La educación de los centristas fanáticos

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Paul Krugman / The New York Times
viernes, 11 octubre 2019 | 06:00

Nueva York– Cuesta creer que tan solo hayan pasado tres semanas desde que Adam Schiff, el presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, emitió un citatorio misterioso dirigido al director interino de inteligencia nacional, en el que le exigía mostrar la denuncia de un informante que había presentado alguien de la comunidad de inteligencia.

Desde que se emitió el citatorio, el juicio político a Donald Trump ha pasado de improbable a casi definitivo; a mí, al menos, me cuesta imaginar en qué tendría que fallar la Cámara de Representantes para que no se realizara el juicio político con lo que ya sabemos sobre las acciones de Trump. El fallo de culpabilidad en el Senado sigue siendo una posibilidad muy remota, pero no tanto como parecía en momentos anteriores.

Además, ha cambiado todo el tono de nuestra conversación a nivel nacional. Parece que somos testigos del rápido colapso de una facción poderosa de la vida pública estadounidense, una cuya negativa a aceptar los hechos que se oponen a sus prejuicios ha sido una de las principales fuentes de disfunción política desde hace mucho tiempo.

Sin embargo, no estoy hablando sobre los extremistas de derecha que dominan el Partido Republicano. Lo siento, pero ellos no irán a ningún lado. La mayoría de la base de Trump seguirá apoyándolo, mientras que la lista de políticos republicanos prominentes dispuestos a desafiar las actividades ilícitas de Trump con un lenguaje claro incluye a Mitt Romney y, bueno, solo a Mitt Romney.

No, me refiero a los centristas fanáticos, que no son una gran tajada del electorado, pero han tenido una influencia decisiva en las opiniones de la élite y la cobertura mediática. Estas personas tal vez estaban dispuestas a conceder que Trump era un mal tipo, pero aun así sostuvieron, a pesar de la evidencia presentada, que nuestros dos partidos más importantes eran en esencia equivalentes: cada partido tenía a sus extremistas, pero también a sus moderados, y todo estaría bien si los moderados de ambos bandos podían trabajar juntos.

¿De quiénes estoy hablando? Bien, entre otras personas, de Joe Biden, quien en repetidas ocasiones ha insistido en que Trump es una aberración, pero que no representa a la totalidad del Partido Republicano (la negativa de Biden a admitir lo que estaba enfrentando tal vez sea una de las razones por las que su respuesta a la calumnia de Ucrania ha sido tan poco firme).

Durante muchos años, algunos de nosotros hemos diferido con esa cosmovisión, arguyendo que el Partido Republicano de la actualidad es una fuerza radical que cada vez se opone más a la democracia. Corría el año de 2003 cuando escribí que el conservadurismo moderno es “un movimiento cuyos líderes no aceptan la legitimidad de nuestro sistema político actual”. En 2012, Thomas Mann y Norman Ornstein declararon que el problema central de la política estadounidense era un Partido Republicano que no solo era extremo, sino que “menospreciaba la legitimidad de su oposición política”.

No obstante, durante mucho tiempo, si defendías ese argumento —señalando que los republicanos cada vez sonaban más autoritarios y violaban cada vez más normas democráticas—, te tachaban de estridente, si no es que de trastornado. Incluso el ascenso de Trump, y los paralelos evidentes entre el trumpismo y los movimientos autoritarios que han destrozado la democracia en lugares como Hungría y Polonia, apenas hicieron mella en la complacencia centrista. Recordemos que, tan solo unos meses atrás, la mayoría de los medios informativos le dieron credibilidad al resumen sumamente engañoso del informe de Mueller que presentó el fiscal general William Barr.

Sin embargo, aunque sea algo imposible de cuantificar, tengo la sensación de que los sucesos de las últimas semanas por fin han logrado atravesar el muro de la negación centrista.

En este momento, las cosas que antes eran simplemente obvias se han vuelto innegables. Sí, Trump ha invitado a potencias extranjeras a intervenir en la política estadounidense para su beneficio; lo ha hecho incluso frente a la cámara. Sí, ha asegurado que sus opositores políticos a nivel nacional están cometiendo traición al ejercer sus derechos constitucionales de vigilancia, y no hay duda de que está ansioso por usar el sistema de justicia para criminalizar las críticas.

Los políticos que creían en los valores de Estados Unidos denunciarían este comportamiento, aunque proviniera de su propio líder. Como mucho, los republicanos han guardado silencio, y muchos están expresando su aprobación. Por lo tanto, no cabe la menor duda de que el Partido Republicano no es un partido político normal; es el equivalente estadounidense del Fidesz-Unión Cívica Húngara o del Ley y Justicia, de Polonia, un régimen autoritario al acecho.

Además, creo —espero— que aquellos que han pasado años negando esta realidad por fin están recapacitando.

Es importante entender que el Partido Republicano no ha cambiado de pronto, que no es que Trump haya logrado de alguna manera corromper un partido que en general estaba bien hasta que él llegó. Cualquiera que se haya sorprendido por el hecho de que los republicanos hayan aceptado las teorías conspirativas descabelladas sobre el Estado profundo debe haber estado dormido durante los años de Clinton y no prestó atención cuando la mayoría del Partido Republicano decidió que el cambio climático era un fraude ideado por una extensa camarilla de científicos del mundo.

Y cualquiera que haya quedado impactado por la aceptación republicana de la idea de que está bien recurrir a regímenes extranjeros en busca de ayuda para la política nacional ha olvidado (como demasiadas personas lo han hecho) que el gobierno de Bush nos llevó a una guerra con engaños… No es el mismo pecado, pero sí una traición igual de grave a las normas políticas de Estados Unidos.

No, Trump no es una aberración. Es un descarado poco común y un corrupto estridente, pero en un nivel básico es la culminación del camino que ha estado siguiendo su partido durante décadas. Y la vida política estadounidense no empezará a recuperarse hasta que los centristas se enfrenten a esta realidad incómoda.