Opinion El Paso

Las duras lecciones del 11-S son un manual para combatir las amenazas actuales

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Christopher Wray /The Washington Post

domingo, 12 septiembre 2021 | 06:00

Washington— Quienes vivimos el 11 de septiembre siempre recordaremos con exactitud dónde estábamos y qué estábamos haciendo cuando Estados Unidos fue atacado. Como nuevo funcionario del Departamento de Justicia, pasé la mayor parte del día en un centro de comando abarrotado en la sede del Buró Federal de Investigaciones (FBI). Fue un remolino de actividad y emociones: preocupación por los seres queridos, furia contra quienes nos atacaron, incertidumbre sobre el futuro inmediato. Pero lo que nunca olvidaré es la increíble sensación de solidaridad que hubo en ese salón. Estábamos unidos por nuestra determinación de encontrar a los responsables y decididos a prevenir otro ataque.

Ahora, dos décadas después, las amenazas han evolucionado, pero las duras lecciones del 11 de septiembre de 2001 aún proporcionan el manual para enfrentar los retos de hoy.

Tras el 11 de septiembre, el país se unió por un objetivo en común. Nos enfocamos en la disrupción: recopilar inteligencia para detener a los elementos maliciosos antes de que pudieran atacar. Todos los niveles de gobierno eliminaron las barreras que habían sofocado la colaboración e impedido el intercambio de información. Las agencias federales fortalecieron las relaciones con los socios estatales y locales, cuyas observaciones de primera línea resultaron ser esenciales. Y con el respaldo del pueblo estadounidense, toda una generación de servidores públicos respondió al llamado para enfrentar la nueva amenaza terrorista.

Como resultado de los cambios realizados en respuesta al atentado terrorista (y gracias a la ardua labor del FBI y nuestros aliados, además de un poco de buena suerte) no hemos experimentado otro ataque a gran escala de una organización terrorista extranjera en suelo estadounidense. Pero no nos equivoquemos: como nos lo recordó dolorosamente el ataque del Estado Islámico y la trágica pérdida de 13 valientes miembros de las fuerzas armadas estadounidenses y cerca de 200 afganos en Kabul el mes pasado, la amenaza no ha desaparecido. Al contrario, durante los últimos 20 años, mientras la tecnología avanzó y el mundo se interconectó más, las amenazas familiares se transformaron y surgieron otras nuevas.

Los ataques terroristas alguna vez requirieron de una planificación y comunicación extensa, lo que llevaba tiempo y generaba pistas claves para los investigadores. Pero ahora el terrorismo se mueve a la velocidad de las redes sociales. Los grupos extranjeros difunden propaganda en línea para motivar a individuos solitarios a atacar utilizando herramientas de fácil acceso, como sucedió en octubre de 2017, cuando Sayfullo Saipov, un presunto simpatizante de Estado Islámico radicalizado en línea, arrolló a una multitud en una ciclovía de Manhattan con un camión alquilado, dejando un saldo de ocho personas muertas y más de una docena de heridos.

Pero el riesgo de las radicalizaciones en línea no se limita a las ideologías terroristas extranjeras. Una gama cada vez mayor de creencias radicales está inspirando cada vez más a terroristas internos. Ideologías raciales y étnicas, sentimientos antigobierno y contra la autoridad, teorías conspirativas y resentimientos personales, toda esta variedad excepcional de narrativas peligrosas que circulan en línea agrava el reto de identificar y detener a los extremistas violentos.

Además de hacer que los ataques sean más difíciles de detectar, la tecnología ha habilitado nuevas amenazas. Hace veinte años, un equipo de terroristas habría tenido que ejecutar con éxito un plan complicado con una bomba u otra arma convencional para intentar paralizar la represa Bowman Avenue en Rye Brook, Nueva York, o clausurar operaciones en Colonial Pipeline. Pero en la actualidad hemos sido testigos de cómo piratas informáticos del gobierno iraní y criminales de ransomware, respectivamente, logran hacer estas cosas desde sus computadoras en refugios seguros en el extranjero.

No hay duda de que las amenazas se han vuelto más complejas. Gracias a la dedicación y el sacrificio de los miles de hombres y mujeres que asumieron el reto tras el 11 de septiembre, sabemos cómo responder: enfocándonos en la disrupción, fortaleciendo las alianzas y renovando un sentido de responsabilidad compartida.

La prioridad sigue siendo detener el próximo ataque. Pero aquellos que desean hacernos daño continúan pensando en nuevas maneras de utilizar la tecnología en nuestra contra. Para protegernos contra estos desafíos en constante cambio, las comunidades de inteligencia y de las fuerzas del orden deben innovar y pensar de manera creativa.

Como aprendimos después del 11 de septiembre, la colaboración es esencial. Cada vez más, eso se traduce en que las fuerzas del orden se asocien con la ciudadanía y empresas privadas. Interrumpir las veloces amenazas como las de actores solitarios requiere que las personas compartan información con las autoridades cuando algo parezca estar mal. Contrarrestar ciberataques sofisticados demanda que las compañías trabajen junto al FBI y no en solitario. El desarrollo de ese tipo de alianzas exige un compromiso conjunto de construir confianza y mejorar la comunicación.

La realidad actual exige que reconozcamos que esta es una situación que nos incumbe a todas las personas. A los hombres y mujeres que conforman las fuerzas del orden se les está pidiendo que redoblen esfuerzos como nunca antes, en un momento en que sus trabajos son cada vez más peligrosos. Necesitan nuestro apoyo. Para desarrollar la próxima generación de quienes tengan la disposición de correr directo hacia el peligro para proteger a otros, debemos reavivar el espíritu de unidad que tuvimos justo después de los ataques del 11 de septiembre.

Al conmemorar el vigésimo aniversario de los ataques, debemos lamentar a las personas que hemos perdido, darle nuestro pésame a sus familiares y seres queridos, y expresar nuestra gratitud por quienes se sacrificaron (tanto en el país como en el extranjero) para mantenernos a salvo. A estas personas les debemos la renovación de nuestro compromiso con las lecciones aprendidas con sangre, sudor y lágrimas tras el 11 de septiembre.

Christopher Wray fue fiscal general adjunto en el Departamento de Justicia de Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Actualmente se desempeña como director del Buró Federal de Investigaciones.

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