Opinion El Paso

Recordando de dónde vino Colin Powell

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Robin Givhan / The Washington Post

miércoles, 20 octubre 2021 | 06:00

Washington— Para una generación de afroamericanos que vienen de la Era de los Derechos Civiles, el éxito estuvo acompañado de una singular frase usualmente repetida por amigos y familiares y también por completos extraños: No hay que olvidar de dónde viene uno. Colin Powell ejemplificó el poder, la complejidad y la elegancia en esas palabras.

Son una completa advertencia y compromiso. Sin embargo, también son un regalo. Son una manera en que los afroamericanos han enviado a sus hermanos a un mundo más amplio con algo parecido a un amuleto.

Esas fuertes sílabas pueden guiarlo a uno a casa si se siente perdido o solo. Son como un bálsamo en contra de la indignidad y desprecio y un recordatorio de que si uno está recorriendo nuevos senderos, no tiene que recorrerlos totalmente solo.

Esa frase es un llamado a los ancestros y un reconocimiento de que no crecimos para tener miedo ni dudas. Recuerden: ustedes no provienen de personas que renunciaron o que huyeron de los obstáculos. Las palabras significan un conjuro valiente cuando más se necesita.

Powell provino de los inmigrantes. Sus padres arribaron a Estados Unidos provenientes de Jamaica, y nació en un vecindario del Harlem de Nueva York.

Creció en el sur del Bronx, fue un estudiante mediocre que encontró la motivación y el éxito en el ejército. Fue un guerrero formado por la ambición y fallas en la Guerra de Vietnam, y logró convertirse en el primer presidente afroamericano del Estado Mayor Conjunto, así como también en el primer secretario de Estado afroamericano.

Fue un hombre de comportamiento militar, que después de regresar a la vida civil se aseguró de ataviarse adecuadamente cuando estuviera frente al público.

Fue un hombre que era amigo de su sastre Martin Greenland, lo cual quiere decir que Powell vivió una existencia caracterizada por el traje y la corbata pero también reconoció el valor y habilidades de aquellos que laboran en las sombras.

Powell encajó bien en Washington e infundió la palabra con dignidad. Fue un afroamericano que vestía un traje hecho a mano por un sastre, que no sólo fue un legado de moda, sino un comentario sobre el poder, historia y orgullo.

Los republicanos alentaron a Powell para que se postulara para presidente aún antes de que quedara clara su afiliación política. Fue un republicano que apoyó a los demócratas Barack Obama y Joe Biden para presidente. Fue un republicano que estuvo preocupado de que su partido estuviera socavando la democracia de EU y al que ya no consideraba al Gran Partido Antiguo como su casa política.

Powell nunca olvidó de dónde vino ni la distancia que tuvo que recorrer. Siempre siguió a la Estrella Polar. Tenía 84 años cuando murió el lunes.

El adagio de la vieja escuela también es un severo recordatorio del deber. Sugiere que avanzar es un esfuerzo comunal, y una persona sabia entiende que el éxito está construido sobre el buen desempeño de aquellos que han venido antes y que la única manera de retribuirles por esa exitosa labor es ofreciendo una oportunidad a la siguiente generación.

Ésa fue la parte fácil. Powell fue un filántropo, compartió su experiencia.

Esas palabras también son como un pinchazo a un ego súper inflado. También son recordatorios constantes para no convertirse en alguien seguro de sí mismo que empiece a equivocarse con la suerte de tener el conocimiento, el arco de la historia para la fortaleza de su propio impulso, la experiencia de la omnisciencia.

Powell rechazó el llamado que le hicieron los republicanos para que se postulara como presidente mayormente debido a que no pensó que debería ocupar ese puesto, no creyó que podía arreglar los problemas más urgentes del país. Fue una rareza entre los grandes hombres de Washington. Él no creía que tenía todas las respuestas.

Al paso de los años, esas palabras acerca de mantener cerrado el pasado han dejado de ser favorecidas. Partes de ese sentimiento vive en los hashtags que tienen como objetivo asegurarle a la gente que no son acordes a las verdades difíciles de la vida y el tratar de avanzar cada día con autenticidad.

Hay que mantenernos despiertos. Mantenernos en la realidad. Esos gritos alientan al luchador a permanecer a la ofensiva, a luchar, a nunca volver atrás. 

La autenticidad personal es en algunas veces tan altamente armada que es parecida a un aparato explosivo que detona con la presión, dejando a todos ensangrentados y llenos de cicatrices.

Recordar de dónde vino uno no sólo se trata de lo que no lleva consigo a medida que va avanzando. No sólo se trata de las obligaciones que tiene uno con el futuro. También es asegurar que existe algo por lo que uno puede venir a casa. Es una declaración acerca del consuelo. Es un recordatorio de que uno tiene un lugar suave para aterrizar cuando se tropieza. Porque todos nos tropezamos.

Los que eluden las barreras con toda seguridad son derribados y se equivocan.

El terrible error que persiguió a Powell fueron sus palabras para justificar la guerra de Estados Unidos en Irak –notablemente, su discurso ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en el 2003 advirtiendo acerca de las armas de destrucción masiva–. Posteriormente reconoció que el discurso sería por siempre una mancha en su récord.

Hay algunos para los que su contribución a la guerra en Irak será la totalidad de su legado. Pero arrepentirse también fue parte de la historia de Irak y hacerlo es una rareza.

Pero si uno está totalmente consciente de dónde vino y está seguro de saber que es un lugar en que nos reciben bien, el admitir las fallas viene con una red de seguridad. No se siente como un desplome al fondo de un abismo solitario.

Las personas de donde es uno no van a recibirlo bien, pero nos van a mimar y nos dejarán regresar a casa.

Powel fue una figura histórica, fue un republicano y un demócrata. Voló alto, cometió un grave pecado. Fue un afroamericano y nunca lo olvidó.

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