Opinion El Paso

La amnesia de los estadounidenses

Maltratamos a los inmigrantes porque hemos olvidado nuestras raíces migrantes

Ruben Navarrette Jr. / The Washington Post

lunes, 10 mayo 2021 | 06:00

San Diego— Últimamente, he estado reflexionando acerca de lo alejado que me siento del tema de la inmigración. Sin embargo, en este Día de las Madres, he estado pensando en mi mamá.

Esos pensamientos han llegado juntos a mi memoria.

Un verano, cuando regresé a casa después de asistir a la universidad, se me metió en la cabeza que necesitaba aprender a hacer tortillas de harina caseras. Quería rendirle homenaje a mi cultura y preservar en lo que se está convirtiendo –en la era moderna de la comodidad– lo que es un arte que se ha perdido. También pensé que eso me ayudaría a conseguir chicas.

Así que, dejando a un lado 500 años de machismo, fui con mi mamá para recibir esa lección. A pesar de que era buen estudiante que siempre lograba buenas calificaciones en la prueba de cálculo, no pude aprender. Fallé una y otra vez, no fue de ayuda que las mamás mexicanas –o en el caso de mi mamá, o las mamás texanas que nacieron y crecieron en el Estado de la Estrella Solitaria– no usan medidas exactas. Todo se resume a un “puñado de esto” y “asegúrate que el agua esté caliente pero no demasiado caliente, pero tampoco demasiado fría”.

Muchas gracias. Lo que hice nunca supo bien y tampoco se veía bien. Y la masa no fue suficiente –se encogía y terminé con menos de lo que esperaba. Siempre me faltaban cosas.

Ahora, también estoy quedando corto. Esta serie de columnas pretende recopilar las noticias actuales acerca de inmigración –las cuales, en estos días, no son escasas– y para ponerlas en contexto usando la honestidad, sentido común y pensamiento crítico.

Mi editor me presionó para que utilizara parte de mi propia experiencia personal. Fue un consejo inteligente y se lo agradezco. Como alguien que pertenece sólo a un grupo de columnistas latinos sindicalizados del país, ¿qué bien le hace a alguien que yo intente hacerme pasar por un hombre anglosajón? Además, como alguien que ha pasado tres décadas escribiendo acerca de las personas que cruzan la frontera para renovarse a sí mismas –y como un provocador al que le han dicho “regrésate a México”, tanto los conservadores anglosajones como los liberales anglosajones– es imposible para mí enfocarme abstractamente en el tema de la inmigración.

Está dentro de mí. Esto es lo que en algunas veces se siente como si estuviera enterrado tan profundamente dentro de mí que no puedo llegar a él.

Pero, ¿por qué les estoy diciendo esto? Ustedes conocen esta historia. Parte de ser mexicoamericano –o italianoamericano o irlandés americano o alemán-americano– es sentir que, a medida que pasan las generaciones, uno tiene menos qué comerciar con la moneda cultural.

La masa nunca es suficiente, siempre se acaba.

Éste es un proceso de asimilación. A la manera estadounidense, uno espera que cada generación sea mejor que la anterior, pero también es más convencional.

¿Por qué creen ustedes que los estadounidenses están como locos por esos kits de pruebas de ADN con los que pueden conocer su abolengo? En este país no sólo queremos saber de dónde venimos, sino también quiénes somos.

Por lo tanto, cuando trato de escribir acerca de la experiencia como inmigrante desde una perspectiva personal, usualmente me siento como impostor.

Sí, soy mexicoamericano. He pasado mi vida en los márgenes, soy demasiado estadounidense para ser visto totalmente como mexicano y demasiado mexicano para ser aceptado completamente como estadounidense.

Sí, me siento orgulloso de mi herencia étnica. Me fascina la comida, la música, cultura y la gente de mi país ancestral situado al sur de la frontera.

Y sí, me gusta lo que le dijo recientemente el ex presidente George W. Bush a Norah O’Donnell de CBS News, me “desagrada” cuando veo a los estadounidenses que nacieron en la clase privilegiada insultar y atacar a los inmigrantes actuales, justo como las anteriores generaciones lo hicieron con otras oleadas.

¿Quién se cree esa gente que es?

Yo sé quién soy. Crecí en un pequeño poblado agrícola en donde a la gente como yo nos llamaban “mexicanos”. Pero yo soy estadounidense. Nací en Estados Unidos, al igual que mis padres y tres abuelos. El cuarto, fue el único inmigrante que llegó a este país de manera legal.

Al igual que millones de mexicoamericanos que actualmente viven cómodamente sus vidas en el suroeste, mi conexión con la inmigración –especialmente con la inmigración ilegal– es endeble en el mejor de los casos.

En ocasiones, me siento ambivalente. Todo el tiempo me siento en conflicto. En las columnas subsiguientes voy a desglosarlo y explicar por qué razón.

Por ahora, sé esto: No tengo a ningún inmigrante ilegal en mi árbol genealógico. Así que, me digo a mí mismo que ésa no debería ser mi lucha. Pero la he hecho mía.

¿Por qué? No se debe a la manera como me siento personalmente como mexicano. Sino a la manera seria en la que me tomo lo que significa ser estadounidense.