Opinion El Paso

¿Los centristas están a merced de la propaganda de derecha?

.

Paul Krugman / The New York Times

miércoles, 29 septiembre 2021 | 06:00

Todos los que prestaron atención durante los años de Obama sabían que los republicanos también intentarían socavar las presidencias demócratas. Algunas de las acciones del Partido Republicano (en específico, las acciones de gobernadores como Ron DeSantis y Greg Abbott para impedir una respuesta eficaz a una pandemia mortal) han sorprendido incluso a los cínicos. Aún así, el intento republicano de hacer fracasar al presidente Joe Biden, por mucho que perjudique al resto del país, era previsible.

Más sorprendente, al menos para mí, ha sido el comportamiento autodestructivo de los centristas demócratas (término que prefiero a “moderados”, porque es difícil ver qué hay de moderado en exigir que Biden abandone políticas muy populares como la de los impuestos a las empresas y la reducción de los precios de los medicamentos. En este punto, parece demasiado posible que un puñado de demócratas recalcitrantes haga saltar por los aires toda la agenda de Biden) y sí, son los centristas los que están haciendo un berrinche, mientras que los progresistas del partido están actuando como adultos.

Entonces, ¿qué está motivando al escuadrón de saboteadores? Yo diría que parte de la respuesta es que han interiorizado décadas de propaganda económica de derecha, que su reacción visceral a cualquier propuesta para mejorar la vida de los estadounidenses es que debe ser inviable e inasequible.

Por supuesto, esta no es toda la historia. No debemos subestimar la influencia del dinero: tanto los donantes adinerados como las grandes farmacéuticas han hecho gala de su poder. Tampoco hay que descartar la importancia de la simple falta de cálculo: 3.5 billones de dólares parecen mucho dinero, y no hay que suponer que los políticos entienden (o creen que los electores entienden) que se trata de un gasto propuesto a lo largo de una década, no en un sólo año. Supondría poco más del uno por ciento del producto interno bruto durante ese periodo y seguiría dejando el gasto público global muy por debajo de su nivel en otras democracias ricas. Además, ignora el hecho de que el verdadero costo, menos los ahorros netos y los nuevos ingresos, sería mucho menor que 3.5 billones de dólares.

Y algunos políticos parecen tener la idea equivocada de que sólo el gasto en infraestructuras “duras”, como carreteras y puentes, cuenta como inversión en el futuro de la nación. Es decir, no se han puesto al día con la creciente evidencia de los altos rendimientos económicos del gasto en las personas, en especial el gasto que saca a los niños de la pobreza.

Sin embargo, a menudo me sorprende escuchar a políticos y expertos que no se consideran parte del movimiento conservador, que defienden argumentos económicos que no son más que propaganda de la derecha, pero que se han repetido tantas veces que muchas personas que deberían saberlo mejor los aceptan como un hecho establecido.

Por ejemplo, con frecuencia escucho que el gasto desmedido y los déficits presupuestarios causaron la estanflación de los años setenta. En realidad, la deuda federal (em se redujo em) como porción del PIB a lo largo de esa década (para luego aumentar con el presidente Ronald Reagan). A medida en que entendemos la estanflación de 1970, parece que fue causada por una combinación de choques petroleros y una política monetaria irresponsable. El gobierno grande no tuvo nada que ver.

A veces incluso escucho que los centristas les atribuyen a los recortes de impuestos de Reagan el mérito de la recuperación de la economía de Estados Unidos. La verdad es que a la mayoría de los estadounidenses les fue peor en las décadas posteriores a los recortes fiscales de Reagan que en el periodo anterior correspondiente; el auge posterior a Reagan, tal como fue, se limitó a un pequeño número de personas ricas.

Por último, es sorprendente la cantidad de gente que cree que las economías europeas con un elevado gasto social se ven muy perjudicadas por la reducción de los incentivos al trabajo. Es cierto que durante los años ochenta y noventa, gran parte del continente parecía sufrir de “euroesclerosis”; es decir, de un elevado y persistente desempleo, incluso durante los períodos de expansión económica. Pero eso fue hace mucho tiempo. Hoy en día, los generosos estados del bienestar suelen tener un mejor rendimiento del mercado laboral que Estados Unidos.

Tomemos el ejemplo de Dinamarca, que Fox Business comparó en un momento dado con Venezuela. De hecho, si fuera cierto el dogma de la derecha, Dinamarca debería ser un infierno económico. Tiene un gasto social mucho mayor que el nuestro; dos tercios de sus trabajadores están sindicalizados y esos sindicatos son tan poderosos que obligaron a McDonald’s a pagar a sus trabajadores 22 dólares la hora.

Pero la realidad es que los daneses en edad de trabajar tienen más posibilidades de tener un empleo que sus pares estadounidenses. Es cierto que el PIB real per cápita es un poco más bajo en Dinamarca, pero eso se debe sobre todo a que Dinamarca, a diferencia de EU, no es una nación sin vacaciones; los daneses de verdad se toman un tiempo libre del trabajo.

La cuestión es que, por lo que veo, esos problemáticos centristas demócratas están cegados por una narrativa económica creada a propósito para bloquear el progreso y justificar la enorme desigualdad. Así que imaginan que la agenda de Biden (que es un esfuerzo bastante modesto para abordar los problemas muy reales de nuestra nación) es de alguna manera irresponsable y una amenaza para el futuro de la nación.

Les pido que reconsideren sus premisas. El gasto propuesto por Biden no es irresponsable y no perjudicaría el crecimiento. Por el contrario, sería profundamente irresponsable (em no em) invertir en las personas, así como en el concreto, y si nos remitimos a las pruebas, en lugar de repetir el dogma de la derecha, uno se da cuenta de que la agenda de Biden, de hecho, favorece el crecimiento.

close
search