Los mapas no mienten

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Charles M. Blow / The New York Times
martes, 10 septiembre 2019 | 06:00

Nueva York— Estoy obsesionado con el “Sharpie-gate”. Lo siento, pero le pasa lo mismo a Donald Trump.

El domingo 1.° de septiembre, mientras se acercaba el huracán Dorian, Trump tuiteó:

 “Además de Florida, es muy probable que Carolina del Sur, Carolina del Norte, Georgia y Alabama sean golpeados con (mucha) más fuerza de lo que se pensaba”.

Repitió esta aseveración errónea durante una sesión informativa que tuvo ese día con la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA, por su sigla en inglés): “Además, tengo que decir, los estados… y podría llegar a un pedacito de un gran lugar: se llama Alabama. Y a Alabama incluso podrían golpearlo vientos muy fuertes y algo más que eso, tal vez”.

El problema: Alabama había sido eliminado como blanco del huracán días antes cuando los científicos mejoraron sus modelos y proyecciones con información más actualizada.

El presidente había cometido un error sin mala fe (puede suceder), no había revisado la información más actualizada (no debería suceder) o ambas. Sin embargo, lo que haya sido, era fácil solucionar el problema simplemente admitiendo el error.

Admitir errores no es el estilo trumpiano. En la visión del mundo que tiene Trump, admitir una falla, sin importar qué tan pequeña sea, expone una fragilidad. En todo, uno debe negar, negar, negar y hacerlo con firmeza.

Sin embargo, corregir el error no era un asunto ajeno para la oficina del Servicio Meteorológico Nacional en Birmingham, Alabama; de hecho era su obligación. La oficina tuiteó ese día: “Alabama NO recibirá ningún impacto de #Dorian. Repetimos, ningún impacto del huracán #Dorian se sentirá en Alabama. El sistema permanecerá demasiado lejos al este. #alwx”.

Esta medida fue prudente. La gente toma decisiones muy reales con base en las predicciones sobre las tormentas para mantener seguras a sus familias y sobre si cerrar o no los negocios y las agencias gubernamentales. En términos abstractos, el error de Trump pudo haber sido pequeño, pero no corregirlo pudo haber tenido consecuencias de mucho mayor alcance, algunas costosas y otras incluso mortales.

Esto detonó una lucha conocida para Trump: él, su ego y sus mentiras por un lado y la verdad, la ciencia y los procesos adecuados por el otro.

Trump no considera que la verdad sea rígida, absoluta e irrefutable. Para Trump, la verdad es como plastilina: le puedes dar la forma que quieras, aplastarla o ignorarla por completo. Es un juguete.

Por lo tanto, Trump buscó darle una nueva forma, con lo que convirtió lo que quizá fue un error sin mala fe en una mentira absoluta. Procuró hacer que sus predicciones sobre el huracán y Alabama fueran reales.

En una escena de confusión absurda, Trump presentó un mapa en el Despacho Oval en el que se había alterado la trayectoria del huracán para incluir a Alabama. Parecía que habían dibujado la línea adicional en el mapa con un marcador Sharpie.

En otro acontecimiento impactante, la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés) no solo contradijo a la oficina de Birmingham y respaldó la aseveración errónea de Trump, sino que el sábado The Washington Post informó que un “alto funcionario de la NOAA le advirtió a su personal que no contradijera al presidente”.

Para mí, el mapa mutilado simplemente fue demasiado. Tuve una reacción profunda y visceral hacia el mapa, originada en la experiencia adquirida a lo largo de una carrera. Antes de ser escritor, estuve a cargo del departamento de gráficos en The New York Times y fui el director de arte de la revista National Geographic.

Ambos puestos me pusieron a cargo de las divisiones de cartografía de esas instituciones: la de The New York Times es una de las divisiones de mapeo más importantes en todo el mundo periodístico y la de National Geographic, una de las más importantes del mundo.

Aunque no era cartógrafo de formación, aprendí bastante de los que sí lo eran. Tal vez lo más importante era el grado de seriedad con el que se tomaban su oficio. Tenían una devoción casi religiosa a su exactitud y precisión.

Gracias a este compromiso inflexible con la precisión, creo que la cartografía goza de un lugar envidiable de credibilidad y confianza entre la gente que la observa. Si lo ves en un mapa, lo crees.

Precisamente eso es lo que esperamos de los mapas, en particular en casos de desastres naturales. Esta cartografía debería estar desprovista de cualquier intento de engaño. Su única intención debería ser informar y aclarar.

Por esta razón, el mapa marcado de Trump fue una blasfemia tan grave: atacó, en un nivel fundamental, la verdad, la ciencia y la confianza pública. No solo fue la desfiguración de un documento público, sino la profanación de una confianza sagrada.

Además, si vas a alterar el mapa, ¿es demasiado pedir que demuestres algún tipo de esfuerzo? Aunque supongo que lo mal hecho y de mal gusto es su marca. Me retracto de la pregunta.

La próxima vez que suban las aguas de un río, se propaguen incendios forestales, o huracanes amenacen con su llegada, ¿habrá una pizca de duda en la mente de algunas personas, una semilla sembrada por el presidente mismo?

En esto se convierte una sociedad gobernada por un hombre al que no le interesa la verdad: la verdad no sale ilesa. Todavía falta ver qué precio pagará la sociedad gracias a los conservadores que observan con diversión maliciosa cómo se diezma la verdad común.

Están demasiado ocupados disfrutando el hecho de que el comportamiento de Trump exaspere a los liberales, algo que les parece hilarante.

Los partidos deberían tomar cartas en el asunto. Nadie debería hacer mapas para mentir, ni siquiera un presidente.