La solución para la frontera

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Editorial / The Washington Post
lunes, 15 abril 2019 | 06:00

Washington— Imagine que Estados Unidos pudiera, de la nada, crear un sistema ordenado y racional para lidiar con las personas que solicitan asilo en la frontera suroeste —un régimen que fuera al mismo tiempo eficiente, humano y justo.

Eso le permitiría procesar y adjudicarse migrantes en la región fronteriza de una manera relativamente rápida— en días o semanas y no en meses ni años —admitir a aquellos que tienen una razón seria y verificable y rechazar y deportar a los que no la tengan.

Ya no escucharíamos mencionar la estrategia “Atrapar y Liberar” y tampoco los años que toma llevar a cabo ese proceso.

En otras palabras, podría verse como el status quo que se ha convertido en una crisis que ha abrumado a la infraestructura y burocracia existente. Aunque construir ese sistema podría ser posible, y costaría sólo una parte del importe que el presidente Donald Trump quiere gastar erigiendo un muro que no podría hacer nada para disuadir a las personas que buscan asilo.

Desafortunadamente, ni Trump ni los demócratas han propuesto un proyecto para solucionar la crisis. El presidente prefiere hacerlo de una manera fulminante, como si la oleada de migrantes pudiera evaporarse con su furia.

Los demócratas, estimulados por una postura opositora debido a la severa retórica y políticas del presidente, están actualmente en riesgo de ser mostrados plausiblemente como un partido indiferente ante las porosas fronteras —una postura que es sustantivamente errónea y podría dar lugar a un desastre electoral.

Un plan convincente para lidiar con el tsunami de los migrantes que solicitan asilo, principalmente familias centroamericanas y menores no acompañados, podría empezar con cientos de jueces de inmigración adicionales como suplemento de los 400 que existen, cuya carga de trabajo incluye unos 800 mil casos, lo cual significa que las audiencias están programadas para el 2021 o más allá.

Eso podría significar expandir y construir centros de detención cerca de la frontera, que sea adecuada para las familias, que pudiera alojar a muchos múltiplos de su actual capacidad mientras los migrantes esperan el fallo sobre sus casos.

Eso probablemente podría implicar una acción del Congreso que permitiera que las autoridades detuvieran a las familias durante más de tres semanas, que es lo que las cortes han establecido como límite en los centros de detención en donde están involucrados niños.

De manera crucial, la existencia de un sistema funcional podría empezar a disuadir a los migrantes que no tuvieran una razón plausible para solicitar asilo que se embarcaran en una travesía riesgosa y cara.

Trump tiene la razón cuando dice que las leyes de inmigración están fracturadas y que el país necesita reforzar sus fronteras. Aunque no tiene la razón en seguir tratando de imponer medidas draconianas tales como separar a los niños de sus familias, que según han reportado algunos oficiales, están considerando nuevamente pero de una manera diferente.

Ese enfoque, junto con las amenazas de cerrar la frontera, un criterio estrecho de asilo y la creación de cuellos de botella artificiales para impedir que los que buscan asilo entren legalmente al país, están condenados —tanto legal, como constitucional y prácticamente.

Si Trump fuera serio acerca de encontrar una solución e hiciera un compromiso constructivo, tiene cartas con que jugar. Podría ofrecer un acuerdo para legalizar a los “dreamers”, los cientos de miles de migrantes indocumentados que fueron traídos al país cuando eran niños.

Podría expandir la inmigración legal, que podría tener sentido tomando en cuenta el bajo desempleo histórico y la escases de trabajadores que existe en varias industrias.

Podría redoblar los esfuerzos de Estados Unidos para mejorar las condiciones de vida en los países que producen migrantes en lugar de quitarles la ayuda, como dijo recientemente que lo haría.

En lugar de eso, las señales que envía el presidente son “que será rudo”, como si solucionar la oleada de migrantes fuera una competencia de voluntades en lugar de una crisis que debe manejarse con recursos adecuados y políticas efectivas.