Opinion El Paso

¿Ha llegado el momento de Trump el autócrata?

Se siente agobiado y superado, temo que hayamos llegado a un punto crítico mucho más escalofriante

Jennifer Senior / The New York Times

sábado, 27 junio 2020 | 06:00

Nueva  York—  Hace  dos semanas escribí que quizá la popularidad de Donald Trump por fin había alcan-zado su punto de inflexión, y todavía lo creo. El jueves, una encuesta reali-zada por Fox News (¡Sí, Fox!) reveló que  se  encuentra  12  puntos  porcen-tuales detrás de Joe Biden; por si fuera poco, dos terceras partes del estadio de  Tulsa  donde  realizó  su  mitin  de campaña el sábado estaban vacías. El hombre está listo para protagonizar el video  de  “Downfall”  por  excelencia. En especial dado que hace poco estuvo en un refugio real.Sin embargo, precisamente porque Trump se siente agobiado y superado, temo que hayamos llegado a un punto crítico mucho más escalofriante: pare-ce que, aunque la ejecución sea de lo más torpe, su intención es realizar una transición de presidente a autócrata y, con tal de lograrlo, está dispuesto a emplear todos los medios necesarios y  atropellar  a  cuantos  amenacen  su reelección.Está  por  verse  si  lo  logra.  Como bien sabemos, Trump es notoriamente incapaz  de  gobernar.  No  obstante, también ha demostrado tener tenden-cias autoritarias desde un principio. Desde  hace  más  de  tres  años,  se  ha dedicado a desmantelar la estructura política, institución por institución y norma  por  norma.  En  gran  medida, nos hemos librado de una evisceración total gracias a un grupo de honorables servidores públicos y funcionarios.El problema es que Trump se ha ido  deshaciendo  de  casi  todos  ellos y los ha remplazado con partidarios de  su  régimen.  Ahora  tiene  el  cami-no libre. En las agencias solo hay un ejército de lacayos dóciles y lambisco-nes, además del eterno auxiliar Mitch McConnell y un fiscal general cada vez más descarado, William Barr.¿Acaso la devastación causada por Barr  se  topará  algún  día  con  algún tipo de asíntota? Lo dudo. La semana pasada, el Departamento de Justicia se presentó ante el tribunal para solicitar que  obligara  a  John  Bolton  a  acatar su orden temporal de emergencia de abstenerse de publicar sus memorias y  a  retirar  de  las  librerías  todas  las copias  programadas  para  salir  a  la venta (petición que fue denegada).Después, Barr intentó remplazar a Geoffrey Berman, fiscal de Estados Unidos para el Distrito Sur de Nueva York,  con  un  partidario  de  Trump sin  ninguna  experiencia  en  tribuna-les,  justo  cuando  Berman  encabeza-ba  una  investigación  seria  sobre  el abogado  personal  de  Trump,  Rudy Giuliani, y un banco turco que Trump le dio a entender al presidente Recep Tayyip Erdogan que intentaría prote-ger (Berman se retiró del cargo, pero Trump  no  obtuvo  al  nominado  que deseaba).Todo  eso  ocurrió  el  viernes  y  el sábado. Solo el viernes y el sábado.¿Qué más sucedió la semana pasa-da? El director impuesto por Trump en la Agencia de Estados Unidos para los Medios Globales, quien por cierto es aliado de Steve Bannon, despidió a los directores de Radio Free Europe y  sus  tres  estaciones  hermanas,  en una perturbadora medida que parece encaminada a crear su propia versión de televisión pública. Entonces Trump tuiteó  un  video  a  sabiendas  de  que había  sido  manipulado  por  un  par-tidario que se dedica a crear memes, un supuesto segmento atemorizante de CNN con escenas de un bebé racis-ta  (al  principio  Twitter  incluyó  una advertencia  para  indicar  que  había sido  manipulado,  pero  después  eli-minó el video).Todo eso ocurrió el miércoles y el jueves. Solo el miércoles y el jueves.Desde hace algunos meses, Trump ha escalado su guerra en contra de las salvaguardas  del  gobierno  estado-unidense  y  sus  propios  ciudadanos. En abril y mayo se deshizo de cinco inspectores  generales.  Remplazó  a veteranos de la comunidad de inteli-gencia con partidistas leales que cues-tionan la validez de las investigaciones sobre Rusia. Amenazó con desplegar al Ejército para controlar los distur-bios  civiles.  Utilizó  municiones  de pimienta  y  bombas  de  humo  contra los manifestantes para posar para una foto de campaña.En su nuevo libro “Surviving Auto-cracy”,  Masha  Gessen  destaca  que nuestro  sistema  de  gobierno  es  más susceptible  a  un  golpe  autócrata  de lo  que  pensamos.  La  función  de  los otros dos poderes del gobierno es, en teoría,  controlar  al  poder  Ejecutivo. El problema es que ese poder Ejecu-tivo  algunas  veces  interfiere  en  sus asuntos.  Por  ejemplo,  el  presidente designa a los jueces federales, así que llena  las  vacantes  con  sus  favoritos, quienes, cual truchas cultivadas, son entrenados para cumplir sus propó-sitos,  y  el  Departamento  de  Justicia forma  parte  del  poder  Ejecutivo,  no del Judicial, por lo que nada le impide a  un  rufián  como  Barr  actuar  como promotor personal de Trump en vez de custodiar los intereses del pueblo. “Su  funcionamiento  independiente se  determina  por  tradición”,  escribe Gessen, no por diseño.Los departamentos y agencias del Gabinete que se quedaron hace poco sin  inspectores  generales  también forman  parte  del  poder  Ejecutivo. ¿Cómo  pueden  mantener  a  raya  los excesos del presidente si este no actúa de buena fe? El sistema se basa en la buena fe.Es  posible  que  todavía  la  encon-tremos. La persona menos esperada, Lindsey Graham, presidente del Comi-té  Judicial  del  Senado,  se  interpuso entre Trump y su frenética embestida por el poder en el distrito sur, cuando dijo que les permitiría a los senado-res demócratas de Nueva York vetar al  nominado  de  Trump  (habrá  que ver cuánto tiempo se mantiene esto). Claro  que  Joe  Biden  podría  ganar  e invertir el primer año de su mandato no solo en restaurar normas, sino en codificarlas.Sin  embargo,  lo  que  realmente me quita el sueño (que sería la peor emboscada autoritaria) es pensar que Trump  llegue  a  intentar  suprimir  el voto con alguna treta que ni siquiera se me ha ocurrido (la votación se les deja a los estados). Ya ha hecho todo lo posible por respaldar actividades de recaudación de fondos para “monito-rear” agresivamente las casillas elec-torales, con la supuesta intención de evitar  el  fraude,  una  amenaza  casi inexistente.Hace tres años, uno de mis amigos hizo  la  astuta  observación  de  que  la elección de Trump sería como un pro-longado  experimento  nacional  Mil-gram, en referencia al famoso estudio psicológico  de  los  años  sesenta  que reveló cuán susceptibles son las perso-nas a la autoridad y, tristemente, cuán dispuestas  están  a  obedecer  incluso las órdenes más terribles.Un investigador les dio instruccio-nes a los participantes de administrar descargas, cada vez de mayor inten-sidad,  con  el  propósito  de  poner  a prueba a sujetos cuando daban la res-puesta incorrecta a una pregunta. Dos terceras  partes  de  los  participantes accedieron a infligir el castigo máxi-mo,  450  voltios,  aunque  los  sujetos gritaban de dolor.Por suerte, los sujetos eran actores y  las  descargas  eléctricas  eran  fal-sas. Por desgracia, los partidarios de Trump son reales y también lo son las descargas que está recibiendo nuestro sistema.