Opinion El Paso

RBG, icono octogenario de la condición física

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Lindsay Crouse/The New York Times

viernes, 25 septiembre 2020 | 06:00

Nueva York— Hace algunos años, me di cuenta de que el único ídolo fitness que necesitaba era una brillante jueza octogenaria de la Corte Suprema que estaba peleando su cuarta batalla contra el cáncer con pocas horas de sueño y un régimen fulminante de lagartijas y planchas anaeróbicas.

Incluso durante la pandemia, CNN informó el 1.° de abril que la jueza Ruth Bader Ginsburg no había bajado el ritmo, pues seguía realizando sus sentadillas y sus ejercicios de pierna en la prensa del gimnasio de la Corte Suprema. Su atuendo de entrenamiento constaba de conjuntos deportivos con variaciones alegres del término “diva”. Apretaba los dientes y no ocultaba el esfuerzo que hacía. Se dejaba los lentes puestos.

En medio del ataque virtual de abdómenes marcados y etiquetas de “fitspo” (inspiración fitness) que nos insta a alcanzar el cuerpo ideal, fue extraordinario ver cómo una mujer de 87 años cuyos rasgos distintivos eran una combinación de inteligencia férrea, longevidad tenaz y fuerza física se estableció no solo como un icono estadounidense, sino también como un icono de la condición física. La jueza Ginsburg destacó por haber adoptado el ejercicio como una herramienta para el rendimiento: no para mejorar su apariencia, sino su manera de trabajar. Verla invertir en su propia fuerza solo por el placer de hacerlo se percibía como la definición literal del empoderamiento.

Su condición física —así como muchos otros aspectos de su vida— era algo que ella definía en sus propios términos, en el horario que tuviera disponible.

Como señaló la periodista Irin Carmon: “Una de las razones por las que quizá Ginsburg se mostraba reacia a jubilarse es que, al igual que a muchas otras mujeres de su generación, le llevó muchísimo tiempo obtener una oportunidad, y aún más convertirse en la persona que estaba destinada a ser. No fue sino hasta los 37 años de edad que empezó a ser una ‘ferviente litigante feminista’, como ella llegó a describirse”.

El descubrimiento de su potencial atlético llegó aún más tarde, mucho después de las etapas que suelen considerarse la plenitud física de una persona. Al crecer en el típico ambiente estadounidense de la posguerra en el que los niños jugaban deportes y las niñas los observaban (o, como en su caso, hacían gimnasia rítmica con bastón), Ginsburg empezó a ejercitarse hasta el último cuarto de su vida, como un medio para potenciar su recuperación del cáncer de colon en 1999.

Fue entonces cuando empezó a levantar pesas, hacer sentadillas y prensas de pierna, con lo que tonificó su cuerpo de 66 años, sus brazos, su torso, sus piernas, su espalda, sus hombros, sus glúteos y sus abdominales. En 2017, cuando alguien le preguntó quién era la persona más importante en su vida, ella respondió en broma que era su entrenador, un veterano del ejército llamado Bryant Johnson.

“En cada ocasión, me doy cuenta de que cuando estoy activa”, explicó en 2019, “me siento mucho mejor que si solo me quedo acostada sintiendo lástima de mí misma”.

Es difícil pensar en otra mujer estadounidense de edad avanzada que haya sido reconocida, al mismo tiempo, por su tremendo intelecto, su poder profesional y sus hábitos de ejercicio (claro que esto tal vez se deba a que, al momento de querer analizar lideresas, simplemente tenemos menos opciones para escoger). Vivimos en una cultura que todavía goza de separar a los deportistas de los estudiosos. Sin importar tu género, el ejemplo que daba la jueza Ginsburg sugería que esas divisiones son falsas: puedes ser inteligente, poderoso y fuerte a la vez.

El valor de Ginsburg como modelo a seguir para los cientos de mujeres que han seguido sus pasos en el ámbito jurídico y en escaños judiciales de todo el país ha sido ampliamente apreciado y, con justo derecho, conformará la mayor parte de su legado, junto con las maneras en que ayudó a moldear la ley para apoyar a grupos subrepresentados en la corte.

No obstante, para mí, también fue poderoso verla poner el ejemplo en cuanto a cambiar lo que significa actuar como una mujer mayor moderna, sobre todo con respecto a la relación que tenía con su cuerpo.

Ginsburg cambió drásticamente los modelos de lo que el ejercicio puede ser para las mujeres, particularmente para las mujeres de edad avanzada en un país que valora la juventud. No se ejercitaba para verse más pequeña ni para ocupar menos espacio. Su hábito de hacer ejercicio no solo era un símbolo visible de su resistencia y su disposición a reinventarse, sino también un indicio de su determinación a sobrevivir.

Si ella podía hacerlo, yo también podía.

La última vez que me sentí cansada después de una sesión maratónica de llamadas de Zoom, recordé que tres semanas después de someterse a una cirugía mayor de cáncer en 2009, Ginsburg estuvo presente en el discurso del estado de la unión. ¿Qué excusa tenía yo? Salí a correr.

En otoño del año pasado, cuando me cansé de correr mientras entrenaba para una carrera y pensé que jamás sería tan rápida como lo era antes, recordé que varios años después de cumplir 80 Ginsburg aún hacía 20 lagartijas, en series de 10, y tampoco se quedaba dormida hasta tarde. Yo podía correr esos últimos kilómetros. También podía mantener el ritmo.

Anoche, cuando empecé a cansarme mientras escribía esto, preocupada por los correos electrónicos que no había enviado y mis listas interminables de pendientes, recordé que hace apenas unos meses la jueza Ginsburg criticó a sus colegas de la corte por abandonar “a las trabajadoras a su suerte” en materia de anticoncepción durante los alegatos orales del caso, en los que participó desde una cama de hospital debido a una complicación en la vesícula biliar. Ella no se rindió, así que yo estaba bien.