Opinion El Paso

Las vacunas para niños nos llevarán al final del túnel pero no será así si muchos no abordan ese tren

.

Theresa Vargas/The Washington Post

lunes, 15 noviembre 2021 | 06:00

Washington— Una resbaladilla en un área de juegos, me empujó a empezar a buscar citas. Mi familia iba caminando por un área de juegos que no está lejos de nuestra casa cuando la inesperada vista de sus amigos provocó que mi hijo de 9 años empezara a jugar con ellos.

La risa y los gritos hicieron que la pandemia se sintiera lejana. Ninguno de los niños usaba mascarilla, pero el riesgo de contagiarse uno al otro parecía mínima.

Estaban al aire libre, jugaban un juego que los forzaba a mantener cierta distancia. El movimiento de un niño era esquivado por otro. Eran como imanes que se repelían, hasta que dejaron de hacerlo.

Mi hijo andaba persiguiendo a otros dos niños. Ellos se subieron a la resbaladilla, pero luego se deslizaron por un tubo inclinado y él los siguió. Yo esperaba ver asomar su cabeza o sus pies por la parte inferior, pero los minutos pasaron.

El grupo decidió jugar un poco dentro del túnel. Cuando finalmente aparecieron, lo hicieron todos juntos. En otro tiempo, yo hubiera considerado eso como una agradable escena ver esa maraña de partes del cuerpo.

En ese momento, lo único en lo que pensé fue en que no podía dejar de buscar una cita para aplicarles la vacuna contra el coronavirus a mis dos hijos.

Aún antes de que la vacuna fuera aprobada para niños de cinco a 12 años, había visto padres de familia en línea discutiendo cuándo y en dónde deberían inscribirse para que los niños fueran inoculados.

Unos cuantos hasta mencionaron que ya habían hecho una cita anticipada con sus pediatras, lo cual por supuesto, dio lugar a que otros preguntaran los nombres de esos médicos y en dónde estaban localizados. No tengo duda de que los teléfonos de esos consultorios empezaron a sonar de inmediato, y seguían timbrando. Esos padres estaban tratando de hacer fila para esos viales de color naranja aún antes de que estuvieran disponibles, lo cual era alentador.

Al atestiguar eso, me dejó una sensación de que finalmente, nos dirigíamos al final de ese oscuro túnel. Pero luego, cuando llegó el momento de abordar el tren, me sorprendí a mí misma, estaba dudando, pensé en esa primera oleada de padres de familia, revisando los sitios en la web de las farmacias CVS y Walgreens, buscando citas. Aunque yo no lo estaba haciendo.

Entendí la ansiedad de los padres para que sus hijos fueran vacunados. También entendí la necesidad de pensar mucho acerca de cualquier cosa que afectara a nuestros hijos.

Mi indecisión no era realmente eso, sino que se parecía más a una pausa, realmente. Pero fue suficiente para darme cuenta de que hemos polarizado mucho el asunto en este país que deberíamos dejar a los padres que no están seguros a un lado en lugar de subirlos al tren con nosotros.

Me preocupa que no hayamos creado suficientes espacios en donde podamos hacer preguntas sin ser juzgados, solicitar información en los idiomas que sean más cómodos para nosotros, o hablemos abiertamente de los temores.

Me preocupa que los padres ignoren las fotos en Instagram de los hijos de sus amigos sonriendo y sosteniendo sus tarjetas de vacunación porque es más fácil evitar una decisión que luchar con ella.

En la semana después que la vacuna para niños de 5 a 11 años fue autorizada, más de 35 mil niños de Virginia recibieron su primera dosis, de acuerdo al Departamento de Salud estatal.

Eso fue un inicio prometedor, pero eso es todo. El verdadero cambio no ocurrirá hasta que la gente y las organizaciones puedan convencer a los padres indecisos, incluyendo a los de comunidades que no son las suyas, y entender que al vacunar a sus hijos los están protegiendo. También están ayudando a otros padres a acercarse más a lo que necesitan: un alivio.

La pandemia ha sido brutal para los padres de niños pequeños. Ha forzado a muchos a dejar sus empleos y a otros sacrificando su salud para seguir recibiendo sus ingresos.

Eso ha cambiado mental y físicamente parte de nosotros, nos ha envejecido. Antes de la pandemia, yo tenia unos cuantos cabellos grises, eran tan pocos que podía quitármelos. Ahora están entretejidos entre el café de mi cabello.

En una ocasión, cuando mi hijo de 7 años era más pequeño, me preguntó si los cabellos blancos venían de algún sufrimiento y yo le contesté que “en algunas ocasiones”. Ahora, él se refiere a los míos como mis “sufrimientos”. No lo he corregido, porque de alguna manera esa explicación es más precisa que una científica.

Durante la pandemia, me preocupé mucho por dos de los integrantes de mi familia: mi papá y mi hijo mayor. Ambos sufren condiciones respiratorias que los hacen vulnerables al virus.

Debido a eso, no hemos viajado a Texas para ver a mi padre en más de dos años. Mis hijos no se han sentado con él en la mesa de su cocina ni han tomado pan dulce con leche. No han visto los relojes antiguos que él arregla ni se han maravillado cómo es que él los vuelve a hacer funcionar. No lo han abrazado y yo tampoco lo he hecho.

He estado esperando vacunar a mis hijos para poder hacer ese viaje de manera segura.

También las he estado esperando para poder hacer nuevamente más planes cada día. Al igual que muchos padres en la región de Washington, cada mañana cuando dejo a mis hijos en la escuela, no sé si serán enviados a casa. Sólo se necesitaría que un niño tuviera contacto con alguien que diera positivo para el coronavirus para que toda la clase entrara en cuarentena y para que los padres trabajadores se vieran inmersos en un caos. Cuando los niños son forzados a permanecer en casa, lo mismo hacen los padres.

Eso no va a cambiar si sólo los padres ansiosos se suben a ese tren. Algunos padres indecisos podrían necesitar un empujón para vacunar a sus hijos. Otros necesitan mucho convencimiento y evidencia científica.

Yo sólo necesito hacer mi propia investigación y recordar en lo que estamos trabajando: que los niños jueguen juntos en las resbaladillas, sin mascarillas ni preocupaciones.

Después que llegamos a casa tras estar en el área de juegos, empecé a solicitar las citas, y logré dos para el final de esa semana en un supermercado que no está lejos de nuestra casa.

A la mañana siguiente (cuando faltaban cinco días para la cita) fui a recoger a mis hijos en la escuela y encontré sólo a mi hijo menor en la puerta acostumbrada. Me dijo que tenía que ir a una parte diferente del edificio para recoger a su hermano. Allí es en donde tienen a los niños que necesitan estar en cuarentena.

Ese día un niño de su clase había dado positivo para el coronavirus.

close
search