La muerte de la Pax Americana

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Paul Krugman / The New York Times
martes, 14 mayo 2019 | 06:00

Nueva York— Está bien… no deberían haber empezado la guerra comercial hasta que yo regresara de vacaciones. Y de verdad tengo que recorrer demasiados kilómetros y escalar muchas colinas para opinar de forma periódica o con gran detalle. Pero como ahorita estoy sentado en una cafetería al aire libre con mi café y mi croissant, pensé que podría tomarme unos minutos para hablar de dos conceptos erróneos que, según yo, están afectando el debate del conflicto comercial.  
Por cierto, no me refiero a los conceptos erróneos del presidente Donald Trump. Hasta donde veo, él no entiende ni un solo concepto sobre la política comercial. No sabe cómo funcionan los aranceles, ni quién los paga. No entiende lo que significan los desequilibrios comerciales bilaterales, ni lo que los provoca. Tiene una perspectiva del comercio de suma cero, lo cual va en contra de todo lo que hemos aprendido durante los dos últimos siglos. Además, en la medida (pequeña) en que sean coherentes las peticiones que le está haciendo a China, son peticiones que ésta no puede cumplir ni cumplirá.
Sin embargo, creo que también los detractores de Trump, aunque son muchísimo más precisos que él, no entienden algunas cosas, o al menos exageran algunos riesgos mientras entienden otros. Por una parte, los costos a corto plazo de la guerra comercial tienden a exagerarse. Por la otra, las consecuencias a largo plazo de lo que está sucediendo son mayores de lo que parece darse cuenta la mayoría de la gente.
En el corto plazo, un arancel es un impuesto… y punto. Por lo tanto, las consecuencias macroeconómicas de un arancel deben considerarse comparables a las consecuencias macroeconómicas de cualquier aumento fiscal. Es cierto que este aumento fiscal es más regresivo que, digamos, un impuesto sobre ingresos altos, o un impuesto sobre el patrimonio. Esto significa que recae sobre la gente que será obligada a recortar su gasto y, por lo tanto, es probable que tenga un retorno de la inversión negativo más grande que el retorno de la inversión positivo del recorte fiscal de 2017. Sin embargo, todavía estamos hablando, al menos hasta ahora, acerca de un alza de impuestos que sólo es una parte de un porcentaje del PIB.    
Esto significa que es difícil justificar las afirmaciones de que la guerra comercial, al menos la que actualmente está en curso, provocará una recesión global.
Si la guerra comercial no sólo se extiende a todas las importaciones de China, sino a las de Europa y de otras partes del mundo, podríamos llevar esto hasta a generar una política fiscal de contracción de un par de puntos del PIB; 200 mil millones de dólares aquí, 200 mil millones de dólares allá, y pronto estaremos hablando de mucho dinero. Sin duda eso podría suceder: Trump se imagina que va ganando, y bien podría pasar de China a los autos europeos y así sucesivamente. Pero aún no estamos en eso.  
No obstante, ¿acaso las posibilidades de represalias extranjeras no cambian el panorama? En realidad, lo que hacen las represalias extranjeras es evitar que los aranceles sean menos malos que un aumento fiscal común y corriente. Cuando un país grande como Estados Unidos impone aranceles, uno de los efectos –si no nos enfrentamos a represalias extranjeras– es un incremento en el precio de las exportaciones de Estados Unidos, ya sea mediante un aumento del dólar o al sustraer recursos de los sectores exportadores para los sectores que compiten con las importaciones. Este aumento de precios es, si todo lo demás se mantiene constante, una ganancia para Estados Unidos (aunque no para los sectores orientados a las exportaciones, como la agricultura). Y este efecto de “términos de comercio” puede aminorar o incluso revertir las pérdidas en general conforme los aranceles alteran la economía.  
No obstante, si los extranjeros toman represalias (cuando lo hacen), desaparece el efecto de los términos comerciales, y regresamos a la situación en la que los aranceles sólo son un impuesto a los consumidores nacionales.  
Tal vez la cuestión más importante aquí es que existe la tendencia a que haya cierto misticismo sobre la política comercial, porque el hecho de que sea global y de que aborde una de las perspectivas más famosas en la economía, la teoría de la ventaja comparativa, le da una cantidad un tanto desproporcionada de espacio mental a su importancia económica real. Es verdad que la política comercial es importante; pero en términos estrictamente de economía no es más importante que la política sanitaria, ni la política fiscal, o la política en general.  
A propósito, yo digo esto como alguien cuya trayectoria como economista profesional está basada principalmente en la investigación sobre el comercio internacional y las finanzas. En general, la gente que realmente trabaja en estos aspectos tiende a conferirles menor importancia que las personas que no los han estudiado a profundidad.  
Sin embargo, todo esto sólo tiene que ver con la economía pura de la guerra comercial, que quizás sea el aspecto menos importante de lo que está sucediendo.
Esto se debe a que la política comercial no tiene que ver sólo con la economía. También tiene que ver con la democracia y la paz.
Esto es evidente y explícito en Europa, donde la Unión Europea tiene sus orígenes en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero de principios de la década de 1950, un acuerdo cuyas ventajas económicas, aunque reales, de alguna forma eran secundarias a su verdadero objetivo: evitar cualquier guerra futura entre Francia y Alemania. Además, la membresía a la Unión Europea siempre ha estado supeditada a la democratización, lo cual, por cierto, explica por qué la débil reacción de la Unión Europea al derrumbe de facto de la democracia en Hungría y, al parecer, en Polonia representa un fracaso moral tan grande.      
Es más implícito en el caso de Estados Unidos. No obstante, el antecedente histórico es bastante claro: el sistema de comercio de la posguerra surgió de la visión de Cordell Hull, el secretario de Estado de Franklin D. Roosevelt, quien vio que una forma de promover la paz era formar vínculos comerciales entre los países. Ese sistema, con sus acuerdos multilaterales y reglas para limitar las medidas unilaterales, desde el principio fue una pieza clave de la Pax Americana. Fue una parte tan integral del orden de la posguerra como lo fue el Fondo Monetario Internacional, cuyo fin era ofrecer una red de seguridad para los países que tenían problemas con la balanza de pagos, o, de igual forma, la OTAN.    
En consecuencia, la guerra comercial de Trump debería considerarse  una parte integral de su aceptación de dictadores extranjeros, su falta de respecto para nuestros aliados, y su desprecio evidente por la democracia, tanto en nuestro país como en el extranjero.  
Pero espera, me dirán ustedes: China no es ni un aliado ni una democracia, y en muchas formas es un mal actor en el comercio mundial. ¿No existe un procedimiento razonable para confrontar a China acerca de sus prácticas económicas?
Sí, lo hay, o lo habría si los aranceles a los productos chinos fueran una historia aislada, o aún mejor, si Trump estuviera formando una alianza de países para confrontar a las políticas chinas reprobables. Pero de hecho, Trump ha estado haciendo la guerra comercial contra casi todos, aunque con menor intensidad. Cuando se imponen aranceles a las importaciones del acero canadiense, con el ridículo pretexto de que ponen en riesgo la seguridad nacional, y se amenaza con hacer lo mismo a los automóviles alemanes, no se está construyendo una coalición estratégica para enfrentar a una China que se está portando mal.      
Lo que sí se está haciendo, en cambio, es demoler lo que queda de la Pax Americana.
¿Esto no era inevitable de todas formas? No lo creo. Es cierto que el predominio económico de Estados Unidos se ha estado debilitando con el tiempo, no porque nos estemos empobreciendo, sino porque el resto del mundo se está enriqueciendo. Sin embargo, existían razones para esperar que un orden internacional relativamente apacible pudiera sostenerse con una alianza de potencias democráticas. De hecho, hasta hace algunos años, me parecía que estábamos viendo que eso exactamente estaba sucediendo para el sistema de comercio mundial, el cual estaba pasando por una transición de una hegemonía muy favorable de Estados Unidos a un control conjunto comparativamente favorable por parte de Estados Unidos y la Unión Europea.
No obstante, en este momento, las cosas parecen mucho más desesperanzadoras. No es sólo Trump. Ni siquiera es sólo Trump más el Brexit. También los europeos están resultando ser muy decepcionantes. Como ya dije, si ni siquiera pueden enfrentar a personajes como Viktor Orban dentro de su propia comunidad, en definitiva no están en condiciones de ofrecer el tipo de liderazgo que el mundo necesita.  
Sin embargo, en donde los europeos son débiles, Trump es malevolente. Está trabajando activamente para hacer del mundo un lugar más peligroso y menos democrático, siendo la guerra comercial sólo una manifestación de ese impulso. Además, a la larga, las consecuencias negativas para Estados Unidos y para el mundo serán mucho mayores que algo que podamos detener con la creación de modelos económicos sobre los efectos de los aranceles.