La Segunda Guerra Mundial y los ingredientes de una masacre

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Bret Stephens / The New York Times
sábado, 07 septiembre 2019 | 06:00

Nueva York–El domingo pasado se cumplieron 80 años de que comenzó la Segunda Guerra Mundial después de que la Alemania nazi y la Unión Soviética firmaron un pacto de “no agresión” que, de hecho, fue un pacto de agresión mutua. Adolf Hitler invadió Polonia el 1.° de septiembre de 1939. Dos semanas después, ocurrió la invasión de Rusia a Polonia, que no fue menos homicida.

El 3 de noviembre de ese año, Joseph Goebbels, el ministro de propaganda, le dio a Hitler el informe sobre su viaje a Polonia. “Sobre todo, mi descripción del problema con los judíos tiene toda la aprobación [de Hitler]”, escribió en su diario. “Los judíos son un producto de desecho. Es un problema clínico más que uno social”.

Durante varios años, muchos comentaristas, me incluyo, han escrito sobre los paralelos entre la era de la preguerra y el presente.

Tenemos el ascenso de regímenes dictatoriales decididos a vengar las humillaciones geopolíticas del pasado y replantear fronteras: Alemania, Italia, Japón y Rusia, en aquel entonces; China, Irán y Rusia, en la actualidad.

Tenemos la poca disposición de las potencias del statu quo para coordinar sus acciones, confrontar las dictaduras, extirpar las guerras regionales y estar a la altura de los desafíos globales. La Liga de las Naciones, en aquel entonces; el G7, en la actualidad.

Tenemos el aumento significativo de los rencores nativistas, las barreras proteccionistas y las políticas para que las naciones solo se cuiden a ellas mismas, junto con las dudas profundas sobre la viabilidad de la democracia liberal y el orden internacional. El padre Coughlin y quienes apoyaban el movimiento de “Estados Unidos primero”, en aquel entonces; Donald Trump y quienes apoyan el movimiento de “Estados Unidos primero”, en la actualidad.

Todo eso, más tres factores cruciales: nuevas formas de comunicación masiva, la retórica de la deshumanización y la política del bien absoluto en contra del mal absoluto.

La tecnología (relativamente) nueva de la década de 1930 fue la radio. “Es el milagro de la radio el que une a 60 millones de alemanes en una sola multitud, de la cual se aprovecha una sola voz”, reportó The New York Times en 1936. Esto fue diseñado a propósito. Una de las primeras iniciativas de Goebbels después de que los nazis llegaron al poder fue producir y distribuir una radio barata –la Volksempfänger, o receptor del pueblo– que pudiera llevar la voz y el mensaje del Führer a todos los hogares.

La radio posibilitó una relación en apariencia personal y sin mediadores entre los líderes y sus gobernados. Eliminó a los intermediarios de la información –reporteros, editores, voceros, comentaristas, etcétera– de los que tuvieron que depender las anteriores generaciones de líderes. Convirtió una nación en una audiencia y la política en un teatro donde las emociones importaban mucho más que la sensatez. En “The Nightmare Years”, el corresponsal de CBS William Shirer recordó el impacto que le causó la desconexión total entre la locura del lenguaje de Hitler y la fascinante calidad de sus discursos.

La radio en aquel entonces, como lo es Twitter en la actualidad, era la tecnología del ello; un canal que podía concentrar la furia política en un momento en el que había furia de sobra.

También fue un momento en el que la ideología dictaba que la furia debía dirigirse hacia clases enteras de gente. La década comenzó con la propaganda soviética que aplaudía el anuncio de Stalin sobre “la liquidación de los kulaks como clase”, una referencia a millones de campesinos ucranianos que iban a morir a causa de una hambruna provocada en el Holodomor.

La mentalidad política que convirtió a los seres humanos en categorías, clases y razas también los convirtió en roedores, insectos y basura. “El antisemitismo es exactamente lo mismo que despiojar”, aseguró Heinrich Himmler en 1943. “Deshacerse de los piojos no es un asunto de ideología. Es un tema de higiene”. Mientras se quemaba el gueto judío de Varsovia ese año, se escuchó a un polaco antisemita decir: “Las chinches están en llamas. Los alemanes están haciendo un gran trabajo”.

En la actualidad, la retórica de la infestación está de regreso. En Estados Unidos, Trump la usa para describir a migrantes latinoamericanos. En Europa, Jaroslaw Kaczynski, presidente del partido en el poder Ley y Justicia, advirtió en 2015 que los migrantes transportaban “todo tipo de parásitos y protozoarios”, los cuales, “aunque no son peligrosos en los organismos de estas personas, podrían ser peligrosos aquí”.

Sin duda habrá más de este tipo de discurso, y no solo desde la derecha. La izquierda estadounidense se ha vuelto especialmente indiscriminada al momento de hablar de forma peyorativa sobre categorías enteras de gente desfavorecida.

Nada de esto sería posible sin el tercer factor: la convicción de que un oponente representa un mal irredimible, y por lo tanto su destrucción es un acto de bondad indudable. Ese espíritu de certeza que dominó la política de los años treinta no dista tanto de nosotros en la actualidad. Las figuras políticas impopulares de nuestros días son la gente que parece transmitir menos del cien por ciento de convencimiento: el conservador moderado, el liberal escéptico, el centrista que tambalea.

Este octogésimo aniversario de la Segunda Guerra Mundial es una oportunidad para reconsiderar cómo fue que el mundo llegó a ese oscuro desfiladero, en el cual murieron casi 70 millones de personas. También es una oportunidad para recordar las palabras del juez estadounidense Learned Hand, sobre cómo la gente libre y civilizada puede volver del borde del precipicio.

“El espíritu de la libertad es el espíritu que no está completamente seguro de tener la razón”, dijo.