El socialismo y las elecciones estadounidenses de 2020

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Roger Cohen / The New York Times
martes, 12 marzo 2019 | 06:00

Nueva York— Dos de mis hijos nacieron en la Francia socialista. Sobrevivieron. De hecho, sus nacimientos fueron una gran experiencia: excelente atención médica, maravilloso seguimiento posparto, costo casi nulo. El brit milá de mi hijo, en una París abandonada durante el éxodo de agosto, fue otra historia, pero no voy a entrar en detalles.

Francia tiene uno de los sistemas de protección social más elaborados del mundo. La proporción de los ingresos tributarios respecto del producto interno bruto es del 46.2 por ciento, la más alta de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. En Estados Unidos, la proporción es del 27.1 por ciento. Con eso basta para darse una idea de las diferencias entre franceses y estadounidenses.

Francia gasta esta recaudación impositiva en programas —atención médica universal, licencia pagada por maternidad larga, beneficios por desempleo— diseñados para fomentar una sociedad más cohesiva y un capitalismo menos despiadado. Del grito triple de la Revolución Francesa —“Libertad, Igualdad, Fraternidad”—, lo primero ha demostrado ser lo más problemático, pues, según los franceses, la libertad no está muy lejos de la jungla “anglosajona” del libre mercado. La mitad de los últimos 38 años, Francia ha sido gobernada por presidentes socialistas.

El país ha pagado un precio por su solidaridad social, en particular con el alto índice de desempleo. Sin embargo, Francia ha prosperado. Tiene un vibrante sector privado. Es una economía capitalista, entre las siete más grandes del mundo. Su socialismo no es una excepción en Europa. Después de la Segunda Guerra Mundial, el Viejo Continente decidió que atenuar el capitalismo era un precio que valía la pena pagar para evitar la fragmentación social que había alimentado la violencia.

Los partidos que produjeron los Estados de bienestar en Europa tuvieron nombres distintos, pero todos acogieron los equilibrios —entre el libre mercado y el sector público, el emprendimiento y la equidad, las ganancias y la protección— que defendían tanto el socialismo como su prima la socialdemocracia (a diferencia del comunismo). En Europa, el socialismo, una palabra renacida, no despierta el temor a la amenaza roja que provoca en Estados Unidos. Es parte de la vida. No es la miseria venezolana.

El socialismo participará en las próximas elecciones estadounidenses del siglo XXI. ¡Increíble! Hace tres décadas, cuando cayó el Muro de Berlín bajo el peso del comunismo, el capitalismo desenfrenado avanzó con confianza sobre los escombros en busca de oportunidades globales. La lucha ideológica parecía haber terminado.

No obstante, la desigualdad y la marginación en aumento —derivadas de la globalización financiera— han puesto al socialismo en un papel protagónico. Grace Blakeley, una economista y autoproclamada socialdemócrata de Londres, me dijo: “En la actualidad, para la mayoría de las personas, el socialismo representa quedar libres de un terrible trabajo en una bodega o de un empleo de 80 horas a la semana que detestas, en el que trabajas para gente que detestas”.

Así es. En Estados Unidos, la voz carismática de ese sentimiento es la congresista demócrata Alexandria Ocasio-Cortez, el pararrayos de una nueva política estadounidense. “Para mí, la definición de la socialdemocracia, de nuevo, es el hecho de que en una sociedad moderna, moral y rica ningún estadounidense debería vivir en la pobreza”, le dijo Ocasio-Cortez a Chuck Todd de NBC. Como el líder de izquierda del Partido Laborista del Reino Unido, Jeremy Corbyn, Ocasio-Cortez está a favor de una significativa intervención del Estado en la economía. El presidente Donald Trump, infalible en su instinto por atacar directo a la yugular, declaró: “Creemos en el sueño americano, no en la pesadilla socialista”.

Sin embargo, Europa demuestra que el socialismo y el libre mercado son compatibles. El asunto principal para el Partido Demócrata es qué tan a la izquierda debe ir. Bernie Sanders se hace llamar socialista. Kamala Harris se hace llamar progresista. John Hickenlooper, conciliador, dice que él “puede hacer las cosas”.

Trump enterró la noción de que las elecciones estadounidenses se ganan en el centro. La energía del Partido Demócrata está en la facción progresista. Se origina en la ira en contra de una economía manipulada y la repulsión millenial por el giro elitista de los demócratas que les costó su base de clase trabajadora y una buena parte del Estados Unidos rural. Esta situación le abrió el camino a Trump. Mis propias inclinaciones son centristas, pero no son un “centrismo” que se interese más por Goldman Sachs que por la crisis de los opioides. No veo cómo los demócratas podrían ganar si rehúyen la energía con tendencia izquierdista de la nueva era.

Advertencia: Estados Unidos se fundó en contraste con Europa, no como una extensión del Viejo Continente. La independencia es para Estados Unidos lo que la fraternidad para Francia: parte de su núcleo. El espacio estadounidense —tan inmenso, tan poco europeo— infunde en los estadounidenses una encarnizada independencia de espíritu que quiere al Gobierno fuera de sus vidas.

Las naciones no se libran de su esencia cultural. No creo que ahorcar a los ricos —Ocasio-Cortez propuso un impuesto del 70 por ciento a la riqueza— vaya a llevar a los demócratas al Despacho Oval. Tampoco lo harán las acusaciones de “explotación de los trabajadores” que provocaron que Amazon y 25 mil empleos se marcharan de Nueva York, un desperdicio absurdo.

El secreto sucio de los Estados de bienestar en Europa es que tienden a ser amigables con los negocios. Como lo ha señalado Monica Prasad, una profesora de sociología de la Universidad Northwestern, Suecia tiene una tasa de impuesto corporativo menor a la de Estados Unidos. La clave para los demócratas es lograr que los negocios crean en la reforma progresista. A base de empujoncitos, Estados Unidos puede cambiar de dirección, hacia el estilo francés, sin perder su esencia de autorrenovación.

Francia también es el hogar de las protestas de los chalecos amarillos de la clase marginada. Vaya cohesión social, se podría decir. No obstante, hay una lección. Como observó James McAuley en The New York Review of Books, esos chalecos reflejan, sobre todo, una “demanda importante de ser vistos”. El socialismo no es una bala de plata. El requisito básico para cualquier candidato demócrata es hacer que los olvidados, los que están en dificultades y los invisibles de la sociedad estadounidense sientan que son vistos de nuevo.