Opinion El Paso

Para Elon Musk, el show no puede detenerse

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Molly Roberts / The Washington Post

jueves, 18 noviembre 2021 | 06:00

Washington— Elon Musk está rompiendo el molde de los grandes billonarios –actuando como un bebé grandote en el internet–.

El director general de Tesla ha tenido un comportamiento especialmente malo en este mes, ya que el decoro nunca ha formado parte de su nombre.

El reciente desfile de provocaciones empezó cuando realizó un sondeo en Twitter preguntándoles a sus seguidores si debería vender el 10 por ciento de sus acciones de su empresa de vehículos eléctricos.

La medida pareció como una democracia en acción, pero eso pudo haber sido sólo un truco para despistar de un inventor que parece más un músico callejero que magnate. Musk tuvo que vender por lo menos 10 billones de dólares de acciones para pagar un adeudo fiscal que fue una bomba de tiempo a punto de explotar este verano. El plan, como lo revelaron eventualmente documentos de la Comisión de Valores e Intercambio, fue previamente arreglado.

Lugo, el hombre más rico del mundo se sacó de la manga un vulgar insulto contra la foto de perfil del senador Ron Wyden, después que el demócrata de Oregón hizo un llamado para que se le aplicara un impuesto a los ingresos al ultra-rico.

Vayan y véanla, si quieren –la burla que publicó en un tweet tuvo más de 98 mil “me gusta”– pero basta decir que no me dejarán ponerla en el periódico. Musk rebajó el humor de preparatoria hasta el nivel de primaria al abreviar las palabras “foto de perfil” como “fp”.  Los detalles no necesitan ser deletreados.

Finalmente, Musk arrastró al senador Bernie Sanders, tomando un tweet relativamente rutinario del independiente de Vermont como un desafío personal. “Debemos exigir que los extremadamente ricos paguen lo que les corresponde. Punto”, comentó en un tweet, el senador de 80 años. 

“Sigo olvidando que sigue usted vivo”, respondió Musk, y posteriormente comentó “Bernie es alguien que sólo toma las cosas, pero no las hace”.

Todo está bien, excepto que lo único que está provocando Musk es problemas –por las personas a las que agredió, pero también por él mismo y potencialmente por su empresa, cuyas acciones bajaron casi en un 20 por ciento después del teatro del sondeo–. Por lo menos, hasta que empezaron a subir nuevamente.

¿Qué es lo que pasa? Musk nunca ha sido el tipo promedio, pero tampoco es el magnate promedio de la tecnología del siglo 21. El resto de ellos no hacen eso. Mark Zuckerberg genera controversia y asombra a la gente usando una cantidad cómica de bloqueador solar, o diciendo que la libertad de expresión es importante.

Jack Dorsey apaga las críticas siendo súper en el biohackeo. Jeff Bezos usa sombrero vaquero a su regreso del espacio, o encabeza estrategias de administración masiva que se traducen en alarmantes condiciones para los trabajadores de las bodegas. Jeff Bezos, el fundador de Amazon también es dueño de The Post.

Esos escándalos y pseudo-escándalos en ocasiones tienen que ver con productos o la producción.  En algunas ocasiones, tienen que ver con personas que tienen el control de todo, pero cuando eso sucede, los magnates en raras ocasiones alientan el alboroto. De hecho, lo que ellos muestran de sí mismos lo hacen cuidadosamente, como si un algoritmo cuidara no sólo de sus plataformas, sino también de sus personalidades.

Esa estrategia es más segura para los negocios. Y además, existe un cierto caché en ser intocables.  Así es como uno demuestra que realmente está en un elevado nivel, manteniéndose tranquilo y no permitiendo que la gente se acerque demasiado.

Por su parte, Musk está prácticamente suplicando que lo toquen, que sus adorados acólitos besen su anillo, sí, pero también que los reguladores e inversionistas le den un golpe en la mano.

Tal vez eso sea un canallesco ingenio como el resto de los lanzamientos a la luna de Musk. Él está vendiendo lustrosos autos y aventuras alocadas a las estrellas, pero también se está vendiendo a sí mismo: no de la manera antigua e impecablemente manicurada, sino de una nueva manera de la Web en donde uno tira allí lo bueno, lo malo y lo feo a un mismo tiempo para que nadie pueda decir con seguridad cuáles partes son puras y cuáles son artificiales.

La audiencia se sintió atraída y hasta obsesionada con ese juego de adivinanzas.

Y si el misterio de Musk es lo que mantiene a los que tienen dinero apostándole a él, su magnetismo es lo que hace que sigan creyendo los que confían en él. Tal vez el general de ese ejército de fanáticos actúa como un trol al azar en Internet debido a que sus tropas son parte de la misma tela. Los billonarios no hacen mofa de legisladores que no son muy conocidos, pero los Redditors y otros más sí lo hacen.

Al actuar como si fuera como ellos, Musk alienta a su grupo a pensar que ellos pueden ser como él – lo cual nutre su devoción–. Así que, por supuesto, los está engañando al imaginar que su futuro financiero depende de los votos transmitidos a través de Twitter.

Siempre existe la posibilidad de que eso no es, o tal vez no sea la única estrategia, sino que se trata de soledad –un deseo de perder los estribos en lugar de flotar, y la necesidad de tener éxito, por encima de todo–.

Sin embargo, su actuación es ambas cosas, lo que lo deja a un lado y probable lo que lo mantendrá allí. Musk no es como todos los demás, y la propuesta de que pueda ser es tan ridícula que el pretender serlo sólo da como resultado que sus dotes teatrales sean más obvias.

Musk nunca se va a ver normal porque no está dispuesto a ser normal. De otra manera, guardaría silencio y pagaría sus impuestos.

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