Los contendientes de pesadilla de Trump

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David Leonhardt/The New York Times
martes, 12 febrero 2019 | 06:00

Nueva York – Hace algunas semanas, los encuestadores de la Universidad de Monmouth les pidieron a los demócratas de todo el país que eligieran entre dos tipos diferentes de candidatos. Uno era un candidato con quien los votantes estaban más de acuerdo en la mayoría de los temas, pero que tendría problemas para vencer al presidente Donald Trump. El otro era lo contrario: un candidato fuerte, pero con ideas diferentes a las de la persona encuestada. 

Fue toda una revelación. Cerca del 56 por ciento prefirieron al candidato más elegible, en comparación con el 33 por ciento que eligieron al candidato con una ideología más acorde. La brecha fue incluso más grande entre las mujeres y los demócratas liberales. Patrick Murray, quien realiza la encuesta de Monmouth, señala que este patrón no es normal. En campañas anteriores, a los votantes les importaba más la ideología que la elegibilidad.

Creo que hay dos razones fundamentales de este cambio. Desde luego, la primera es el horror de la presidencia de Trump. Pero también es importante la razón menos evidente: las diferencias entre la mayoría de los principales candidatos demócratas a la presidencia no son demasiado grandes en este momento.  

Todos ellos están a favor de las políticas para aumentar los ingresos y reducir el costo de la vida para las clases media y baja. Todos apoyan el incremento de los impuestos para los ricos. Están a favor de las medidas para combatir el cambio climático, el derecho al voto y la ampliación de Medicare. La mayoría de los votantes saben que no es gran sacrificio elegir un candidato con ideas moderadamente diferentes acerca de cómo lograr estos objetivos.   

Así que, si los demócratas quisieran identificar su mejor opción para derrotar a Trump, ¿cómo sería ese candidato? 

Sobre todo, sería un candidato con capacidad de convencer a los estadounidenses de que él o ella está de su lado, es decir, contra las acciones que provocan el estancamiento en los niveles de vida estadounidenses. Más concretamente, este candidato sería alguien que pudiera convencer a los votantes indecisos de esta lealtad.  

Todavía hay votantes indecisos. Muchos estadounidenses pasaron de apoyar a Barack Obama en 2012 a Donald Trump en 2016 y luego a los demócratas en la Cámara en 2018, lo cual ayudó a decidir esas elecciones. Entiendo por qué algunos activistas demócratas son atraídos, en cambio, por la idea de una victoria mediante la participación electoral: ofrece la promesa de evitar cualquier pacto político. El problema es que prácticamente no hay ejemplos de demócratas que hayan ganado contiendas cerradas sin poner énfasis en la persuasión. Los intentos de 2018 en Florida, Georgia y Texas se quedaron cortos. 

Sin embargo, los progresistas no deben perder las esperanzas, ya que los votantes indecisos son bastante progresistas, en especial cuando se trata de temas económicos. Durante años, hemos escuchado sobre un tipo de votante indeciso de fantasía, al que hacen alusión los expertos en política y los caciques empresariales, que es liberal en materia social y conservador en materia económica (como lo son muchos expertos y caciques). El verdadero votante indeciso es definitivamente de izquierda en materia económica, apoya los incrementos fiscales para los ricos, se opone a los recortes de Medicare y ve con escepticismo a las grandes empresas.

No obstante, estos votantes indecisos no se consideran a sí mismos radicales. Son típicamente patriotas y religiosos. Muchos de ellos se consideran a sí mismos moderados y, aunque suene raro, muchos pensaron en 2016 que Trump era moderado. Cuando los republicanos pueden tildar a un demócrata de elitista desconectado de la realidad de la mayoría —como lo hicieron con Hillary Clinton, John Kerry, Al Gore o Michael Dukakis—, el candidato republicano a menudo se gana a estos votantes. En cambio, cuando los demócratas se presentan como contrincantes de clase media, suelen ganar.     

En el terreno para 2020, dos demócratas tienen el historial más sólido de contender como contrincantes de clase media:  Amy Klobuchar y Sherrod Brown.  

Ambos son senadores del Medio Oeste; Klobuchar (quien lanzó su campaña el domingo) es de Minnesota y Brown (quien aún no se decide a postularse), de Ohio. Los dos son poseedores de una sencillez populista. Y estos no son términos raciales. Obama también se ganó a los votantes indecisos en parte gracias a su sencillez populista.  

Al respecto del poder de las grandes empresas, Klobuchar ha dicho: “El público está en un momento álgido”. Constantemente habla de reducir los costos de la atención médica. Brown habla continuamente de restaurar “la dignidad del trabajo”. También ambos han evitado con inteligencia algunas ideas que funcionan mejor en el Twitter liberal que con los votantes indecisos, como la fantasía de eliminar los seguros médicos privados.  

Además, los dos ganan elecciones. El año pasado, aunque la mayoría de los demócratas de Ohio estaban siendo apaleados, Brown ganó por siete puntos porcentuales. Klobuchar ganó su propia reelección de manera arrolladora. Incluso ganó en dos de los únicos tres distritos de la Cámara a nivel nacional que pasaron de ser demócratas a republicanos el año pasado. “Ella es una progresista que ha encontrado la forma de comunicarse con una amplia gama de personas con las que a menudo los demócratas tienen problemas para relacionarse”, me dijo Lawrence Jacobs de la Universidad de Minnesota. “El mensaje de Klobuchar es: se puede ser progresista y también elegible”.   

Klobuchar y Brown también tienen puntos débiles. Ella está enfrentando acusaciones de haber sido una jefa implacable, lo que parece ser una mezcla de estereotipo sexista con algo de verdad. Brown, como hombre de raza blanca de mediana edad que no se destaca por su excelente retórica, tendrá que demostrar que no es tan aburrido y puede sobresalir entre la multitud. 

Con todo, si yo fuera Trump, les tendría miedo a Klobuchar y a Brown. Cualquiera de los dos podría estar bien posicionado para recuperar los estados obreros que necesita Trump, como Wisconsin, Michigan, Pensilvania y quizás incluso Ohio y Iowa. También podría irles bien en los suburbios del Cinturón del Sol de Arizona, Florida y Carolina del Norte. 

Y si yo fuera los otros demócratas de 2020, estaría analizando cómo fue que Klobuchar y Brown lograron tener éxito donde tantos demócratas han fracasado.