Opinion El Paso

J Balvin es el nuevo rostro de una antigua tradición: borrar a los afroamericanos de la música

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Dash Harris Machado/The Washington Post

jueves, 30 diciembre 2021 | 06:00

Washington— J Balvin ha sido nombrado el Artista Afrolatino del Año. Si usted se siente confundido por esa frase, no le ha puesto atención a lo anti-afroamericano. Al artista colombiano blanco le dieron ese “honor” el 26 de diciembre por la organización no lucrativa de Nueva Jersey, Los Premios Africanos al Entretenimiento, establecidos para “celebrar y elevar el entretenimiento africano”.

J Balvin aceptó el premio, aclarando primero que él no es afrolatino pero de todas maneras le agradece a la organización el haber reconocido “su lugar y contribución a la música y movimiento afrobeat”. Después de ser criticado rápidamente, eliminó una publicación de sus redes sociales sin decir palabra.

Eso es típico. Este episodio fue otro síntoma de la puerta que borra y excluye a los creadores afroamericanos –J Balvin es uno de los reguetoneros más famosos del mundo, ha construido su éxito en la exclusión y en borrar ese rastro–.

Durante años, los afrocolombianos han señalado a Balvin por su flagrante apropiación y constante evasión de una significativa responsabilidad.

En octubre, medio se disculpó por un video musical que lo mostraba caminando con mujeres afroamericanas atadas con correas. En el mes de septiembre, le dijo a un entrevistador que se dio cuenta que tenía un lugar en el reguetón cuando vio cantar a otra persona blanca, “latino como él”.

Agregó que no se sentía “representado” anteriormente, debido a que el género, sus creadores y artistas eran predominantemente afroamericanos. Actualmente, uno apenas y puede decir que eso tiene raíces afroamericanas debido a que muchos de los artistas más famosos son blancos, como Balvin, Bad Bunny, Maluma, Karol G.

Las raíces del reguetón son afrocaribeñas y afropanameñas, pero mayormente eso sugiere que los astros actuales han construido sus carreras basadas en lo afroamericano. Los artistas blancos se visten como afroamericanos para suprimirlos. Eso no es nuevo. Desde los días del “soul de ojos azules” tales como Elvis Presley que copió la música afroamericana, esa práctica fue y también es común en Latinoamérica.

El fraudulento “Rey del Conga”, Desi Arnaz se convirtió en un astro que interpretaba música afroamericana prohibida por su propio padre en su nativa Cuba. 

Carmen Miranda, la hija de inmigrantes portugueses que se establecieron en Brasil gracias a las “campañas de emblanquecimiento” del gobierno, se apropió de la manera de vestir, la joyería en la cabeza y el estilo musical de las mujeres afroamericanas de Salvador de Bahía para convertirse en una de las más famosas y mejor pagadas cantantes de los años 1940.

El factor económico en la eliminación de lo afroamericano es importante en cuanto a las realidades materiales. Le impide a los que crean el arte cosechar sus frutos.

El reguetón ha sido comercializado bajo el paraguas del término música “latina”, pero al igual que el arte afroamericano, la música y creación de ascendencia afroamericana no pueden separarse de su conocimiento ancestral y experiencias materiales. Los latinos blancos no viven esas experiencias, ellos crean la marginalización que les da vida.

Los géneros como el reguetón, champeta, zamba, zamacueca, el son y la rumba fueron ridiculizados, marginalizados y penalizados por el imperio de las clases blancas en toda Latinoamérica.

Aunque luego llegaron los artistas blancos, los ejecutivos y productores de discos que los blanquearon, re-empacaron y los vendieron para obtener una ganancia.

Balvin optó por ignorar esa historia y las ramificaciones contemporáneas para su propio enriquecimiento.

Cuando no está recibiendo premios no merecidos, está boicoteándolos –como lo hizo a principios de este año cuando atacó los Grammys Latinos–.

“Los Grammys no nos valoran, pero sí nos necesitan”, comentó en una publicación. Eso es irónico, considerando que utiliza y obtiene ganancias de lo afroamericano mientras lo devalúa, borrándolo y colocándose en su lugar.

Arnaz se hizo famoso por apropiarse de la tradición de la comparsa de Santiago de Cuba. Las comparsas fueron la manera en que los afrocubanos y haitianos marcaban el inicio de la temporada de la cosecha de la caña de azúcar. 

Esa tradición musical se ha convertido en lo característico del carnaval, junto con los tambores africanos que fueron eliminados por el padre de Arnaz, que los catalogó como “obscenos”.

Arnaz observó las tradiciones de los tambores en las casas de los afrocubanos que fueron forzados a ocultarse por su familia que era poderosa políticamente.

El sistema del poder blanco que creó las desigualdades materiales, la violencia y la explotación laboral fueron soportadas por los afrodescendientes que desarrollaron la música para expresar el dolor y penurias y luego fue usado para impulsar a los latinoamericanos blancos –una vez que fue eliminado todo el significado original–.

El precio de la expresión creativa es pagado con sangre por la gente afroamericana –y las recompensas siguen fluyendo hacia los Balvins–.

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