Mi comunidad se convertiría en un pueblo fantasma

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Philip Skinner / The Washington Post
domingo, 07 abril 2019 | 06:00

Columbus, NM— En el transcurso de la semana pasada, el presidente Donald Trump dijo que cerrará la frontera sur si México no detiene el flujo de las drogas y los migrantes que se dirigen hacia Estados Unidos. El jueves emitió una “advertencia con un plazo de un año”. Si eventualmente cumple con su amenaza, el país entero sentirá el impacto de cierta manera. Pero en mi pequeño poblado, la vida ordinaria se paralizaría por completo.

Alrededor de mil 700 personas viven aquí, y compartimos una frontera con —y dependemos de— el poblado de Palomas, en el estado de Chihuahua, México. En nuestra escuela primaria, dos tercios de los estudiantes son ciudadanos estadounidenses que viven con sus familias en México.

No somos la única comunidad donde esto ocurre. En lugares como El Paso y Juárez o San Diego y Tijuana o Calexico y Mexicali, cientos de menores cruzan la frontera dos veces todos los días para asistir a clases en Estados Unidos. Usualmente, las escuelas a las que asisten son privadas, o si son públicas, se opta por no hacer preguntas cuando los estudiantes aseveran que viven con algún pariente cercano. Estas operan en una zona gris, donde las líneas divisorias tienden a borrarse.

Quizás seamos una comunidad poco común en ese sentido: Nuestras escuelas no sólo abren sus puertas a estudiantes de México. Nosotros enviamos una pequeña flotilla de 12 autobuses amarillos para ir a recogerlos, transportando unos 400 estudiantes de primaria a Columbus y otros 400 estudiantes de secundaria y preparatoria al poblado cercano de Deming. Cada mañana, a las 7:20 a.m. Me subo a mi cambión para dirigirme al puerto de entrada, el cual se ubica en los límites del poblado, para recoger a los 71 estudiantes de primaria asignados a mi ruta. Al lado opuesto de la cerca tubular, los niños se despiden de sus padres —muchos de los cuales no pueden entrar a Estados Unidos— y presentan sus pasaportes y actas de nacimiento enmicadas en plástico a los agentes de aduanas y de la patrulla Fronteriza. Sus mochilas y loncheras son inspeccionadas, pasan por el área de inspección y caminan hacia los autobuses, estacionados a unos cinco minutos de distancia. Por la tarde, alrededor de las 2:30 p.m. todo vuelve a suceder en reversa.

Este acuerdo mutuo ha estado en vigor por generaciones. Aunque Nuevo México utiliza una fórmula con la cual los distritos escolares no son financiados con impuestos locales a la propiedad, ha habido algunos habitantes que se quejan de que las familias mexicanas no contribuyen con fondos para el sistema, razón por la que deberían pagar colegiatura. Sin embargo, por la mayor parte, la gente está de acuerdo que estos niños son estadounidenses,  y la mayoría de ellos eventualmente vivirán y trabajarán en este país. Al final de cuentas, es mejor para todos de que los niños reciban una educación y que estén mejor preparados para contribuir a la sociedad.

 Desde que me mudé aquí hace tres décadas, me he ganado la vida cruzando la frontera. Por 25 años, fui dueño de una empresa que fabricaba muebles en México, los cuales luego eran enviados a Estados Unidos, a muchas tiendas de todo el país. Después de que la empresa sucumbió ante la recesión en el 2012, mi esposa y yo compramos una posada de seis habitaciones. Hoy, ofrecemos recorridos a varios sitios históricos en ruinas del norte de Chihuahua y transportamos a nuestros visitantes a farmacias y a recibir otros servicios médicos en Palomas. Es algo tan común para la gente que viene a esta área a cubrir sus necesidades médicas que me asocié con la Clínica Dental Ángeles, un negocio familiar de práctica dental en México, para así poder ofrecer un paquete que incluye alojamiento, una cita y transporte gratis a la clínica.

Toda mi vida he sido republicano. No creo en las fronteras abiertas. No creo que sea aceptable que la gente huya de sus países de origen y luego quebranten las leyes para venir a Estados Unidos. Pero como alguien que ha hecho una vida en este lugar, que adora vivir en un área con dos culturas y de fácil acceso, no veo los peligros en la frontera que Trump describe en sus discursos. Nadie quiere que vengan delincuentes al país, pero las familias que buscan seguridad y personas que buscan trabajo no representan una amenaza a la seguridad pública.

Claro que tenemos un problema en la frontera: Nuestro gobierno parece no estar funcionando de manera eficiente como podría hacerlo para procesar todos esos casos de asilo político. México también necesita hacer su parte para regular el flujo de migrantes. Pero esto no es una emergencia nacional, y no ejerce la misma presión en todos los puntos de cruce. El problema no se resuelve cerrando la frontera y afectando a las personas que viven aquí.

A comienzos de la semana, el presidente pareció restarle importancia a la potencial catástrofe: “Claro que tendrá un impacto negativo en la economía”, dijo Trump. “Para mí la seguridad es más importante que el comercio”. Ante ello, eso parece razonable. En práctica, el posible impacto supera cualquier beneficio de seguridad. Cerrar la frontera devastaría las industrias, desde la automotriz —en los autos que se fabrican en Estados Unidos 37 por ciento de las partes importadas vienen de México— hasta la agricultura, incluyendo a los agricultores de maíz, soya y aquellos que dependen de los productos lácteos y porcinos que necesitan transportar sus mercancías con rapidez hacia los mercados mexicanos. También afectaría al sector energético, ya que México es uno de los más grandes compradores de combustibles refinados, y al turismo, ya que uno en cada cuatro de los viajeros que entran a Estados Unidos son mexicanos, y estos gastan alrededor de 19 mil millones de dólares al año aquí. Algunos funcionarios dijeron que contendrían los daños al permitir el paso de grandes cargamentos —pero eso no nos ayuda a nosotros, quienes dependemos del tránsito vehicular y peatonal, cuyas vidas operan fuera de esas grandes cadenas de suministros.

Nuestras economías son tan interdependientes que resultaría imposible prepararnos. Aunque es difícil imaginarse un cierre de la frontera por un largo periodo, a mí también me sorprendió lo tanto que duró el cierre gubernamental a comienzos de este año. Un cierre de la frontera por pequeño que sea, podría dejarme en bancarrota. Los clientes dejarían de venir a mi hotel —algunos turistas me han dicho que les preocupa quedarse varados en México— y no habría necesidad de seguir haciendo mis recorridos en autobús. Nuestros salones de clases se quedarían casi vacíos. Al cerrarles las puertas a nuestros vecinos, sólo nos haríamos daño a nosotros mismos.