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Opinion El Paso

La vida entre misiles

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Jorge Ramos Ávalos/Periodista

domingo, 22 octubre 2023 | 06:00

Ashkelon, Israel (cerca de la frontera con Gaza)— Esto no es vida. Ni para los israelíes ni para los palestinos. Es en lo único en que los dos pueblos están de acuerdo.

Una mañana salí de Tel Aviv, hacia el sur, cuando de pronto el cielo se llenó de puntitos blancos. Eran misiles. Y luego vino ese estruendo seco, succionando el aire, que ocurre cuando un misil de Hamas o Hezbollah es interceptado y destruido en el aire. Así funciona el llamado “domo de hierro”, el sistema antiaéreo de Israel que elimina, antes de caer, la mayoría de las bombas que lanzan en su contra.

El protocolo de seguridad, cuando vas manejando y viene un misil, es bajarte y esconderte detrás del auto. (Si te quedas dentro, no tienes escapatoria). Así lo hice, esperé unos minutos con varios conductores al borde de la carretera hasta que explotaron los cohetes, y luego todos nos subimos a nuestros autos y nos fuimos. Como si nada hubiera ocurrido.

Había quedado de verme con el doctor argentino Claudio Kristal en el hospital Barzilai de Ashkelon, a 13 kilómetros de Gaza. El hospital seguía funcionando a pesar de haber recibido el destructivo impacto de un misil unos días atrás.

Comencé la entrevista y a los pocos minutos una fuerte sirena que alertaba sobre un ataque aéreo nos obligó a correr y a escondernos en el refugio antiaéreo del hospital. “Aquí estamos bien”, gritó el doctor. Le dije que aún se oían las bombas. Supongo que me vio pálido y me dijo: “No tenga miedo”. Le regresé la sonrisa más falsa que he tenido en toda mi vida.

Ahí en el hospital conocí a Itzik Horn, quien hacía varios días no se rasuraba la blanca barba. Dos de sus hijos habían sido secuestrados del kibutz Miroslav por los terroristas de Hamas el sábado 7 de octubre. Sus ojos azules estaban rayados por la angustia y la rabia. “Lo que te mata es no saber si están vivos o muertos”, logró decirme entre sollozos. “Si han cortado a unos en pedacitos, si pudieron matar a bebés de ocho meses, ¿por qué no van, a un rehén, a quemarlo o torturarlo? Pero no hay que perder la esperanza”.

Salgo del hospital con el corazón apretado.

Y Gaza está ahí al ladito. Ese es otro infierno.

Entrar a Gaza durante los primeros días de la guerra era casi imposible. Nada entraba y nada salía. Ni agua, electricidad, comida o periodistas. El Ejército de Israel la tenía cercada y Egipto no dejaba que nadie saliera por el sur. Pero la catástrofe humanitaria era patente. Las bombas no discriminaron entre terroristas de Hamas y la población en general, incluyendo niños.

Las imágenes de Gaza que vi por redes eran de un dolor gigantesco. Una niña sola, con dos ríos de sangre seca sobre la cara y esperando en un hospital, lloraba porque no encontraba a su mamá.

Otro niño, con toda la cabeza vendada, consolaba a su papá, quien también estaba herido en una camilla. “Estoy bien”, decía el menor, “estoy bien”, mientras el padre sollozaba. Un hombre corriendo y llevando a su bebé inmóvil a quién sabe dónde. Todos escondían historias de horror.

Regreso a Tel Aviv y ahí tampoco hay espacios para descansar de la guerra. Vuelve a sonar otra alarma de ataque aéreo. Camino sobre el malecón y no hay tiempo para correr a un refugio. Veo a una mujer, vestida de blanco, tirada sobre la playa boca abajo, con las dos manos sobre la cabeza. Esa es toda su protección ante dos misiles que truenan en el aire.

En poco más de una semana he escuchado tantas alarmas de bombas que ya perdí la cuenta. Pero cada una te revienta los nervios. Y no descansas hasta que oyes a lo lejos que la bomba explotó y no te tocó a ti. Estoy seguro de que cuando regrese a casa voy a brincar con cualquier ruido. PTSD.

Esta no es forma de vivir, ni para palestinos ni para israelíes.

Desde que la ONU propuso en 1947 un plan para crear dos Estados, Israel y Palestina (y un régimen internacional para Jerusalén), lo único que ha prevalecido es el odio, la violencia y la confrontación. Querer la destrucción de tu enemigo imposibilita cualquier tipo de negociación. Y ya es hora de imaginarse otra cosa.

Pero estos son tiempos de guerra. No de diálogo ni de esperanza. Y oigo los misiles explotando en el cielo y repito, como mantra, así no se puede vivir, así no se puede vivir, así no se puede vivir...

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