Opinion El Paso

Lo que nos dice la historia sobre la variante delta y las que le seguirán

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John M. Barry / Especial de The Washington Post

sábado, 31 julio 2021 | 06:00

Washington— Como ya es evidente para todos, la variante delta está creciendo. Dada su contagiosidad, esto no es en absoluto una sorpresa; a medida que el COVID-19 se adaptó a los humanos, las variantes se volvieron cada vez más efectivas infectando a las personas, y la delta es más del triple de contagiosa que el virus que se propagó el año pasado. Y no será la última variante que veremos.

Esto plantea muchas preguntas, y las tres más importantes son: ¿Se volverá más virulento y causará más muertes y enfermedades más graves? ¿Logrará el virus eludir la protección que ofrecen en la actualidad la inmunidad natural y las vacunas? Y si la respuesta a cualquiera de las dos primeras preguntas es afirmativa, ¿cómo podemos responder?

En este momento, lo mejor que podemos hacer son conjeturas fundamentadas. Aún no hay información sólida sobre la virulencia de la variante delta, aunque parece ser más peligrosa. Causó estragos en la India, pero es difícil saber cuánto del número de muertes se le puede atribuir al aumento de la virulencia y cuánto a un sistema de salud colapsado. Los relatos anecdóticos de la situación también hablan de una mayor virulencia, incluso en adultos más jóvenes. También sabemos que la variante delta produce cerca de mil 200 veces la carga viral del virus original, y la carga viral tiene correlación con la gravedad de la enfermedad y las muertes. Ese dato no es reconfortante.

Tampoco lo es la historia. Las cinco pandemias de influenza de las que tenemos detalles desarrollaron variantes más virulentas antes de amainar. La pandemia que comenzó en 1889 fue más del doble de letal en el Reino Unido en el segundo año que en el primero, y en muchos países el tercer año fue incluso más mortal.

En la epidemia de 1918, la primera ola fue leve –la Gran Flota Británica sufrió 10 mil 313 casos en la primera ola pero solo cuatro muertes– y poco transmisible. Una variante provocó una segunda ola explosiva.

La pandemia de influenza de 1957 provocó un aumento significativo en la cantidad de muertes, pero en 1960, después de que se desarrollara una vacuna y muchas personas supuestamente ya tuvieran inmunidad por infecciones previas, una variante causó que la mortalidad máxima excediera los niveles pandémicos.

En 1968, Estados Unidos tuvo la mayor cantidad de muertes en el primer año, pero en Europa –nuevamente, después de una vacuna e inmunidad adquirida naturalmente– el segundo año fue más letal.

Durante la pandemia de influenza de 2009 surgieron variantes que causaron infecciones posvacunación, aumentaron las cargas virales y las muertes en Estados Unidos, y los estudios también encontraron “una mayor carga de enfermedades graves en el año posterior a la pandemia” fuera de Estados Unidos.

Como regla general, los virus terminan siendo menos peligrosos a medida que se adaptan a nuevos huéspedes y los sistemas inmunitarios mejoran su respuesta. Eso debería suceder en este caso, con el tiempo. Pero ya sea que la variante delta haya aumentado o no la virulencia, lo más importante es que podría surgir otra variante aún más peligrosa.

Eso hace que la siguiente pregunta sea aún más importante: ¿Logrará el COVID-19, de alguna manera, escapar de la protección inmunitaria? La respuesta es: probablemente.

A menos de que sus oportunidades para mutar sean coartadas mediante la detención de su propagación –algo imposible cuando miles de millones de personas en el mundo siguen sin tener protección de alguna vacuna– es probable que con el tiempo surja una variante que eluda la infección natural y las vacunas actuales. Los estudios de coronavirus que causan resfriados comunes demuestran que, con el tiempo, las mutaciones generan la capacidad de los anticuerpos de neutralizar esos virus.

Los estudios de laboratorio también muestran una disminución de los anticuerpos neutralizantes contra el COVID-19 después de un año, aunque los que quedan siguen siendo lo suficientemente efectivos como para brindar protección, y otros elementos del sistema inmunitario siguen siendo robustos. Fuera del laboratorio, la variante gamma pareció eludir casi por completo la inmunidad natural obtenida por una infección previa. Además, la efectividad de la vacuna ha disminuido ligeramente contra diferentes variantes.

¿Qué nos dice esto sobre la planificación de nuestros próximos pasos?

Primero, incluso si el virus logra eludir la protección de la vacuna, sucederá de manera muy gradual y eso no necesariamente significa un desastre. Deberíamos tener tiempo para ajustar las vacunas y, hasta ahora, Moderna, Pfizer, Johnson & Johnson y Novavax (que lo más probable es que obtenga la autorización de emergencia de la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos muy pronto) brindan protección contra todas las variantes conocidas. Pero incluso si su eficacia disminuye de forma significativa, seguirán salvando enormes cantidades de vidas. Las vacunas contra la influenza son por lo general solo de 30 a 50% efectivas en la prevención de enfermedades, pero siguen superando 80% de eficacia en la prevención de casos que ameritan admisiones en la unidad de cuidados intensivos.

En segundo lugar, necesitemos o no dosis de refuerzo con las vacunas existentes, con el tiempo tendremos que tener vacunas actualizadas enfocadas en la variante más reciente, tal como lo hacemos cada año con la influenza. Incluso si la delta es la peor variante que terminemos viendo, el virus seguirá mutando. Al igual que con la influenza, el objetivo es desarrollar una vacuna que brinde protección contra todas las variantes.

En el mejor de los casos, la delta será la variante más peligrosa que surja, nuestro sistema inmunitario aprenderá a responder, entrenado por vacunas o infecciones, y lograremos el Santo Grial de una especie de inmunidad colectiva. Aún así, esto no significará una inmunidad plena, sino simplemente que la enfermedad se vuelva endémica y que sigan produciendo infecciones y muertes, pero en cantidades mucho más reducidas. Mientras tanto, durante al menos un año –y quizás más– la gran mayoría del mundo seguirá experimentando una mortalidad significativa y trastornos sociales y económicos.

La pandemia no ha terminado, ni siquiera para las personas vacunadas. El virus sigue reinando. El COVID-19 podría todavía darnos una sorpresa, y de hacerlo en esta etapa todavía intermedia de la pandemia, lo más probable es que sea una desagradable.

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John M. Barry es el autor de ‘La gran gripe: La pandemia más mortal de la historia’ y académico distinguido de la Facultad de Salud Pública y Medicina Tropical de la Universidad de Tulane.

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