Joe Biden ha estado fuera de su propia campaña

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Karen Tumulty / The Washington Post
martes, 09 abril 2019 | 06:00

Washington— El ex vicepresidente, Joe Biden aún no está en la contienda para el 2020, pero sus vulnerabilidades ya se hicieron presentes.

El problema no es su edad en sí. Biden es, después de todo, un colega generacional tanto del presidente Donald Trump como del senador Bernie Sanders, independiente de Vermont, quienes son los punteros de la derecha y la izquierda, respectivamente, mientras todos se preparan para dar comienzo a esta nueva contienda.

Tampoco es el errático comportamiento de Biden en torno a las mujeres, el cual ha prometido corregir. Tomando en cuenta quién se encuentra ahora ocupando la Oficina Oval, un error de impulso y control no debería considerarse como un punto descalificador.

En las campañas presidenciales, los primeros tropiezos tienen altas probabilidades de convertirse en problemas a largo plazo si dan sustento a algo que los votantes ya de por sí creen saber sobre algún candidato: de que Hillary Clinton estaba utilizando un servidor privado de correo electrónico debido a que tenía algo que ocultar; de que Al Gore aseverara que él había inventado el Internet no fue sólo un desliz, sino la estampa de un exagerador serial; de que la falta de memoria de Rick Perry sobre la tercera dependencia federal que eliminaría demostró que no era muy listo.

Para Biden, la narrativa tóxica no es que sea un hombre de avanzada edad, sino que parece ser la reliquia de un hombre del pasado. Y aunque es ampliamente admirado por su desempeño como vicepresidente de Barack Obama, ha reavivado las memorias de sus debilidades como candidato en solitario.

Biden tiene el hábito de colocar trampas en su propio camino —y luego caer en estas. Dado lo desesperado que está su partido por vencer a Trump, su falta de disciplina (y su afición a auto-sabotearse) representa un riesgo que los demócratas quizás no estén dispuestos a tomar.

El plagio condenó al fracaso su primera contienda presidencial en 1987; en la que Biden había en un inicio atribuido ciertos pasajes de su discurso al líder del Partido del Trabajo británico, Neil Kinnock, luego comenzó a utilizar la biografía de Kinnock como si fuera la suya, por lo que tuvo que abandonar la campaña cuando tales mentiras salieron a la luz.

En su segunda contienda por la Casa Blanca dos décadas después, Biden cometió una serie de metidas de pata, en cierto punto al referirse a Obama, un senador que haría historia al convertirse en el primer presidente afroamericano, como “articulado y brillante y muy limpio”. Los interminables soliloquios que por décadas Biden ha expuesto en el pleno del Senado sonaron huecos en Iowa, donde terminó con tan sólo el 0.9 por ciento de los votos.

Después de que Obama seleccionara a su rival como compañero de campaña, en parte para añadir un contrapeso de política exterior a su plataforma, la campaña puso bajo vigilancia a Biden al grado que se le exigió que utilizara un apuntador, incluso cuando habló en el gimnasio de una preparatoria.

Ha pasado más de una década desde que Biden apareciera en una boleta como algo que no fuera un compañero de campaña. Pasó la mayor parte de estos años bajo la protección y los halagos que trae consigo el segundo cargo más alto en la nación. 

Y gozando dentro de un exclusivo círculo de allegados, donde ha estado desde que abandonó su cargo, no es exactamente la mejor manera de ponerse en forma para una primaria presidencial, especialmente una en la que ya hay más de una docena de personas razonables y creíbles que buscan llegar la Casa Blanca, o que están pensando en ello.

Biden, en otras palabras, se encuentra muy oxidado. Eso lo coloca en una precaria posición, entrando a la contienda no como finalista, sino como un torpe Goliat (y ya sabemos cómo concluyó esa pelea).

La respuesta inicial de Biden a la más reciente ronda de atención en torno a su indiscreto comportamiento con mujeres que no conoce fue defensiva y burda. Su excusa fue que nunca tuvo la intención de incomodar a nadie. Pero, tal como lo señaló la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, demócrata de California: “Decir ‘siento mucho que te hayas ofendido’ no es una disculpa”.

Pasaron varios días antes de que pareciera entender que necesitaba volver a hacerlo de nuevo en un video en el que asumió toda responsabilidad por la ofensa. Pero, a la vez, bromeaba sobre tener que pedirles permiso a las personas para abrazarlas en un evento sindical.

Y aún falta que se disculpe de verdad por cómo el Comité Judicial del Senado, del cual fue director en ese entonces, trató a Anita Hill durante las audiencias de confirmación del juez de la Suprema Corte, Clarence Thomas, en 1991, cuando ella acusó al nominado de acoso sexual.

Lo que estas recientes semanas debieron mostrarle a Biden es que la nominación no será para él. Debe decidir qué tantas ganas tiene de ser presidente, y si así lo hace, debe entonces salir al ruedo y comenzar a hablar por sí mismo, para superar toda duda de si en verdad tiene la visión, el instinto y las habilidades políticas para ganar.

¿Acaso Biden es el hombre que puede dirigir al país hacia el futuro, o uno cuyo tiempo ya pasó? Sólo hay una manera de averiguarlo, y no es quedándose sentado en la banca.