Opinion El Paso

La ‘emergencia’ fronteriza es un enfrentamiento de culturas

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Ruben Navarrette Jr. / The Washington Post
lunes, 11 marzo 2019 | 06:00

San Diego— ¿Quieren hablar acerca de la emergencia fronteriza?

Tomen su pasaporte y acompáñeme a hacer un viaje alrededor del mundo para ver las tensiones que hay entre Israel y Siria, India y Pakistán, Irak e Irán, Colombia y Venezuela, Corea del Sur y Corea del Norte.

Ahora, veamos algo más cerca de casa, la relación entre Estados Unidos y México.

Gracias a Dios que tenemos buenos vecinos. Los estadounidenses necesitamos realmente dejar de exagerar acerca de la supuesta crisis en la frontera sur —mejor conocida como la migración natural de personas de un lugar a otro— y recibir sus bendiciones.

Voy a empezar diciendo que los estadounidenses somos afortunados de que las autoridades mexicanas proporcionen una inteligencia de manera habitual sobre las amenazas terroristas que hay a lo largo de la frontera.

En el 2011, el entonces procurador general Eric Holder reconoció a las autoridades mexicanas por ayudar a descubrir un complot de unos sicarios para asesinar al embajador saudita ante Estados Unidos.

El plan salió a la luz cuando Manssor Arbabsiar, un ciudadano naturalizado estadounidense originario de Irán, se reunió con una persona que él creía era parte de un cártel mexicano de la droga, quien de hecho era un informante confidencial de la Agencia Anti-Drogas.

Gracias, y como dirían los mexicanos “De nada”.

Un buen amigo mío es un halcón anti-terrorista que estudia la frontera entre Estados Unidos y México y que recientemente tuvo acceso a la caravana migrante que se dirigía al norte viajando a través de México.

Lo que le quita el sueño son los llamados “extranjeros que tienen intereses especiales” de países productores de terroristas que merodean por la frontera, y sobre cuáles son sus intenciones.

De acuerdo con el Instituto Libertario Cato, unos 45 mil extranjeros con intereses especiales han sido capturados por las autoridades de Estados Unidos desde el 2007.

Aunque nunca ha habido un ataque terrorista en suelo estadounidense vinculado a esa población.

Cuando hablo con algunos grupos de personas acerca de la inmigración, nunca escuchó nada acerca de los posibles terroristas. ¿Saben lo que he escuchado? Esto: “Tenemos que detener la invasión de extranjeros ilegales de México que se rehúsan a aprender inglés y a asimilar nuestra cultura”.

Mientras el Senado, que tiene mayoría republicana, está tratando de impedir el intento del presidente Trump de declarar una “emergencia nacional” en la frontera entre Estados Unidos y México que le allane el camino y construir su “grande y hermoso muro”, parece que es un buen momento para aclarar la naturaleza exacta de esta emergencia.

La verdadera alarma es un temor ciego al cambio de demografía y un enfrentamiento de culturas que tiene preocupados a los nativistas y otras personas que han estado a favor de restringir la inmigración durante 30 años.

Fue a principios de los años 1990 cuando empezó una oleada de inmigración de México y los medios de comunicación dieron inicio a la publicación de sus historias —de cara al censo del año 2000— acerca de la manera en que la población latina estaba aumentando y de que los anglosajones eventualmente se iban a convertir en una minoría estadística.

Eso aterrorizó a mucha gente. Una década después, algunas personas se pusieron mucho más temerosas por esas marchas masivas de migrantes —en ciudades como Dallas, Phoenix, Chicago y Los Ángeles.

Al transcurso de los años, el temor se convirtió gradualmente en resentimiento. Ahora, ese resentimiento se transformó en pánico —con un poco de oportunismo.

Para aquellos que se preocupan acerca del cambio demográfico, la declaración de emergencia nacional de Trump es un vehículo conveniente para impedir que Estados Unidos se tiña de café.

De eso se trata toda esta calamidad. Aunque ningún muro puede arreglar eso. Se trata de levantar el puente levadizo. Eso es como el cierre de la Isla Ellis hace 100 años debido a que se pensaba que los inmigrantes italianos que estaban ingresando eran una raza inferior.

Tal vez los legisladores republicanos conocen esto muy bien, y no tienen el carácter para admitir que no hay nada moralista ni honrado en la declaración de emergencia de Trump.

O tal vez hay algo tan denso que realmente piensan que lo que está pasando en la frontera es el tratar de mantener fuera a los opioides, que están regresando a los criminales y rescatando a los niños de los traficantes de personas.

Rush Limabugh, un presentador de radio sindicado y auto denominado experto en la frontera entre Estados Unidos y México, sonó la alarma la semana pasada cuando les dijo a sus radioyentes: “Esta crisis está transformando a Estados Unidos en algo que no se tenía intención de que fuera así. No hay duda que existe una invasión de personas que no pueden ser absorbidas o asimiladas en nuestra cultura”.

Yo agradezco su honestidad. Limbaugh tiene la mitad de la razón. Se trata de una crisis.

Sin embargo, no se trata de rechazar lo indeseable. Cada día, en el sur de San Diego, más de 100 mil personas cruzan la frontera entre Estados Unidos y México —ya sea para ganar dinero trabajando o para gastarlo. No es exactamente una zona de guerra.

En lugar de eso, todo esto se trata de detectar en qué se está convirtiendo Estados Unidos— y de aquellos que desean convertirlo en lo que acostumbraba ser.

Lo que tenemos en la frontera no es una crisis de seguridad, sino una crisis de identidad.