Opinion El Paso

Muerte de mi hermano de 12 años fue usada para vender ‘la guerra contra las drogas’

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Tony Van Der Meer/The Washington Post

miércoles, 01 septiembre 2021 | 06:00

El 12 de enero de 1970, The New York Times publicó un obituario para mi hermano de 12 años en su página principal, identificándolo como la persona más joven en morir por una sobredosis de heroína en la Ciudad de Nueva York. El encabezado del artículo lo redujo a un “usuario de heroína”.  Su nombre era Walter Van Der Meer.

Ha pasado más de medio siglo desde que Walter murió trágicamente el 14 de diciembre de 1969. Su frágil cuerpo fue encontrado tirado sobre el baño sucio de una casa de huéspedes situada en el Harlem dos semanas después de su cumpleaños. Los periódicos publicaron una foto suya en ese estado, convirtiendo una irreparable pérdida en un espectáculo público.

La imagen de mi hermano, vulnerable y abandonado, me ha afligido desde entonces. Eso cristaliza la abyecta falla de esta sociedad para lograr que las vidas de los afroamericanos importe, o para tomar en serio los déficits económicos y sociales que dejan a la gente vulnerable ante la adicción a las drogas y sobredosis.

Meses después que fue publicado el obituario de Walter, el presidente Richard Nixon se apropió de su muerte y las de otros para provocar la histeria necesaria para declarar al abuso de drogas como “el enemigo público número uno de Estados Unidos”.

Bajo el disfraz de la “guerra contra las drogas”, surgió una nueva forma de racismo estructural, a la que Michelle Alexander llama “El Nuevo Jim Crow”.

Cincuenta años después, la devastación de la guerra es clara. Tan sólo el año pasado, los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades reportó un desalentador hito de 93 mil muertes por sobredosis (93 mil hermanos, hermanas, madres, padres, niños amigos, perdidos). Si el racismo no hubiera sido desplegado para deshumanizar a Walter, si su sobredosis hubiera sido enmarcada como “muerte por desesperanza”, el término aplicado recientemente a los anglosajones que han sucumbido ante las sobredosis (tal vez la crisis actual hubiera sido evitada).

A pesar de que extraños han visto y escrito acerca de nosotros, mi familia y los vecinos forjaron una comunidad de amor y dignidad. La mayoría, como la mía, han sido refugiados que han huido de siglos de esclavitud y terror racial en el sur del país. En el norte, nuestras madres y padres desempeñaron agotadores trabajos durante largas horas, y todo eso provocó el deterioro de muchas familias.

Las cosas empezaron a esclarecerse para mí cuando mi padre, quien era surinamés fue deportado.Nuestra familia necesitaba una sociedad justa y equitativa. En lugar de eso, fuimos segregados, asistimos a escuelas de bajos recursos, desarrollamos trabajos peligros y no bien pagados, vivimos en casas deterioradas y recibimos una negligente atención infantil y sistemas de salud mental.

En lugar de darnos apoyo para mantener unida a nuestra familia, el estado de Nueva York nos tomó a Walter y a mí bajo custodia. Walter tuvo problemas, al igual que muchos niños que estaban en su misma situación. 

Al estar bajo custodia, él estuvo aislado y se sobre medicaba con Thorazine. Una vez que empezó a usar heroína, después de años de una fallida intervención estatal, se convirtió en una forma de auto medicación.

Activistas de la comunidad desde hace mucho han argumentado que si el país hubiera respondido a la epidemia de heroína de los años 1970 (o a la epidemia de crack de cocaína de los años 1980) como una emergencia de salud pública en lugar de una cuestión de crimen, ahora podría tener un sistema efectivo de tratamiento para movilizarlo. 

Una lección profunda sobre la muerte de Walter es que revela el racismo estructural que nos está hiriendo a todos.

Consideremos la metadona (un medicamento altamente efectivo para tratar la adicción a los opioides) autorizada en los años 1970 teniendo en mente a las comunidades de color y bajos ingresos. En lugar de ser utilizada como una atención compasiva, ha sido regulada federalmente para tener un óptimo control social, largamente denigrada como “las esposas liquidas”.

La gente que asiste a los programas de metadona debe cumplir con reglas muy estrictas y vigilancia o enfrenta un debilitante retiro de los opioides. Tales políticas restrictivas han demostrado ser mayormente contraproducentes (y por supuesto, también afectan a los anglosajones).

Ahora, la administración Biden tiene una oportunidad histórica para dar por terminada “la guerra contra las drogas”.

Su Comunicado sobre las Prioridades de las Políticas sobre Drogas incluye un marco de salud pública sobre las crisis sobre las drogas, centros de equidad racial y deja de manifiesto la importancia de los programas de reducción del daño.

Sin embargo, se debe hacer más. El presidente Joe Biden debería crear un camino para abrir centros de prevención de sobredosis, en donde la gente pueda consumir drogas previamente compradas de una manera más segura, con un equipo estéril, en un ambiente supervisado médicamente. Tales instalaciones ayudarían a impedir muertes por sobredosis y beneficiarían a las comunidades para disminuir tanto las inyecciones públicas como el desecho de jeringas.

El Decreto de la Reforma de Políticas sobre Drogas, presentado recientemente por las representantes demócratas Cori Bush de Missouri y Bonnie Watson Coleman de Nueva Jersey, hace un llamado para una despenalización federal de las drogas y podría ayudar a reformar la política sobre drogas de Estados Unidos. Debería ser apoyada totalmente por la administración y aprobada por el Congreso.

Los estados también están empezando a actuar, aunque continúa el paradigma. Este año en Filadelfia, los intentos para abrir el primer centro de prevención de sobredosis del país fueron echados abajo cuando la Corte de Apelaciones del Tercer Circuito decidió que ese estatuto de la “casa del crack” del Decreto de Abuso contra las Drogas promulgado en 1986 hace que esos centros sean ilegales.

Esta es una legislación que instituyó una disparidad del 100 a 1 en sentencias sobre el crack, contrarias al polvo de cocaína.

La muerte de mi hermano fue una pérdida para la sociedad, la pérdida de un niño brillante. Su historia puede seguir siendo un momento trágico en un vasto archivo de sufrimiento. 

Esta nación y sus líderes, congresistas y funcionarios públicos, deberían escuchar finalmente los gritos de un niño de 12 años pidiendo ayuda: para sanar, amar y por decencia.

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