¿Qué es lo verdaderamente radical? No cobrar impuestos a los ricos

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David Leonhardt/The New York Times
martes, 05 febrero 2019 | 06:00

Nueva York –  Compatriotas, estoy aquí hoy para compartirles mi programa económico. Cada año voy a necesitar que todas las familias de clase media de este gran país extiendan un cheque. Luego de reunir el dinero lo distribuiremos entre los estadounidenses más ricos entre nosotros: el uno por ciento, formado por los que más ganan, quienes, gracias a su talento, cualidades y éxito, merecen tener todavía más. El monto exacto de los cheques dependerá del ingreso familiar, pero una típica familia de clase media aportará alrededor de 15 mil dólares al año. Les prometo a todos que este programa dará lugar a la versión más extraordinaria de Estados Unidos que jamás haya existido. 

Considerarían que esa propuesta es bastante radical, ¿verdad? Políticamente absurda. Incluso destructiva. Pues yo solo he descrito los cambios reales en la economía estadounidense desde la década de 1970.

Los resultados de la economía por persona —conocidos como PIB—casi se han duplicado durante este periodo. Sin embargo, la mayor parte de la bonanza ha sido para los más acaudalados. La clase media ha recibido prácticamente las migajas. 

Si los salarios de la clase media se hubieran incrementado al mismo ritmo que el crecimiento económico, una familia de clase media promedio ganaría actualmente 15 mil dólares más al año de lo que gana, después de impuestos y prestaciones. En cambio, esa familia de clase media en efecto cede ese dinero a los ricos, año tras año. (Larry Summers, ex secretario del Tesoro, fue el primero que me hizo pensar en este tipo de cálculos).    

La redistribución extrema del ingreso —hacia arriba— tiene causas múltiples. Algunas, como el cambio tecnológico, se derivan principalmente de las presiones del sector privado. No obstante, la política gubernamental tiene una participación primordial. Las tasas fiscales han descendido abruptamente para los ricos. Los sindicatos de trabajadores han sido debilitados. Se ha permitido que las grandes empresas se vuelvan todavía más grandes y poderosas. Estados Unidos ha perdido su liderazgo como el país con mayor escolaridad en el mundo.   

La mayoría de las veces durante los últimos 40 años, nuestro gobierno ha ayudado a los ricos a expensas de todos los demás. Como consecuencia, la desigualdad económica ha alcanzado los niveles de la Edad dorada (finales del siglo XIX). 

Ante estas tendencias, la respuesta radical es no hacer nada, o empeorar la desigualdad, como lo han hecho las políticas del presidente Trump. Es radical debido a que la creciente desigualdad está comenzando a amenazar la estructura básica de la vida estadounidense. Muchas personas se han frustrado y se han vuelto escépticas. Asombrosamente, la esperanza promedio de vida ha descendido durante los últimos años.

A lo largo de la historia, la principal razón por la que las sociedades se han deteriorado, como han escrito los investigadores Daron Acemoglu y James Robinson, es el predominio “de una pequeña élite que ha organizado a la sociedad para su propio beneficio a expensas de la inmensa mayoría de la gente”. El título de su libro es “Why Nations Fail” (Por qué fracasan los países).

Vale la pena considerar todo esto cuando escuchamos que los detractores (o los periodistas) describen como “radicales” las propuestas económicas de los candidatos demócratas a la presidencia. En su mayoría, no son radicales. En cambio, sus propuestas son intentos de deshacer algunos de los cambios económicos extremos de las últimas décadas y asegurar que la mayoría de los trabajadores estadounidenses —no solo una pequeña élite— obtenga todos los beneficios del crecimiento económico.   

En general, resulta que estas propuestas también son bien aceptadas. En cuanto a los aspectos sociales, como el aborto y la inmigración, el país está muy dividido. Pero la amplia mayoría apoya la idea de que haya impuestos más elevados para los ricos, impuestos más altos para las empresas, más financiamiento para la educación y un seguro médico gubernamental más amplio. No hay de qué sorprenderse: a los estadounidenses no les molesta el éxito, pero sí les molesta no recibir la parte que les corresponde del crecimiento económico.     

La campaña de las elecciones primarias que se avecina será una buena oportunidad para que los candidatos debatan sobre qué ideas específicas tienen sentido y cuáles no. Hasta el momento, la agenda luce bastante bien. Elizabeth Warren tiene un plan para incrementar la fuerza de los trabajadores en las empresas, así como para ayudarles a conseguir mayores aumentos antes de impuestos. Cory Booker y Kamala Harris desean aumentos de salarios después de impuestos para las clases media y baja. Kirsten Gillibrand y otras personas apoyan la reducción de costos importantes de subsistencia, como la atención a la infancia y la educación. 

Tal vez lo más importante sea que algunos demócratas ya han comenzado a presionar para que exista un impuesto a la riqueza a fin de revertir la redistribución ascendente de los últimos 40 años. Warren ha propuesto el dos o tres por ciento anual para las grandes fortunas. Bernie Sanders ha propuesto un aumento fuerte a los impuestos sucesorios. 

Estos impuestos a la riqueza son un ejemplo clásico de políticas que son menos radicales de lo que afirman los opositores. ¿Saben quién paga ya un impuesto a la riqueza? Los estadounidenses de clase media. Se llama impuesto a la propiedad, como lo ha señalado Noah Smith de Bloomberg Opinion. Todos los años, los que son propietarios de su casa pagan un porcentaje del valor de su casa en impuestos. Desde luego, una casa es el mayor bien que posee la mayoría de las familias. Si las familias de clase media pueden pagar un impuesto anual sobre su principal patrimonio, las familias pudientes también.     

Estados Unidos, como lo hemos conocido —optimista, con miras al futuro y con mayor poder que cualquier otro país—, no puede sobrevivir al estancamiento en el nivel de vida de la mayor parte de la gente durante muchas décadas. Me alegra ver que algunos dirigentes políticos lo entienden y están intentando recuperar una característica básica de la vida estadounidense.    

Tal vez debamos comenzar a describir a esos dirigentes como conservadores.