Opinion El Paso

La fragilidad de Estados Unidos

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Jorge Ramos / Periodista

domingo, 24 enero 2021 | 06:00

Washington— Déjenme comenzar por el final: Estados Unidos se salvó. Por poquito. La democracia en este país es mucho más frágil de lo que yo (un inmigrante de México) suponía. Donald Trump la llevó casi al límite.

Las mentiras tienen consecuencias.

Desde el inicio de la presidencia de Donald Trump en el 2016 comencé una larga y honesta conversación a través de correos electrónicos con mi amigo, el publicista y director de cine cubanoamericano Jorge Ulla. Y cada vez que Trump hacía una trompada me escribía para advertirme de la fragilidad de la democracia estadounidense. Pero dejaba el asunto abierto: “A ver qué pasa, tocayo”.

Mi respuesta no variaba mucho: Estados Unidos puede aguantar a Trump y mucho más. Es quizás, le decía, “mi ingenuidad de inmigrante” y creía que el sistema democrático de más de dos siglos se iba a imponer.

Y luego ocurrió lo impensable: el 6 de enero un presidente de Estados Unidos incitó a una turba de extremistas de ultraderecha contra el Congreso para tratar de quedarse ilegalmente en el poder. Es cierto, al final la democracia se impuso. Pero si los militares y los jueces hubieran tomado partido, otro cuento cantaría (como el de la serie El cuento de la criada). Mi amigo Jorge Ulla tenía razón con todas sus advertencias: ninguna democracia está garantizada.

En su toma de posesión Joe Biden reconoció el peligro. “La democracia ha prevalecido”, dijo. Pero el costo fue altísimo. A su alrededor no había público. Solo algunos invitados especiales; todos con máscaras. La capital estaba militarizada con más de 25 mil miembros de la Guardia Nacional.

No hubo una sola protesta. El Capitolio y la Casa Blanca estaban rodeados por rejas y barreras de cemento. Hubiera sido una locura para cualquier grupo de manifestantes tratar de entrar.

Pero nada era normal. Faltaban los gritos y la emoción de cientos de miles de personas que había visto en otras ceremonias de inauguración. Además la pandemia, con sus más de 400 mil muertos en Estados Unidos, había obligado a la prudencia, la separación y el silencio.

A veces, mientras observaba a lo lejos la ceremonia de toma de posesión de Biden, me parecía estar viendo a esas familias en los parques celebrando un cumpleaños. Así de íntimo. Así de raro.

El día, desde luego, tuvo su buena dosis de maromas políticas. Mike Pence, quien casi nunca se atrevió como vicepresidente a llevarle la contraria a su jefe, le dio la espalda al último momento y prefirió ir a la fiesta de Biden que asistir a la ceremonia de despedida de Trump en la base aérea Andrews. Pero así estábamos viendo en vivo y a todo color el realineamiento del poder en Washington. El emperador desnudo ya se había ido. Viva el rey.

Trump ha sido catalogado como “el peor presidente de la historia” por la revista The Atlantic. Por sus dos juicios de destitución, por su autoritarismo y racismo, y por todos esos rasgos que caracterizan a los que se sienten impunes y todopoderosos. Y pronto veremos si hay trumpismo sin Trump. Pero si aún hay castrismo y chavismo sin Fidel y Hugo Chávez, es poco probable que el trumpismo desaparezca con un ser lleno de deseos de venganza encerrado en su club de Mar-a-Lago.

El consuelo es que la historia nunca es sobre una sola persona y tampoco es lineal. Varias cosas pasan al mismo tiempo.

En medio de un Washington fortificado y temeroso, con tablones de madera protegiendo a negocios cerrados y miles de soldados patrullando la capital, me encontré sobre la calle K un mural de grafiti lleno de optimismo. En el tríptico aparece primero una imagen del líder de los derechos civiles Martin Luther King, luego en el centro la palabra “Progreso”, y finalmente una pintura de Kamala Harris, la primera vicepresidenta, de color, de origen jamaiquino y de la India, en la historia de Estados Unidos. Ahí, mientras se realizaba la mayor operación de seguridad desde los actos terroristas del 2001, un artista prefirió apostar por la esperanza y el progreso, como una raíz que se abre camino en medio del cemento.

Me quedo con estas conclusiones: la democracia de Estados Unidos es mucho más frágil de lo que pensábamos y por eso, precisamente, hay que cuidarla. Guardar silencio frente a Trump fue un grave error. Casi fatal.