La doctrina Trump

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Ross Douthat/The New York Times
viernes, 01 febrero 2019 | 06:00

La doctrina Trump 

Ross Douthat/The New York Times

Nueva York – Después de dos años en la presidencia, Donald Trump no posee una clara estrategia legislativa, ni una agenda política, ni un plan para remediar su constante impopularidad, además, su camino a la reelección se ve tan tenebroso que está tratando de provocar al político inexperto Howard Schultz, el multimillonario de Starbucks, para que contienda como un tercer candidato sin muchas posibilidades. Además, podría ser sujeto a un juicio político.     

Pero al mismo tiempo, en medio de todo el caos, la incompetencia, y las malas prácticas políticas en el país, este gobierno sigue actuando con respecto a la política exterior —sin tuits aborrecibles, ni furias tras bambalinas, sino con medidas— como si estuviera aplicando una estrategia seria y magnífica, lo suficientemente coherente, verosímil y prospectiva como para que, con buena razón, la imiten futuros presidentes.     

En la práctica, esta doctrina de Trump no es el aislacionismo que a veces prometió en su campaña; tampoco es la belicosidad frenética que temían muchos de sus detractores. Es una doctrina de rescate, control y reestructuración, en la cual Estados Unidos intenta abandonar sus esperanzas más idealistas y sus compromisos militares poco realistas, reducir su lista de enemigos potenciales y consolidar sus intentos de persuasión. El objetivo primordial no es ceder la supremacía estadounidense ni abandonar las alianzas, como acusan con frecuencia los que se oponen a Trump; más bien, es mantener la supremacía estadounidense en un nivel más manejable, y al mismo tiempo, concentrar más energía y esfuerzo en contener el poder y la influencia de China.    

Veamos las dos iniciativas del gobierno que aparecieron en las noticias esta semana. La primera es la decisión de la Casa Blanca de apoyar al dirigente de la oposición de Venezuela y formar una coalición para debilitar al gobierno dictatorial de Maduro. La segunda trata de los trabajos encaminados a negociar un acuerdo con los talibanes, el cual pondría fin al compromiso militar de Estados Unidos en Afganistán, que se ha mantenido durante diecisiete años y aún continúa.    

Si se llega a un acuerdo y nuestras tropas realmente se retiran, el escepticismo personal de Trump acerca de la intervención en Afganistán habrá ayudado a obtener un resultado que durante mucho tiempo rechazaron algunas partes importantes de nuestro sistema de política exterior, un desenlace en el que se acepta la posibilidad de una derrota verdadera, una toma de poder total por parte de los talibanes, como el precio que hay que pagar para reducir los compromisos de Estados Unidos y traer a los soldados de vuelta a casa.   

La iniciativa con respecto a Venezuela está afectando la normalidad de su política exterior establecida por el sistema. Intentar debilitar a un dictador latinoamericano de izquierda mientras se habla de derechos humanos en un lenguaje florido es el tipo de política que se hubiera podido esperar de un presidente Marco Rubio (quien, de hecho, es el impulsor principal detrás de esta política), y, como escribió Uri Friedman en The Atlantic, la estrategia se ha impulsado de una forma que no es del estilo de Trump: con “una campaña diplomática bien estructurada, coordinada muy estrechamente con los aliados y rigurosa en su mensaje”. Incluso, tenemos a la disposición un colaborador de Reagan y de George W. Bush para ayudar en la organización de la política gubernamental: Elliott Abrams.     

Para Friedman, esta normalidad es extraña, disonante e hipócrita. “Aquí tenemos a un presidente que proclama ‘Estados Unidos primero’, y rara vez invoca la democracia o los derechos humanos en sus comentarios no planeados, quien ha expresado su admiración por dictadores como Vladimir Putin y Kim Jong-un, y se arriesga a restaurar la democracia en un país que por lo general no figura entre los retos más importantes para los intereses de Estados Unidos”.   

Pero, de hecho, se pueden unificar los diversos planteamientos del gobierno. A ningún presidente estadounidense antes del final de la Guerra Fría le habría parecido raro o disonante adoptar una postura intervencionista y moralista con respecto a Latinoamérica, y al mismo tiempo aceptar acuerdos con actores malintencionados y cortejar a autócratas en escenarios globales y más alejados.  

Evidentemente, existe un conflicto retórico al defender los derechos humanos en Venezuela mientras se considera un tratado con los talibanes y se buscan acuerdos con Kim o Bashar al Asad, y Trump no es precisamente un maestro de la sutileza retórica. Pero desde la Doctrina Monroe, Estados Unidos ha acostumbrado tratar a nuestros vecinos del hemisferio de manera diferente de cómo trata a las potencias euroasiáticas, por la lógica razón estratégica de que están cerca de nosotros, y los países como Siria y Afganistán no lo están.  

Me gustaría recalcar que yo no creo que la magnífica estrategia de Trump haya surgido totalmente estructurada de la cabeza del presidente (supongo que no está tomando notas acerca de la Doctrina Monroe), ni de la de alguien más, de hecho; más bien, está surgiendo orgánicamente como una síntesis de sus propios impulsos de bravuconería casi aislacionistas y de las ideas más militaristas e internacionalistas orientadas hacia el orden establecido, de las personas que trabajan para él. Eso la hace digna de estudio por parte de los futuros investigadores en materia de relaciones exteriores, pero también vulnerable a los cambios repentinos de personal o del estado de ánimo del presidente. (Si mañana, en un arrebato de resentimiento trumpiano, desatamos una batalla campal en Venezuela, pueden hacer caso omiso del análisis de esta columna).   

Además, desde luego también tiene otras vulnerabilidades. Los acontecimientos a menudo destruyen incluso las magníficas estrategias bien pensadas, y todas las maniobras de política exterior corren riesgos. Se podría justificar a los militaristas que temen que repunte el yihadismo si nos retiramos de Afganistán y Siria. De igual forma, a los institucionalistas que temen que las bravatas de Trump estén dañando nuestra posición y desilusionando a nuestros amigos, a los activistas en pro de los derechos humanos, quienes consideran el cinismo de este gobierno como una carta blanca para los maleantes y los dictadores, y a los simples mortales que temen a Trump (como yo), quienes nos preocupamos de que pueda cometer un verdadero error garrafal si, digamos, fallaran las negociaciones con Corea del Norte o se presentara una crisis real con Rusia o con China.    

Sin embargo, los que le tenemos miedo a Trump también debemos ser honestos cuando supera nuestras expectativas. Antes de su elección, yo quería una política exterior que fuera menos arrogante y más calculadora de lo que ofrecía la mayoría de los políticos republicanos más importantes, que mostrara una disposición de restringir las intervenciones en otros países y llevara a cabo experimentos diplomáticos pero que, al mismo tiempo, tratara de mantener la supremacía de Estados Unidos en un mundo más multipolar en el que China tiene una gran influencia.    

Dentro de ciertos límites, y con muchos tropiezos y bravuconerías, eso es lo que Trump nos ha brindado en general. Además, sin importar cómo sea su política exterior para noviembre de 2020, sospecho que los futuros gobiernos de ambos partidos a menudo van a imitar la estrategia de estos primeros dos años.