Opinion El Paso

Los latinos se han ganado lo que más desean: respeto

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Ruben Navarrette Jr. / The Washington Post

jueves, 30 diciembre 2021 | 06:00

San Diego— En este Año Nuevo, en lugar de una resolución, me gustaría hacer una petición a Estados Unidos.

Les recuerdo que no es para mí. Bueno, no sólo es para mí. Esa “petición” es en representación de los 62 millones de latinos del país, que representan el 18 por ciento de la población de Estados Unidos.

Como mexicoamericano formo parte de ese club. Aunque no siempre he sido un miembro que esté en una buena posición, dependiendo de la opinión de la semana.

Los latinos se han ganado el derecho de exigir algunas cosas. Hemos prestado nuestros servicios en el ejército de Estados Unidos en cada conflicto importante, desde Kabul hasta Yorktown. Gracias al capitán Jorge Farragut, y su hijo David, quienes dejaron España para ayudar a los colonizadores a luchar contra los británicos. 

Hemos recibido más de lo que nos correspondía de medallas del valor, pero también hemos perdido un número desproporcionado de nuestros mejores y más valientes hombres y mujeres.

Los latinos hemos pagado una montaña de impuestos, hemos empezado muchos negocios y empleado a millones de trabajadores. Hemos cocinado alimentos, cavado zanjas, recolectado duraznos y hemos hecho casi todos los trabajos sucios que otros estadounidenses no han hecho.

No hablo por los miembros de mi tribu. Pero trato de escuchar muy de cerca cuando ellos me hablan a mí.

Esto es lo que he escuchado en los dos últimos años –casi la misma cantidad de tiempo que los estadounidenses hemos sufrido la versión del Covid del Día de la Marmota–, en donde la “nueva normalidad” es que nunca más volverá a ser normal.

Primero, aunque los latinos somos usualmente agrupados con los afroamericanos debido a que ambos no somos blancos, somos más parecidos a los inmigrantes irlandeses e italianos que cruzaron el Atlántico en los siglos XVIII y XIX.

Al igual que nuestros compatriotas católicos, fuimos recibidos por los nativistas con los puños cerrados. Pero a diferencia de los irlandeses e italianos, los mexicoamericanos no cruzamos un océano –ni siquiera un río– para llegar aquí. La frontera nos cruzó a nosotros como parte del apoderamiento de las tierras del Oeste a mediados del siglo XIX, conocido como el Destino Manifiesto.

Dos, muchos de nosotros nos sentimos insatisfechos con la conversación que nunca termina en Estados Unidos acerca de la raza. El hecho de que la mayoría de los latinos no somos ni afroamericanos ni blancos nos permite ver con más claridad la gran división de Estados Unidos. Sin embargo, eso no significa que tenemos que optar por identificarnos con los estadounidenses afroamericanos o blancos.

Ambos grupos jugamos la carta de “la víctima”. Muchos afroamericanos se sienten objeto de un racismo sistémico, violencia policíaca, discriminación laboral y el privilegio blanco. Muchos estadounidenses blancos están seguros que están siendo afectados por la inmigración, preferencias raciales, multiculturalismo y una “discriminación revertida”.

La mayoría de los latinos no jugamos ese juego.

Recientemente, un amigo me hizo una extraña pregunta. Sentía curiosidad por saber si los mexicoamericanos consideramos que hemos sido compensados justamente, y a México, tomando en cuenta que el ejército de Estados Unidos le decomisó parte de su territorio al vecino en la guerra entre Estados Unidos y México. Esa tierra que les robaron se convirtió en ocho estados.

“¿Cuánto les deben a los mexicoamericanos de la reparación de esa afectación? preguntó mi amigo.

“Cero”, respondí. “Nosotros nunca lo hemos concebido de esa manera. No pensamos de esa manera”.

Y tres, aunque los asustadizos conservadores blancos se preocupan por la crucial teoría racial de que en realidad sea un complot para destruir a Estados Unidos o transformarlo en algo totalmente diferente, les aseguro que los latinos no queremos eso.

No queremos destruir a Estados Unidos. Sólo queremos ser parte de esta nación. O lo que es mejor, nos gustaría cierto reconocimiento del hecho de que siempre hemos sido parte de este país.

Es la misma “petición” que hemos hecho desde 1945, cuando el heroico Latino Gis regresó a casa de Europa y el Pacífico después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial.

Los soldados y marineros regresaron a los pequeños poblados de Texas y Arizona para encontrar que no podían usar una piscina pública excepto los viernes porque la alberca era drenada los sábados, que no podían ver una película en un cine en cualquier lugar sólo desde el balcón, y que no podían comer en restaurantes que tuvieran letreros que decían “No se admiten perros ni mexicanos”.

Los latinos queremos ser vistos, respetados y aceptados como estadounidenses de sangre. Es bizarro y frustrante tener raíces que datan de cinco o seis generaciones en este país –Santa Fe, Nuevo México, fue fundado en 1609, St. Augustine, Florida en 1565– y siguen tratados como “los otros” y su lealtad es constantemente cuestionada.

Queremos lo que la mayoría de los estadounidenses quieren. Queremos que nos dejen en paz, que nos permitan trabajar para mantener a nuestras familias, y criar a nuestros hijos para que crean tanto en el Sueño Americano como en su habilidad para convertirlo en realidad.

Ya sea que hayamos nacido en este país o seamos naturalizados, los latinos de Estados Unidos ya nos ganamos totalmente la ciudadanía. Y estemos preparados o no, vamos a reclamarla.

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