Opinion El Paso

Pence, defensor incomparable de Trump, se enfrenta a sus límites

.

Matt Flegenheimer y Annie Karni/The New York Times

viernes, 09 octubre 2020 | 06:00

El vicepresidente Mike Pence abordó su misión del miércoles de la misma manera en que ha abordado sus cuatro años como el ejecutivo coherente al lado de un líder indisciplinado: no solo defendió al presidente Donald Trump, sino que de hecho insistió, con una convicción inescrutable, que aquellos que dudaban de su jefe no deberían creer en lo que ven sus ojos ni en lo que escuchan sus oídos.

El problema esta vez no fueron las habilidades de Pence en ese aspecto, pues sigue siendo incomparable. Más bien fue el conjunto de hechos en el que se basó este debate, que no le conviene a un gobierno tan abrumado por el virus, al punto de que su propia Ala Oeste se convirtió en un foco de contagio.

Por lo tanto, Pence —desprovisto de la mayoría de las explicaciones políticamente aceptables para la respuesta de la Casa Blanca a la pandemia— tomó una curiosa decisión cuando la senadora Kamala Harris afirmó que el liderazgo del equipo de Trump “claramente no ha funcionado”: decidió interpretarlo como un insulto directo al pueblo estadounidense.

“Cuando usted dice que lo que el pueblo estadounidense ha hecho a lo largo de estos ocho meses no ha funcionado”, afirmó Pence con seriedad, tan moderado como su presidente es bullicioso en el escenario, “eso es una gran falta de respeto a los sacrificios que ha hecho el pueblo estadounidense”.

Por fin, la tensión se hizo evidente, al menos un poco. Tal vez eso es lo que un periodo completo de desgaste puede causarle incluso al gimnasta más destacado de la retórica.

O quizá la realidad simplemente es demasiado desoladora de explicar para cualquier gobierno: el presidente ha contraído el virus que ha matado a más de 210 mil estadounidenses bajo su mandato. Su comportamiento, desde que salió del hospital el lunes, parece ser una continuación del tipo de discurso feliz y científicamente dudoso que ha dejado a la fórmula Trump - Pence en una gran desventaja en las encuestas a cuatro semanas de las elecciones.

Incluso la puesta en escena del debate del miércoles incluyó un recordatorio notorio de los fracasos del gobierno: barreras de plexiglás separaron a los candidatos, lo que señala la marcha del virus entre las filas de la capital.

Sin embargo, a estas alturas, Pence también tiene dominada su estrategia: una mirada amable, una negación con la cabeza, una réplica optimista expresada con la tranquilidad genérica de una tarjeta de felicitación.

“No hay un solo día en que no piense en todas las familias estadounidenses que han perdido a un ser querido”, afirmó, manifestando la clase de empatía que rara vez se asocia con Trump. “Y quiero que todos ustedes sepan que siempre estarán en nuestros corazones y en nuestras oraciones”.

En ciertos momentos se sintió como la prueba de fuego para el esfuerzo que Pence ha estado haciendo de traducir a Trump para los que quizá lo consideran objetable. 

Sin permitir casi ninguna crítica contra la respuesta del gobierno a la pandemia, Pence planteó un argumento firme de que el país estaba prosperando, sobre todo en materia económica, antes de que el virus frenara el ímpetu de Trump, y que lo volvería a hacer si los estadounidenses les permitían mantenerse en el poder.

En todo momento, Pence demostró que es un experto en agotar el tiempo sin responder a la pregunta. Cuando se le preguntó si los electores merecían saber la verdad sobre la salud del presidente, Pence ganó tiempo agradeciéndole al moderador (aunque no quedó claro por qué) y agradeciéndole a su contrincante.

Elogió a los médicos “excepcionales” en el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed y dijo que estaba agradecido por los buenos deseos bipartidistas que le auguraban una pronta recuperación al presidente.

“El pueblo estadounidense tiene derecho a saber sobre la salud y el bienestar de su presidente”, comentó, aseguró erróneamente que ha habido “transparencia” desde el anuncio del diagnóstico de Trump, y pasó a otro tema.

Cuando se le preguntó directamente sobre qué harían los estados si la corte anulaba el fallo del caso Roe contra Wade —un tema que podría alejar a las votantes suburbanas que Trump necesita— Pence habló sobre el asesinato del general mayor Qasem Soleimani. Luego atacó a los demócratas por hacer cuestionamientos sobre la fe cristiana de la jueza Amy Coney Barrett, algo que los demócratas han evitado hacer de manera deliberada desde su nominación. 

El valor electoral del cuidadoso cambio de imagen de Pence durante los años de Trump en el gobierno está lejos de ser real. Las encuestas muestran que la mayoría de los votantes están bastante convencidos de su postura sobre la contienda y los debates vicepresidenciales rara vez son eventos decisivos, al menos en épocas menos caóticas.

Como mínimo, los republicanos tienen la esperanza de que Pence haya destacado los beneficios potenciales de un enfoque más disciplinado en torno a la reelección, uno que Trump nunca ha adoptado.

Los asistentes de su campaña esperaban que el debate fuera una oportunidad para un reinicio tras una de sus semanas más dañinas, un momento en el que la atención se desviara de un presidente enfermo y permitiera que el tono barítono y tranquilo de su segundo al mando les asegurara a los ciudadanos ansiosos de edad avanzada que el gobierno había manejado bien el brote del virus.

Sin embargo, los que conocen a Trump sospechaban que por más que Pence se exculpara el miércoles, el presidente invariablemente haría que el tema se enfocara de nuevo en él, sin importar si eso es bueno o malo en términos políticos.

Tal vez por eso, Pence suele actuar con un conjunto limitado de objetivos en mente: proyectar lealtad, sí, pero también mostrarse poco interesante operativamente, en parte debido a su temperamento y en parte por naturaleza, a fin de que el presidente no se sienta amenazado. 

El historial de debates de Harris ha sido menos constante, pues sus exasesores han descrito la preparación excesiva que llevaba a cabo para las audiencias importantes de la comisión del Senado y que le beneficiaba, pero que tendía a tropezarse en cuestiones políticas en momentos en los que debía pensar rápido.

El miércoles, en un momento dado, cuando se le presionó para que expresara su postura en cuanto a la expansión de la Corte Suprema, Harris trató de desviar la conversación hacia la condición de la corte en la era de Lincoln.

“Solo quiero que conste que nunca respondió la pregunta”, dijo Pence.

Al igual que Pence, Harris también es una figura con presuntas aspiraciones presidenciales después de 2020, que llegó al escenario del miércoles gracias a un hombre que se ha autonombrado un “puente” para la siguiente generación de líderes demócratas.

Y a pesar de su prominencia como demócrata anti-Trump desde que asumió su escaño en el Senado en 2017, su aparición el miércoles registró un nuevo logro en su trayectoria histórica: es la primera mujer negra en representar una fórmula presidencial de uno de los partidos principales del país en un debate de elecciones generales. El hecho de que decidiera no ahondar en eso es un indicio de los campos minados que enfrentan las mujeres de color en la política nacional y de cuántos más temas había que debatir, para bien o para mal.

Harris sí hizo varias pausas para resaltar las interrupciones de Pence, y declaró que, como ex fiscal, no se sentaría ahí “a que el vicepresidente le explicara qué significa hacer cumplir las leyes de nuestro país”.

En cuanto al objetivo más amplio de Harris —vincular a Pence a las palabras y las acciones del presidente— en ocasiones, su adversario le facilitó el trabajo.