el momento en que las camionetas entran a Allende con hombres armados. Nos pareció un punto de vista interesante, pues el vendedor ambulante conoce el pulso de las calles. Le cambiamos el género, le dimos una hija con un novio que vive con ellas, y así nació el personaje de Doña Chayo.

La violencia no se vive de la misma manera si eres hombre que si eres mujer, si eres el dueño de un rancho o una vendedora ambulante. Por eso tomamos la pauta de Thompson para construir una estructura coral que nos permitiera reflejar todas esas experiencias y retratar así a una comunidad. Al final, el personaje principal es el pueblo de Allende en sí.

Allende existía antes de la tragedia y sigue existiendo después de ella. Y aunque desde afuera podría verse solo como el lugar donde sucedió algo atroz, claramente es mucho más que eso. Lo mismo pasa con las víctimas. Esa etiqueta pesa tanto que a veces pareciera que borra todo lo demás que constituye a una persona.

Para no caer en eso, en el cuarto de escritura establecimos una regla: íbamos a escribir los primeros cinco episodios sin pensar en el último, es decir, en el destino que le aguardaba a los personajes en el ataque. Así pudimos volcarnos en el día a día de ellos sin que nuestro inconsciente nos traicionara y los tratáramos de manera distinta. Separamos a Allende de la tragedia, aunque fuera por un momento, para darnos la oportunidad de conocer a las personas, a los rostros detrás de las cifras.

Allende se ha vuelto un caso paradigmático, pero no es un caso aislado. Tan solo la semana pasada hubo una masacre en Reynosa, en el estado fronterizo de Tamaulipas, donde murieron al menos 15 civiles por parte del crimen organizado. Según el Informe de Búsqueda e Identificación de Personas Desaparecidas del gobierno, en 2020 se descubrieron 559 fosas clandestinas en el país y en 2019 fueron 835. ¿Cuántos “Allendes” más habrá de los que aún no sabemos nada?.

Las series y la televisión son un medio poderoso, millones de personas en México las ven todos los días. Las historias que ahí se cuentan importan, aunque solo se consideren “entretenimiento”. No sé si banalizar la violencia que azota al país en las ficciones que consumimos contribuya a que se minimice en otros espacios, pero definitivamente no aporta.

Por eso ‘Somos.’ no se trata de las excentricidades de los hermanos Omar y Miguel Ángel Treviño, exlíderes de Los Zetas, se trata de la gente valiente de Allende que se atrevió a hablar sobre los que los narcotraficantes hicieron en su comunidad.

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