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Opinion El Paso

Sandra Day O’Connor partió. Así que, cada vez es más grande lo que representó

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Editorial/The Washington Post

domingo, 03 diciembre 2023 | 06:00

Washington— La ex juez de la Suprema Corte Sandra Day O’Connor, quien murió este viernes a los 93 años, fue una pionera en más de una manera.

La hija de ganaderos de Arizona, atendió la manada de reses mientras se graduaba en tercer lugar de su generación en la Escuela de Derecho de Stanford en 1952, antes de convertirse en la primera mujer en estar en la Suprema Corte.

Cuando el presidente Ronald Reagan la seleccionó para ese puesto, pocos sabían quién era: en esa época, era una desconocida juez de la corte estatal de apelaciones. 

A diferencia de otros jueces, llegó al pináculo del poder judicial por la manera de promulgar en la Legislatura de su estado natal. De allí, y por sus años que pasó en el rancho, aportó una manera práctica a la corte, algo que les falta a la mayoría de los jueces actuales.

En ese sentido, la juez O’Connor representa una era que lamentablemente ya pasó –un tiempo en que a los líderes gubernamentales les importaba hacer las cosas de manera colaborativa.

Bajo su guía, la Suprema Corte sopesó cuidadosamente el impacto que sus fallos pudieran tener en los estadounidenses. En los argumentos orales, usualmente preguntaba de qué manera un fallo hipotético podría afectar a la gente e instituciones reales.

Ella estuvo lejos de ser una activista del derecho al aborto, aunque proporcionó un voto clave para ratificar los elementos centrales del caso Roe contra Wade en el emblemático fallo emitido en 1992 de Planificación Familiar contra Casey, explicando en una opinión conjunta que una generación de mujeres había llegado a la edad de depender del derecho constitucional al aborto.

“De hecho, es rara la victoria legal –en una corte o legislatura– que no sea un cuidadoso derivado de un consenso social emergente”, escribió en una colección de ensayos en el 2003.

Si eso fuera cierto actualmente, las facciones polarizadas dentro de la corte y el Congreso frecuentemente impondrían puntos de vista ideológicos en lugar de examinar la evidencia y razón con los hechos, para aplicar el poder en lugar de construir un consenso.

La juez O’Connor fue un avatar del cambio y progreso, pero también fue dolorosamente centrista.  Ella fue el voto clave que inclinó la corte hacia algunas de las conclusiones que tuvieron más consecuencias.

Opacada por la memoria cultural de la ex juez Ruth Bader Ginsburg, tuvo más influencia en la ley de su tiempo.

Estuvo entre una mayoría de 5-4 en la decisión del caso Casey, que preservó el derecho al aborto para otra generación pero también permitió una mayor regulación estatal, mientras no impusiera “una carga indebida” en el acceso que tienen las mujeres. Eso no dejó satisfechos ni a liberales ni a conservadores.

Igualmente, en el 2003, escribió una opinión mayoritaria ratificando la discriminación universitaria en el caso Grutter contra Bollinger, declarando que los beneficios de la discriminación no son teóricos sino reales”, aun cuando dijo que “la Corte espera que 25 años después, el uso de preferencias raciales ya no sea necesario para avanzar el interés aprobado el día de hoy”.

Grutter reflejó la empatía de la juez O’Connor por aquellos que, al igual que ella, enfrentaron obstáculos sociales en base a características como la raza, género u orientación sexual.

Ella recordó la manera cuando egresó de la Escuela de Derecho, pudo obtener un empleo sólo como secretaria legal. Se inspiró en el juez Thurgood Marshal, reflejando que ella esperaba “escuchar, no sólo otra historia que pudiera cambiar en un momento la manera en que veo el mundo”.

Su compromiso con la igualdad se extendió a asuntos LGBTQ+. Se unió a la mayoría en el caso Lawrence contra Texas, repudió un estatuto estatal anti-sodomía, denunciando “una ley que marcaba una clase de personas como criminales en base únicamente en la desaprobación moral del Estado de esa clase”.

La distinción que recibió la juez O’Connor como la primera mujer en la Suprema Corte fue, de hecho, inseparable de su trabajo. En una ocasión, estaba preocupada de que si tenía un mal desempeño, las futuras mujeres podrían tener más dificultades para llegar a la corte. “Está bien ser la primera en hacer algo, pero no quiero ser la última mujer en la Suprema Corte”.

Actualmente, una corte con mayoría femenina parece plausible, aunque no probable en el futuro cercano. Sin embargo, sería impensable tener toda la corte masculina o una con una sola juez mujer.

En el 2006, la juez O’Connor se retiró de la corte para cuidar a su esposo, quien sufría la enfermedad de Alzheimer, aunque pudo haberse mantenido en ese poderoso puesto más años. En el 2018, reconoció que ella también sufría demencia, lo cual contribuyó a su muerte.

Los sensatos valores de la juez O’Connor reflejaron experiencias de vida diferentes de los de un juez promedio y de otros que han llegado al poder cultivando sus currículos y satisfaciendo a selectos grupos ideológicos.

Ella era un argumento viviente que pensaba más allá de las pruebas ordinarias al seleccionar a los jueces y otros poderosos funcionarios.

Su lamento en privado, reunida con una amiga posteriormente en su vida, resuena más allá de los escalones de mármol de la corte. “Trato de no decepcionar a nadie”.

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