Opinion El Paso

El Tío Sam no tiene respuestas para arreglar la inmigración

El debate sobre inmigración es un acertijo. Y si usted piensa que Washington, D.C., tiene la respuesta, no ha entendido bien las pistas

Ruben Navarrette Jr. / The Washington Post

lunes, 03 mayo 2021 | 06:00

El debate sobre inmigración es un acertijo. Y si usted piensa que Washington, D.C., tiene la respuesta, no ha entendido bien las pistas.

La Constitución de Estados Unidos depende del Congreso para que “establezca una Regla de Naturalización uniforme”. Los fundadores de este país le dieron un giro peligroso cuando pusieron la obligación de establecer la política de inmigración en manos del Gobierno federal.

Acepte este consejo de alguien que ha cubierto la inmigración durante 30 años en tres diferentes estados de la frontera entre Estados Unidos y México: La capital del país es el último lugar en donde vamos a encontrar una solución a lo que algunos llaman el “problema de inmigración”.

Corrección. De aquí en donde me encuentro –a 2 mil 685 millas de retirado del suroeste, a una hora manejando desde la frontera entre Estados Unidos y México– la inmigración no es un problema. Es una oportunidad para renovarse. Los inmigrantes son una vacuna que infunde optimismo, ingenuidad y ética laboral al espíritu estadounidense. El constante flujo de recién llegados nos inocula de los virus de la complacencia, negatividad y privilegio.

A los políticos – tanto demócratas como republicanos – les fascina la simple idea de erigir barreras en la frontera. Sin embargo, las fuerzas que impulsan la inmigración hacia Estados Unidos no pueden arreglarse con cemento ni alambre de púas.

La demanda de mano de obra de inmigrantes ilegales está cerca de nuestra casa. Los hogares estadounidenses son los empleadores más importantes de los inmigrantes ilegales, ya que contratan a todo tipo de personas, desde jardineros, sirvientas y hasta cuidadores de adultos mayores. Al mismo tiempo, los padres estadounidenses han criado tres generaciones –la Generación X, los Milenials y la Generación Z– según una investigación, ellos tienen poco interés en los trabajos de verano, los empleos al salir de la escuela y hasta en hacer los quehaceres básicos en la casa.

El trabajo necesita hacerse. Si nuestros hijos no lo hacen, alguien tiene que realizarlos. También es posible que –al contratar nanas y cocineras– estamos enseñando a nuestros hijos que su único trabajo es ser atendidos y mimados.

El presidente Biden no puede enseñarles a los estadounidenses a ser mejores padres y que les exijan más a sus hijos. No puede darles a los jóvenes una ética laboral más fuerte para que dejen de perder trabajos ante los inmigrantes que vienen aquí para hacer las tareas que les corresponden a los adolescentes estadounidenses, y que los veinteañeros, tampoco van a hacer.

Sin embargo, lo que puede hacer Biden es lo que hizo en esta semana en su primer discurso presidencial en una sesión conjunta del Congreso. Él puede subir la temperatura y empujar al Congreso a dejar de estancarse y diseñar un compromiso sobre inmigración que le dé a cada parte algo de lo que necesita, pero no todo lo que quiere.

“La inmigración siempre ha sido esencial para Estados Unidos”, comentó Biden durante las declaraciones que hizo el miércoles por la noche. “Terminemos nuestra agotadora guerra contra la inmigración. Durante más de 30 años, los políticos hemos hablado acerca de la reforma de inmigración y no hemos hecho nada acerca de eso. Llegó el momento de arreglarla”.

Esas son unas hermosas palabras. Y serían aún más inspiradoras si no hubieran sido pronunciadas por una persona que votó en el 2006 a favor del Decreto de Cerco Seguro en el Senado, que apoyó como vicepresidente que más de 5 millones de personas fueran expulsadas o regresadas y que también firmó como presidente el tope anual de 15 mil refugiados que instituyó el ex presidente Donald Trump.

No se preocupen demócratas, ya que los latinos sólo recuerdan los desprecios de los republicanos.

El supuestamente amable Joe Biden cuenta con su propia propuesta para la reforma de inmigración, que envió al Congreso en la primera semana de su presidencia.

El Decreto de Ciudadanía de Estados Unidos del 2021 es mejor que nada, pero sigue teniendo fallas. No hay nada acerca de una tarjeta de identificación a prueba de falsificaciones, sanciones a los empleadores o cambio de reglas con las que los inmigrantes legales son admitidos para que podamos ponerle menos énfasis a la reunión de familias y más a nuestras necesidades de mano de obra.

Y en lugar de impulsar la ciudadanía –que hace que los republicanos se retiren de la mesa porque todo lo que ellos escuchan es “votar”– Biden sólo debería darles a los indocumentados lo que quieren, y no lo que los demócratas quieren para ellos: protección contra la deportación, una licencia de conducir para que puedan ir a sus trabajos y la libertad de viajar y cruzar las fronteras.

¿En dónde escuché eso? No fue en Washington. Es lo que los inmigrantes ilegales me dijeron aquí en el mundo real cuando les pregunté –y los escuché. Como ustedes lo habrán notado, los políticos no son buenos para escuchar, ya que están muy ocupados hablando.

En ningún lado se habla más y se toman menos acciones que en Washington. Dentro de ese rodeo, el debate sobre inmigración es acerca de cosas que representan la planta eléctrica del capitalismo: el dinero y la política. Es difícil hacer un compromiso porque ese estancamiento hace que los intereses especiales sean más poderosos. La ciudad está inundada con dinero que fluye de grupos que están a favor de la inmigración y de grupos anti-inmigración y ningún grupo quiere que se detenga esa situación.

Tristemente, aun cuando más de 20 mil niños y adolescentes migrantes están bajo la custodia de Estados Unidos –un hecho que se quedó fuera del discurso de Biden– el bienestar de los pobres y los desesperados es lo último que está en la mente de cualquiera en Washington.

¿Quieren solucionar el “problema” de la inmigración? Espléndido. Empecemos exigiéndole más a la gente que sólo está empeorando esta situación.

Las “verdaderas causas” de esta crisis no están en la frontera sur. Están al este del Potomac.