Opinion El Paso

Mike Pence perdió su camino en la inmigración

La clave fue que los indocumentados se humillaran y reconocieran que hicieron algo mal al venir aquí ilegalmente

Ruben Navarrete Jr. / The Washington Post

jueves, 10 septiembre 2020 | 06:00

San Diego— Imagine la memorable escena de “El Padrino II” en donde yo interpreto a Michael Corleone y el vicepresidente Mike Pence a Fredo. Me aproximo a él, lo abrazo y le susurro al oído:  “Mike, has roto mi corazón”.

¿Y por qué razón? ¿Por la ambición? Un político puede perderse en la búsqueda de un título más importante. No hay cliché más grade, qué desperdicio.

En el fondo de la traición hubo un solo asunto: la inmigración.

Por supuesto, no estamos hablando de cualquier tema común y corriente.  El debate de la inmigración es polémico, divisivo y altamente costoso.  Existen alianzas improbables, obstáculos impredecibles y un trasfondo de racismo.

Lo que es más, ambos partidos le mienten a sus electores, pretendiendo implementar políticas que no tienen ninguna intención de apoyar. Los republicanos hablan como si quisieran deportar a los trabajadores ilegales aun cuando eso afecta drásticamente a la comunidad empresarial que los apoya, mientras que los demócratas engañan a los latinos y los hacen pensar que les gustaría que más de ellos obtuviera la ciudadanía aun cuando afecte a su base electoral de anglosajones de la clase trabajadora. Todo el debate es un gran engaño.

Aunque, creo que Pence me timó.

Una de las cosas que el tema de la inmigración ha tratado de lograr es que ha revelado que tiene carácter y se los demuestra a otros cuando tienen algo que dar a conocer.

En la reciente Convención Nacional Republicana, el tema fue incluido en el discurso de Pence cuando aceptó la nominación del Partido Republicano para vicepresidente.

“Joe Biden está a favor de las fronteras abiertas, ciudades santuario, abogados y atención médica gratuitos para los inmigrantes ilegales”, dijo Pence.

Mike, le deseo buena suerte argumentando el caso. En la inmigración, Biden es un aburrido moderado.  Él no quiere tener una frontera abierta. De hecho, ha votado frecuentemente para fortalecerla. Eso incluye su voto a favor del Decreto de un Cerco Seguro en el 2006, que autorizó la construcción de 700 millas de valla fronteriza.

Sin embargo, en su discurso, Pence elogió al presidente Donald Trump por haber “asegurado nuestra frontera sur y construido casi 300 millas de muro”.

Posteriormente, cuando Biden fue vicepresidente, guardó silencio mientras el presidente Obama devastó a la comunidad de inmigrantes en Estados Unidos al deportar un número récord de personas, separando familias, enjaulando a los niños y removiendo a los refugiados sin que tuvieran acceso a abogados y otras formas del debido proceso.

El temor que está esparciendo Pence me lleva al pasado unos 15 años. Cuando empecé a escribir acerca de Pence, en este tiempo era un congresista de Indiana que había pasado tres términos en ese puesto. Lo entrevisté en varias ocasiones acerca de su postura sobre la reforma de inmigración.

En el 2006, Pence fue atacado por los de línea dura contra la inmigración. El entonces presidente del Comité Judicial de la Cámara, James Sensenbrenner, quien fue el autor de la propuesta de ley que convertía en un delito ayudar a un inmigrante indocumentado que permanecía en Estados Unidos”, descartó que Pence tuviera “todas esas brillantes ideas” que nunca funcionarían.

El entonces representante republicano Tom Tancredo de Colorado, quien en ese entonces era uno de los miembros más nativista del Congreso, acusó a Pence de estar apoyando una “mini-amnistia”.

Constituía un delito el ayudar a un inmigrante ilegal que “permaneciera en Estados Unidos … conscientemente o ignorando imprudentemente el hecho de que tal persona es un extranjero que no tiene la autoridad legal para residir o permanecer en Estados Unidos”.

Todo se debió a que Pence se atrevió a proponer una reforma integral de inmigración pero eso era algo tan creativo como controvertido.

En el fondo de la controversia esta la polémica pregunta de qué se debe hacer con los millones de inmigrantes ilegales que viven en este país y que impulsan partes de la economía de Estados Unidos. En lugar de simplemente tratar de deportarlos, y ver que la mayoría regresan, Pence diseñó una manera para la gente que permanece en Estados Unidos.

La clave fue que los indocumentados se humillaran y reconocieran que hicieron algo mal al venir aquí ilegalmente o quedarse después de que venció su visa. Si ellos hacían eso, Pence reflexionó en que los conservadores imparciales aceptarían el concepto de permitir que esas personas sigan aquí.

Pence reclutó como aliada a la entonces senadora republicana Kay Bailey Hutchison de Texas y la usó para refinar su idea.  La propuesta de Hutchison y Pence fue descartada en julio del 2006, ya que requería que los inmigrantes ilegales de Estados Unidos regresaran brevemente a su país de origen y registraran sus visas de trabajo con la eventual oportunidad de convertirse en ciudadanos estadounidenses.

En ese entonces, y durante la siguiente década, siempre que me preguntaban quién era mi político favorito, Pence casi siempre encabezaba esa lista.  Eso se debe a que admiro tres cosas en los funcionarios electos que no muchos tienen, valor, carácter y la voluntad de luchar contra los miembros de su misma tribu.

Desafortunadamente, ése era el antiguo Pence. Era el que, como gobernador de Indiana durante las primarias republicanas del 2016, no tuvo nada agradable qué decir acerca de Donald Trump y apoyó al senador republicano Ted Cruz de Texas.

El nuevo Pence cambió cuando enganchó su vagón al de Trump, quien recompensó a ese nativo de Indiana al convertirlo en su segundo al mando cuando se convirtió en presidente.

Créanme, al antiguo Pence no le hubiera gustado el nuevo Pence.