Opinion El Paso

Rumsfeld fue un desastroso secretario de la Defensa; su visión sigue vigente.

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Philip Klay/ The Washington Post

lunes, 05 julio 2021 | 06:00

Washington— Donald Rumsfeld fue un visionario. Por supuesto que fue un despreciable secretario de la Defensa: Rumsfeld fue un hombre que, cuando aprobó los métodos de tortura para los interrogatorios en tiempos de guerra, garabateó una nota preguntando por qué los métodos no podían ser más severos —y sólo se sorprendió por el escándalo de abuso que ocurrió en la prisión Abu Ghraib de Irak—.

Él fue un funcionario que se aseguró que hubiera un número radicalmente bajo de tropas en Irak, redujo los intentos de financiar la reconstrucción posterior a la invasión —y sólo se sorprendió con el caos y la insurgencia—.

“Si ustedes creen que vamos a gastar billones de dólares de nuestros recursos en ese lugar, ustedes están totalmente equivocados”, dijo. Hasta ahora, ese costo es más cercano a los 2 trillones de dólares. Él rechazó los temores de ampliar la ocupación, asegurando que la guerra duraría “cinco días o cinco semanas o cinco meses, pero con toda certeza no iba a durar más tiempo que eso”.

Y aún seguimos allí. Y en medio de todo el saqueo, su prolongada invasión no pudo detenerse, él dijo que “esas cosas suceden, hay una desorganización, hay una libertad desorganizada y la gente que se siente libre tiene la libertad de cometer errores y crímenes y hacer cosas malas”.

La certidumbre de un desorden generalizado fue una de las razones por las que los estrategas militares argumentaron que necesitaban un mayor número de tropas.

Las inaceptables diferencias entre las declaraciones de Rumsfeld acerca de la guerra y la brutal y desagradable realidad eventualmente lo hizo acreedor a esa reputación, fuera de su desgastada confianza en sí mismo, durante algunos años tuvo éxito.

Durante las conferencias de prensa, era amable, juguetón, un guerrero feliz, que tenía batallas con los reporteros, dándoles más comentarios ingeniosos que cualquier secretario de la Defensa en la historia. Quién podría olvidar sus comentarios como “lo conocido-desconocido” y “yo no provoco embrollos” y “uno va a la guerra con el ejército que uno tiene”.

Ese último comentario lo hizo para responderle a un soldado que preguntó por qué, en una guerra elegida, él tuvo que buscar en la basura un pedazo de metal para usarlo como protección en su vehículo artillado, y ese detalle inspiró al veterano de la Marina Mac William Bishop a escribir en Twitter horas después del anuncio de la muerte de Rumsfeld que se hizo este martes: “Uno se va a la tumba con la reputación que uno tiene, no con la que hubiera deseado tener”.

Aunque, actualmente, cuando se trata del uso del poderío militar estadounidense, vivimos en el mundo de Rumsfeld. La “Doctrina Rumsfeld” como se le llama, sigue sobreviviendo.

Las desastrosas decisiones iniciales del secretario de la Defensa no fueron el resultado de la estupidez sino de su adherencia insuperable a una visión de la guerra estadounidense que lo superó. Esa visión imaginaba un ejército que evita encadenarse a las instituciones internacionales y a la construcción de nación, y en lugar de eso realiza ataques rápidos usando la tecnología y el poderío aéreo y pequeñas unidades especializadas en lugar de una gran cantidad de fuerzas en tierra.

Si eso suena familiar, se debe a que es una buena descripción de la manera en que hemos estado usando nuestro ejército en los últimos años. Del 2018 al 2020, las fuerzas estadounidenses se han involucrado en un combate con ocho naciones (Afganistán, Irak, Kenia, Mali, Nigeria, Somalia, Siria y Yemen) y las fuerzas han supervisado otros cuatro países (Camerún, Libia, Nigeria y Túnez) en donde han podido o no planear y controlar las misiones de combate de fuerzas poderosas.

También estamos realizando ataques aéreos o con drones en siete países: Afganistán, Irak, Libia, Pakistán, Somalia, Siria y Yemen. En los últimos años hemos dependido mayormente de las fuerzas de elite, un oficial del Pentágono declaró en el 2018 que el ritmo de la comunidad de Operaciones Especiales los ha forzado a “comernos a nuestros jóvenes” e “hipotecar el futuro”.

Uno tiene una ligera sensación de la factura física y psicológica que ese ritmo de operativos tiene en los combatientes, ya que periódicamente aparecen historias acerca del uso rampante de drogas en las unidades de elite, o de una horrible racha de homicidios entre la comunidad de Operaciones Especiales, aunque de manera general, los estadounidenses escuchan acerca de esos operativos sólo cuando alguien muere en combate.

Donald Trump hasta removió tropas de Afganistán, Irak y Siria del conteo proporcionado al Congreso en diciembre del 2017 y desde entonces se han mantenido de una manera opaca. Comparado con los masivos ataques iniciales en las guerras de Irak y Afganistán, esas guerras han quedado ocultas a la vista. Al principio no parecieron especialmente costosas para los estadounidenses, sin embargo, en el 2020, las fuerzas internacionales provocaron por lo menos 120 muertes de civiles en Afganistán.

Aunque un número pequeño de tropas puede tener un enorme efecto. Afganistán fue una primera prueba de la Doctrina Rumsfeld. En lugar de una enorme fuerza de invasión, pudimos derrotar al Talibán con pequeños equipos de Fuerzas Especiales. Trabajamos con los aliados afganos de la localidad y lanzamos ataques aéreos que devastaron unidades de talibanes, que se desplomaron frente a un poderío aéreo superior.

Al principio, pareció como una impactante y exitosa prueba del concepto —un horrible régimen fue superado con un costo y muertes limitadas para los estadounidenses—. Sin embargo, la limitada presencia de tropas en tierra también provocó que al-Qaida y Osama bin Laden se nos escaparan de las manos, y lograron restablecer operativos en Pakistán.

Eso significó que no aseguramos la mayor parte del país más allá de Kabul, así que, en lugar de eso les encargamos grandes partes a los jefes militares, ignorando las importantes necesidades de desarrollo y dándole efectivamente al talibán el tiempo y espacio que necesitaba para reagruparse. Ahora, nos vamos a retirar de Afganistán en medio de temores de que Kabul pueda caer pronto después que nos hayamos ido.

Sin embargo, ese proceso ocurrió lentamente. La caída de países que no nos importan mucho después de la violencia que causamos no siempre es dramática. La doctrina Rumsfeld significó guerras baratas cuyos verdaderos costos no serían aparentes durante años.

Esos costos ocultos permitieron durante algún tiempo que Rumsfeld mostrara sus habilidades en esas inolvidables conferencias de prensa, un aspecto de su trabajo en el que verdaderamente destacó. Tuvo un excelente desempeño en las conferencias de prensa. Ese fue el hombre que la revista People declaró como “el Miembro Más Sexy del Gabinete” en el 2002.

Este fue el hombre al que Jay Nordlinger llamó “El Macho —el Nuevo Chico Calendario de Estados Unidos” en la portada de National Review— un hábil operador que proporcionaba un jugoso sonido tras otro, que actuaba brillantemente delante de las cámaras, mientras fallaba en su trabajo.

Eventualmente, su desastroso manejo de nuestras guerras lo atraparon, dando lugar a su renuncia unos meses antes de que yo viajara a Irak en enero del 2007.

La brecha entre la realidad y la imagen se expandió a un nivel que ninguna cantidad de plática ingeniosa con la prensa pudo superar. Las guerras han sido demasiado grandes, demasiado horribles, han ido demasiado lejos de su contenida visión de lo que se supone iba a ser.

Sin embargo, esa visión sobrevivió aun cuando la presencia enorme de Rumsfeld no lo logró. Desde entonces, los presidentes estadounidenses han puesto atención a eso. El mantener unas guerras pequeñas, fuera de la vista que a pocos les importará lo suficiente como para responsabilizarlos.

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