El origen del ser aleatorio

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David Brooks / The New York Times
miércoles, 15 mayo 2019 | 06:00

Nueva York— Una sociedad se considera sana cuando cuenta con una cultura que equilibra su economía. Es decir, cuando se tiene un sistema económico capitalista que enfatiza la competencia, el dinamismo y el interés individual, es necesario que la cultura celebre la cooperación, la estabilidad y las relaciones basadas en el compromiso.

Por desgracia, no es lo que tenemos. Nuestra cultura toma los aspectos disruptivos y deshumanizadores del capitalismo y los hace peores. Kathryn Edin, Timothy Nelson, Andrew Cherlin y Robert Francis capturan esta verdad con gran claridad en un artículo titulado “The Tenuous Attachments of Working-Class Men”, publicado en la revista The Journal of Economic Perspectives.

Estos investigadores realizaron 107 entrevistas detalladas con varones de clase trabajadora. Muchos de ellos les dijeron que la economía no les permite ofrecerle a su familia la misma calidad de vida que sus padres les dieron a ellos.

Esta situación ha creado una cultura de ocupación secundaria. Los varones creen que deben tener tres o cuatro trabajos, así que los combinan para lograr tener siempre el equivalente a un empleo de tiempo completo. Uno de los trabajadores, que había estudiado para ser mecánico de diésel, también obtuvo una certificación como barbero y comenzó a cursar un programa de capacitación en producción visual.

Muchos de ellos trabajan en tareas de mantenimiento fuera de nómina. Muchos dejan de trabajar temporadas largas, en las que pasan el tiempo con los amigos y viven de prestado. Algunos tienen sueños empresariales que vistos desde fuera no parecen nada realistas, como vivir de sus ganancias como novelistas o DJ.

A su vida privada le falta tanta estructura como a su vida económica. Muchos de los hombres comentaron que deseaban ser buenos padres para sus hijos y expresar más sus emociones cuando están con ellos de lo que hicieron sus propios padres. Sin embargo, no mencionaron ningún deseo similar con respecto a las mujeres que parieron a esos hijos. Algunos descubrieron que habían sido padres varios años después del nacimiento de sus hijos.

“Casi todos los hombres con los que hablamos consideraban central el vínculo entre padre e hijo; en cambio, la relación con la pareja les parecía más periférica”, escribieron Edin y sus colegas. Naturalmente, si los hombres no desean comprometerse a formar parte de una unidad familiar completa, el papel que desempeñan en realidad en la vida de sus hijos es mucho menos importante de lo que quisieran.

Los varones también tienen vínculos muy frágiles con las distintas Iglesias. La mayoría se identifican como personas espirituales o religiosas. No obstante, su noción de fe es tan individualista que no pueden practicarla con nadie más. Rezan solos, pero tienden a sentir desdén hacia la religión organizada y no desean tener lazos con ninguna comunidad específica.

“Trato a la Iglesia como a mis novias”, dijo un hombre. “Me quedo un tiempo con ella, pero después voy con la siguiente”.

Otro dijo que creía en Dios, pero rechazaba la idea de “un Dios con hilos que nos dice cómo vivir. No funcionó para mí”.

Los investigadores enfatizan que, si bien las fuerzas económicas han causado disrupción en la vida de estos varones, no bastan para explicar este estilo de vida desligada que se ha convertido en la norma.

Las fuerzas culturales también han influido, de manera específica en cuanto al énfasis en la autonomía (ser dueño de sí mismo, concentrarse en su propio crecimiento personal, liberarse de restricciones). Concluyen que este valor, al menos en las ciudades en las que hicieron las entrevistas, ha remplazado la ética antigua de la clase trabajadora, basada en la autodisciplina, la dignidad del trabajo manual y el orgullo de ser un buen proveedor.

“Nuestras entrevistas son buenos indicadores de que el ser generador autónomo que muchos hombres describieron también es un ser aleatorio”, escriben los autores.

En breve, en el preciso momento en que el capitalismo de la era de la información desliga a muchos varones de la clase trabajadora de profesiones estables, el valor de la autonomía les enseña que está bien estar un poco desligado, que lo mejor es vivir en flujo perpetuo, con opciones siempre abiertas.

El problema es que no está funcionando, con todo y que los hombres tienen las mejores intenciones. Esta forma de ser en general conduce a una vida aislada. Es evidente que no funciona para los hijos. Parece que cada semana conozco a un joven cuya vida quedó marcada cuando su papá lo abandonó.

Como ya les he comentado, hace un año fundé junto con otros una organización llamada Weave: The Social Fabric Project. Esta semana, llevaremos a Washington a casi trescientos creadores de lazos de todo el país. Ahí, analizaremos cómo aprovechar algunas de las mejores acciones que han emprendido para construir su comunidad local, de manera que podamos convertirlas en un movimiento nacional capaz de fortalecerse a sí mismo.

Parte de la tarea es construir comunidades estrechas en todo el país, de manera que todos, incluso los jóvenes un poco aislados, tengan la oportunidad de desarrollar relaciones cercanas de confianza.

Otro objetivo del evento, llamado #WeaveThePeople, es invitar a las personas a pensar de manera distinta. Lograr que más personas se convenzan de que la vida autónoma no es la mejor opción. Una vida en relación sí que lo es.

Se requieren mejores políticas económicas para mejorar estas vidas, como subsidios al salario, por ejemplo. Sin embargo, también es necesario un cambio cultural, modificar nuestra percepción del tipo de hombre que nos causa admiración y aquel que nos provoca desprecio. El hombre estilo lobo solitario ya pasó a la historia; necesitamos a un hombre creador de lazos, con fuerza suficiente para unirse a una comunidad.