Opinion El Paso

Los republicanos tienen su propia autocracia privada

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Paul Krugman/ The New York Times

jueves, 22 julio 2021 | 06:00

Nueva York— Soy un gran creyente en la utilidad de las ciencias sociales, sobre todo de los estudios que utilizan comparaciones en el tiempo y el espacio para ayudarnos a entender nuestra situación actual. Por eso, cuando el politólogo Henry Farrell me sugirió que revisara la literatura de su campo sobre los cultos a la personalidad, seguí su consejo. Me recomendó un artículo en particular, del investigador neozelandés Xavier Márquez, que me pareció revelador.

“The Mechanisms of Cult Production” compara el comportamiento de las élites políticas en una amplia gama de regímenes dictatoriales, desde la Roma de Calígula hasta la Corea del Norte de la familia Kim, y encuentra sorprendentes similitudes. A pesar de las enormes diferencias culturales y materiales, las élites de todos estos regímenes se comportan casi del mismo modo, en particular en lo que el artículo denomina “señalización de lealtad” e “inflación de halagos”.

La señalización es un concepto que tiene su origen en la economía y que afirma que las personas a veces adoptan comportamientos costosos y en apariencia inútiles como una manera de demostrar que tienen atributos que otros valoran. Por ejemplo, los nuevos empleados de los bancos de inversión pueden trabajar muchísimas horas, no porque las horas extra sean en verdad productivas, sino para demostrar su compromiso de alimentar la máquina del dinero.

En el contexto de los regímenes dictatoriales, la señalización suele consistir en hacer afirmaciones absurdas en nombre del “Líder” y de su agenda, que a menudo incluyen “muestras nauseabundas de lealtad”. Si las afirmaciones son tonterías evidentes y tienen efectos destructivos, si hacer esas afirmaciones humilla a la persona que las hace, se trata de características, no de errores. Es decir, ¿cómo sabe el Líder en verdad si eres leal a menos que estés dispuesto a demostrar tu lealtad infligiendo daño tanto a los demás como a tu propia reputación?

Y una vez que este tipo de señalización se convierte en la norma, los que intentan demostrar su lealtad tienen que llegar a extremos cada vez mayores para diferenciarse de la manada. De ahí la “inflación de halagos”: El Líder no solo es valiente y sabio, sino que es un espécimen físico perfecto, un brillante experto en salud, un analista económico de nivel Nobel y mucho más. El hecho de que obviamente no sea ninguna de estas cosas solo aumenta la eficacia de la adulación como demostración de lealtad.

¿Les resulta familiar todo esto?, por supuesto que sí, al menos para cualquiera que haya estado siguiendo Fox News o las declaraciones de figuras políticas como Lindsey Graham o Kevin McCarthy.

Mucha gente, incluido el que escribe, ha declarado durante años que el Partido Republicano ya no es un partido político normal. No se parece en nada, por ejemplo, al Partido Republicano de Dwight Eisenhower o a los demócratas cristianos de Alemania. Pero sí se asemeja cada vez más a los partidos gobernantes de los regímenes autocráticos.

Lo único inusual de la adopción al por mayor del “principio del líder” por parte del Partido Republicano es que el partido no tiene el monopolio del poder; de hecho, no controla ni el Congreso ni la Casa Blanca. Los políticos sospechosos de no ser lo suficientemente leales a Donald Trump y al trumpismo en general no son enviados al gulag. Como muchos, se exponen a perder cargos dentro del partido y, quizá, elecciones primarias futuras. Sin embargo, la timidez de los políticos republicanos es tal que estas leves amenazas al parecer bastan para que muchos de ellos se comporten como los cortesanos de Calígula.

Por desgracia, toda esta señalización de lealtad está poniendo en peligro a la nación entera. De hecho, es casi seguro que matará a un gran número de estadounidenses en los próximos meses.

El estancamiento de la inicialmente exitosa campaña de vacunación de Estados Unidos no está por completo motivado por el partidismo: algunas personas, sobre todo los miembros de grupos minoritarios, no se vacunan por razones que tienen poco que ver con la política actual.

Sin embargo, la política es un factor clave: los políticos republicanos y las personas influyentes de orientación republicana han impulsado gran parte de la oposición a las vacunas contra la Covid-19 y en algunos casos han sido parte de lo que equivale a un sabotaje declarado. Y existe una asombrosa correlación negativa entre la proporción de votos de Trump en un condado en 2020 y su actual tasa de vacunación.

¿Cómo se politizaron las vacunas que salvan vidas?. Como sugiere Jonathan Bernstein, de Bloomberg, los republicanos de hoy en día siempre buscan maneras de demostrar que están más comprometidos con la causa que sus colegas, y dado lo mucho que el partido se ha ido al traste, el único modo de hacerlo es “el sinsentido y el nihilismo”, que incluye abogar por políticas insensatas y destructivas, como oponerse a las vacunas.

Es decir, la hostilidad a las vacunas se ha convertido en una modalidad de señalización de lealtad.

Nada de esto debe implicar que los republicanos sean la raíz del mal o que sus oponentes sean santos; los demócratas no son en absoluto inmunes al poder de los intereses especiales o al atractivo de la puerta giratoria.

No obstante, el Partido Republicano se ha convertido en algo diferente, sin precedentes, que yo sepa, en la historia de Estados Unidos, aunque con muchos precedentes en el extranjero. Los republicanos han creado para sí mismos un reino político en el que las costosas demostraciones de lealtad trascienden las consideraciones de buena política o incluso de lógica básica. Y puede que todos nosotros paguemos el precio por ello.

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