Opinion El Paso

La liberación de Bill Cosby no disminuye los triunfos globales del movimiento #MeToo

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Rachel Vogelstein y Meighan Stone/ The Washington Post

domingo, 11 julio 2021 | 06:00

Washington— El miércoles 30 de junio Bill Cosby fue liberado de prisión, revirtiendo así la primera condena significativa por agresión sexual de la era #MeToo. La Corte Suprema de Pensilvania liberó a Cosby por razones procesales, a pesar de las acusaciones de 60 mujeres de que las había agredido, y la admisión bajo juramento del propio Cosby de que había drogado a las mujeres que buscaba.

Es un escenario muy lejano al del otoño de 2017, cuando el movimiento #MeToo provocó una oleada de renuncias de hombres estadounidenses acusados de conducta sexual inapropiada, en la industria del entretenimiento, la política, el sector de servicios y las artes. Y puede que provoque que algunos se pregunten: ¿Se ha terminado el movimiento #MeToo?

Nuestra respuesta es un rotundo “no”.

Por un lado, el caso de Cosby fue revertido por un tecnicismo, no porque no se le creyera a las mujeres que lo denunciaron. Además, reflexionar sobre el movimiento solo a través del lente de las consecuencias a corto plazo de las carreras de hombres influyentes en Estados Unidos es un error. Esa narrativa ha ocupado gran parte de la cobertura de los medios estadounidenses hasta la fecha, pero corre el riesgo de pasar por alto el impacto profundo del #MeToo en la vida de las mujeres no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.

Nuestra investigación desde el frente de batalla del movimiento sugiere que, gracias al #MeToo, se está llevando a cabo una recalibración fundamental del tratamiento y el estado de las mujeres y niñas, un cambio que no puede ser revertido por una sola decisión judicial.

Lejos de bajar el ritmo, el revolucionario movimiento global del #MeToo continúa impulsando a cientos de millones. En más de 100 países, las mujeres están desafiando a diario expectativas culturales de silencio y vergüenza, y están utilizando la organización digital para exigir cambios.

Estas activistas —mujeres de todas las razas, etnias, clases y religiones— están transformando tanto los métodos como la velocidad con la que el movimiento obtiene avances. En épocas anteriores, las victorias llegaban solo tras periodos eternos de organización. Las mujeres de todo el mundo tuvieron que esperar más de un siglo para obtener el derecho al voto y décadas para consagrar los derechos de las mujeres en el derecho internacional. Hoy, gracias a los avances en tecnología y comunicaciones, se pueden movilizar a millones en cuestión de semanas o incluso días.

El correo electrónico, las redes sociales y los celulares han diversificado el movimiento. Le han otorgado agarre a cualquiera con una conexión a internet y han ayudado a mujeres a unir fuerzas. El alcance global del movimiento ha creado un lenguaje inclusivo de experiencias compartidas que se extiende más allá de cualquier comunidad o región. La etiqueta #MeToo ha sido traducida a docenas de idiomas y buscada en Twitter, Facebook y otras plataformas en todos los países.

Es comprensible preguntarse: si un abusador en serie como Cosby puede quedar libre, ¿qué ha logrado realmente este llamado activismo de etiquetas?. A nivel mundial, existen innumerables ejemplos de hombres que siguen evadiendo el castigo por conducta sexual inapropiada. Pero enfocarse en casos individuales de hombres a plazo inmediato es no entender el significado más amplio del movimiento.

La organización en línea del #MeToo ha alimentado un impulso igual de sólido fuera de internet, donde ha obtenido importantes victorias legales y políticas que además han sembrado la semilla para un mayor cambio a largo plazo. En los pocos años que han transcurrido desde que #MeToo se volvió viral, el ritmo de progreso para las mujeres ha sido asombroso. Un número récord de candidatas ha buscado cargos políticos en casi todas las elecciones importantes desde que explotó el #MeToo, en países tan diversos como Afganistán, India, Irak, Irlanda, Líbano, Malaui y Sri Lanka.

Y aunque la justicia todavía puede aplazarse o revertirse, como demuestra el caso de Cosby, los estándares legales están cambiando rápidamente. En apenas dos años, tribunales de todo el mundo han reinterpretado la doctrina existente y han dictado sentencias que reflejan los determinantes cambios culturales que el #MeToo ha puesto en marcha. En Egipto, Corea del Sur y Suecia, todos los casos históricos de violencia sexual han resultado en victorias para las denunciantes.

El movimiento también está inspirando reformas políticas. En Marruecos, el #MeToo ayudó a reactivar el apoyo a una legislación estancada que ahora prohíbe el acoso sexual, la violencia doméstica y el matrimonio forzado. Y en Japón —que anteriormente no tenía ninguna prohibición legal sobre el acoso sexual—, el activismo en línea impulsó la aprobación de una nueva ley que rige los lugares de trabajo.

Incluso en países donde las mujeres no han obtenido victorias legales o legislativas, el #MeToo ha alterado todo el estigma que rodea a la agresión y el acoso sexual de formas que han cambiado la cultura. En Senegal, dos mujeres en Dakar iniciaron la etiqueta #Nopiwouma (“no me callaré” en wólof) para motivar a las mujeres a denunciar el acoso y la agresión; recibieron una avalancha de mensajes privados de mujeres de todo el país, casi todas afirmando que era la primera vez que hablaban de sus experiencias o exigían justicia.

La transformación cultural es un proceso largo. La pregunta que deberíamos hacernos no es qué pasará a continuación con un hombre estadounidense famoso. Más bien, deberíamos preguntarnos qué es lo que sigue para las millones de mujeres que han alzado su voz y han transformado su poder colectivo en victorias legales y políticas sin precedentes, y que no muestran señal alguna de retroceder.

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