Opinion El Paso

Sobreviviremos… tal vez

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Nicholas Kristof/The New York Times
viernes, 08 marzo 2019 | 06:00

Nueva York – La semana pasada, en su testimonio ante el Congreso, Michael Cohen en efecto advirtió sobre un golpe de Estado:

“Dada mi experiencia trabajando para el Sr. Trump, temo que si pierde la elección en 2020, nunca habrá una transición pacífica del poder”, dijo Cohen.

Eso encajó a la perfección con la preocupación en algunos círculos liberales de que el presidente Donald Trump pueda no solo debilitar la democracia sino, de hecho, anularla. Las referencias a la toma de Alemania por parte de los nazis han proliferado y las moralejas sobre el fascismo ahora se escuchan por todas partes, incluso en el libro de Madeleine Albright, “Fascism: A Warning”.

La polarización también conduce a los seguidores de Trump a preocuparse por un golpe de Estado —por parte del “Estado profundo” en contra de Trump— y algunos hacen referencias simplistas sobre recurrir a la violencia.

“Estamos en una guerra civil en este país”, le dijo a Laura Ingraham en su podcast Joseph diGenova, un destacado comentarista conversador de Fox News y otros programas. Y agregó: “Como les digo a mis amigos, yo hago dos cosas: votar y comprar armas”.

Vamos a respirar profundamente.

Me parece que el representante demócrata de California Adam Schiff, quien encabeza el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, tiene razón cuando dice: “Este es un momento de gran peligro para nuestra democracia”. No obstante, ahora que acabamos de pasar la mitad de la presidencia de Trump (¡Espero!), vale la pena analizar cómo ha sorteado este desafío el país y mi aporte es que las instituciones y las normas estadounidenses han demostrado una fortaleza y resiliencia impresionantes.

Uno de los elementos más problemáticos de la presidencia de Trump ha sido su ataque sistemático a nuestras instituciones: el FBI, el Departamento de Justicia, la comunidad de inteligencia, los medios noticiosos, los tribunales. Sin embargo, en su mayoría, han aguantado el acoso presidencial.

Por mencionar un ejemplo, Jane Mayer de The New Yorker informa que en 2017 Trump ordenó a sus asesores bloquear la fusión entre AT&T y Time Warner, en apariencia para castigar a CNN (una unidad de Time Warner) por su cobertura noticiosa y ayudar a Fox News. Esto fue tremendamente inadecuado, así que los asesores lo ignoraron.

“Lo he mencionado 50 veces”, dijo Trump enfurecido, según recuerda Mayer. “Y no pasa nada”.

El Departamento de Justicia sí inició el procedimiento para obstaculizar la fusión, pero los tribunales frustraron los planes de Trump y permitieron que siguiera adelante.

Asimismo, los esfuerzos de Trump para obstaculizar investigaciones importantes sobre su conducta han resultado contraproducentes, dado que llevaron a la investigación de Robert Mueller y la investigación del Congreso sobre obstrucción de justicia. Su ofrecimiento de indultos federales como incentivo para ex asociados alentó investigaciones estatales. El presidente se ha puesto a los pies de Vladimir Putin, pero la política de su gobierno para con Rusia ha resultado ser más estricta. Además, el comportamiento deshonesto del presidente ayudó a los demócratas a hacerse del control de la Cámara de Representantes.

Trump ha satanizado con regularidad a los periodistas diciendo que son los “enemigos del pueblo”, pero esto no ha intimidado a la prensa. Como he escrito a menudo, creo que nosotros, los medios noticiosos, no tuvimos un muy buen desempeño durante la campaña de 2016, pero hoy la competencia entre The Washington Post y The New York Times es el mejor tipo de guerra periodística, que evita la confusión en Estados Unidos.

Gallup ha encontrado que la aprobación pública de los diarios, aunque todavía es baja, ha aumentado un poco desde 2016, a pesar de los vilipendios de Trump.

En mi opinión, el mejor libro que advierte sobre el autoritarismo es “How Democracies Die”, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, ambos profesores de Gobierno en la Universidad de Harvard. Es un libro brillante, sabio y matizado, así que busqué a los autores y les pregunté cómo pensaban que le estaba yendo a Estados Unidos con la presidencia de Trump.

“Estados Unidos no es la Alemania de los treinta ni Hungría, Venezuela ni la Turquía de hoy”, me dijo Levitsky. “Estados Unidos tiene instituciones democráticas mucho más fuertes que esos países y la oposición es mucho más sólida. Así que mientras en Hungría y Venezuela los autócratas han aplastado a la oposición para debilitarla, Trump enfrentó oposición en diversos frentes, incluyendo, de manera muy importante, el frente electoral en noviembre 2018. Así que, sí, la democracia de Estados Unidos es dura de matar”.

A pesar de ello, Levitsky y Ziblatt advierten que la polarización y la erosión subyacente de las normas hicieron posible la elección de Trump y que, además, continúan. Así mismo, aunque la victoria demócrata en la Cámara de Representantes es buena noticia para la rendición de cuentas, también tiene como resultado un gobierno dividido que no logra hacer nada.

“La democracia estadounidense está cayendo en la disfunción”, comentó Levitsky, observando que esto puede aumentar el atractivo de otros demagogos. A eso hay que añadir que los líderes republicanos como Mitch McConnell se han negado a enfrentarse a Trump y han permitido que algunos valores autoritarios infecten un ala del partido. Casi un cuarto de los republicanos dijo en una encuesta el año pasado que el “presidente Trump debería cerrar canales de noticias, como CNN, The Washington Post y The New York Times”.

Así que hay muchos motivos de preocupación, pero reconozcamos que el sistema estadounidense ha probado ser resiliente. En mis momentos de mayor esperanza, pienso que estamos viendo un contragolpe al autoritarismo trumpiano que, en última instancia, podría fortalecer al Estado de derecho, como ocurrió después de Watergate.

Para aquellos que todavía se retuercen las manos, dudosos, he aquí mi consuelo final: Trump no lidiará con un golpe de Estado, y me parece que es más probable que termine siendo un criminal que un presidente de por vida.