Opinion El Paso

Las estatuas confederadas hablan de nuestros valores

‘¿Cuánta sangre más se derramará?’

Theresa Vargas / The Washington Post

martes, 23 junio 2020 | 06:00

Washington—  Mucho  del grafiti  que  ha  sido  garabateado  en  la  estatua  de Robert E. Lee que está en la  Avenida Monumento en Richmond en las que las letras y los números están traslapados, creando una maraña de irrefrenables insultos, demandas antiguas y sentimientos profundos.Aunque en cierto punto, unas palabras que fueron escritas en la base de granito atraen  fácilmente  la  mirada: “¿Cuánta sangre más se derramará? Me gustaría poderle responder al que garabateó esas palabras.También me gustaría decirles lo que esa persona experimentó días y décadas antes de que se encontrara parado en la sombra del general confederado. Pero más que nada, me gustaría que pudiéramos discutir sobre esa pregunta sin tener que referirnos a una que debería  haber  sido respondida hace mucho tiempo: ¿esas  estatuas  de  los  confederados deberían haberse quitado o deben permanecer allí? En esta semana, seis dueños de pro-piedades situadas a lo largo de esta triste-mente célebre avenida en la ex capital de la Confederación entablaron una demanda que pretende impedir que ese tributo a Lee de 60 pies de alto sea removido por el gobernador de Virginia Ralph Northam. La demanda argumenta, de acuerdo a una versión noticiosa, que los dueños podrían  ver  que  los  valores  de  sus  pro-piedades se reducirían y sufrirían como resultado de la “pérdida de una invaluable obra de arte de su vecindario y la degradación de esta avenida internacionalmente conocida en la que ellos residen”.La demanda le siguió a otra que fue entablada una semana antes en represen-tación de William C. Gregory, el biznieto de una pareja que fueron los signatarios de  la  escritura  del  terreno  en  donde  se encuentra la estatua. Los documentos legales del caso argumentan, de acuerdo a lo que reportaron mis colegas, que el estado prometió en la escritura que tiene 130 años de antigüedad que “protegería leal y afectuosamente” la estatua. Esa demanda dio lugar a que un juez del Circuito Richmond emitiera una orden judicial temporal, impidiendo que el estado removiera la estatua y que Northam se  comprometiera  a  luchar  contra  esa decisión. Una  audiencia  sobre  ese  tema  está programada para este jueves.No hay que decir lo que sucederá en la  corte,  aunque  esos  reclamos  legales son  reveladores. Muestran  lo  que  está motivando a  la  gente,  por  lo  menos  en parte,  que  está  defendiendo  una  de  las estatuas de confederados más conocida del país, que es un tributo a la esclavitud y al odio que ha estado en el centro de los últimos enfrentamientos y en las recientes protestas.Ellos están demostrando a qué están tratando de aferrarse:  a una obra de arte, al valor de una propiedad y a una antigua promesa.Podemos  pretender  que  el  debate sobre  los  símbolos  de  los  confederados sea acerca de preservar o borrar la historia, pero realmente, es acerca de nuestros valores. Se  trata  de  saber  sobre  si  nos importa mantener más las estatuas de pie que las gentes que están cayendo.P orque sabemos, a través de las estadísticas, la evidencia en videos y de historia tras historia que la gente que ha sido más afectada por esos símbolos de odio está cayendo a un índice desproporcionado en todo el país. Está  cayendo  víctima  de  la  brutalidad policíaca. Está quedándose rezagada en  las  escuelas  debido  a  la  desigualdad educativa. Está quedándose fuera de las valiosas partes del mapa debido a la falta de una vivienda asequible. Como  reportera,  y  ahora  columnista, que escribe usualmente acerca de los problemas sociales debido a mis propios antecedentes como latina que creció en un vecindario lleno de personas a quienes actualmente  podrían  ser  considerados como  “trabajadores  esenciales”,  pasé muchos  días  en  algunos  de  los  vecindarios  más  rechazados  en  la  región  de Washington y Nueva York. He sido invitada a casas en donde hay pocos o ningún mueble. He caminado por los pasillos de una preparatoria en donde un joven fue acuchillado en el corazón, he hablado con un adolescente de voz suave que sólo quería graduarse.He estado sentada enseguida de una mamá  en  una  funeraria  mientras  ella hacía arreglos para los gemelos que perdió después que una bala le atravesó el estómago mientras salía de un lugar de comida  para  llevar  que  estaba  cerca  de su casa. No tengo que decirles cuál era la raza de  ninguna  de  esas  personas,  porque ustedes lo saben. Ustedes saben quiénes en las ciudades importantes del país llenan los proyectos de vivienda, asisten a escuelas que no tie-nen recursos y están muriendo demasiado pronto y muy brutalmente en sus vecinda-rios a manos de los oficiales que aplican la ley y que se supone deben protegerlos.Ustedes saben que antes de que George Floyd muriera le llamó a su madre.Ustedes  saben  eso  antes  de  que  las protestas en su nombre surgieran en todo el país, trayendo un recordatorio audible y visible de que las vidas de los afroame-ricanos importan.Ustedes sabían eso antes de que las estatuas empezaran a caer.El martes por la noche, los manifestantes de Richmond destruyeron la tercera estatua de los confederados en las últimas semanas.    Justo  después  de  las  11  p.m. derribaron  la  figura  de  un  monumento que  pretendía  honrar  a  una  unidad  de artillería que prestó sus servicios durante la Guerra Civil.Antes de eso, derrumbaron una esta-tua de Jefferson Davis, el presidente de la Confederación, y del general confederado Williams Carter Wickham.  Una estatua de Cristóbal Colón también fue destruida y echada al lago.La estatua de Lee ha permanecido de pie porque es demasiado grande para des-mantelarla sin una maquinaria y debido a que, hay que ser honestos, los legisladores recientemente  empezaron  a  presionar para removerla.Cuando Northam, quien es demócra-ta, anunció durante una conferencia del 4  de  junio  su  emblemática  decisión  de quitar la estatura y colocarla en un alma-cén,  dijo:  “virginia  nunca  había  estado dispuesta a lidiar con los símbolos. Hasta ahora”.La  prueba  de  esa  declaración  está cerca.  Zyahna Bryant, una estudiante de 19 años de la Universidad de Virginia, ini-ció una petición para buscar la remoción de la estatua cuando era una estudiante de preparatoria y tenía 16 años.Ése es un detalle que vale la pena pre-servar en los libros de Historia:  una joven afroamericana reconoció que le tomaría años a los legisladores y a otras personas de todo el país entenderlo, y que algunos no lo harían.La  remoción  de  esas  estatuas  no  es cuestión de historia, es acerca del futuro.  Los manifestantes están destruyéndolas en todo el país porque están hartos. Están cansados de debatir y discutir y esperar que  la  gente  demuestre  que  están  más dispuestos a remover las cadenas que en honrar  esas  figuras  que  lucharon  para mantener otras dentro de ellos.La primera vez que Bryant organizó un  mitin  fue  después  de  la  muerte  de Trayvon Martin.“Recuerdo que para muchos de noso-tros,  eso  se  sintió  como  un  momento definitorio”, recordó en su página de Ins-tagram en una publicación que apareció pocos días antes de la muerte de George Floyd.“Ese fue un momento que puedo citar en  mi  vida  como  un  tiempo  en  donde verdaderamente perdí la esperanza en los sistemas que siguen fallándole a la gente afroamericana y a los latinos”.Bryant tenía 12 años en ese entonces. Eso significa que estaba en la secundaria cuando empezó a preguntarse “¿Cuánta sangre más tiene que derramarse?”Siete años después, muchos de noso-tros realmente no hemos considerado esa pregunta. Seguimos hablando acerca de las estatuas.