El odio es muchísimo más grande que Trump

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Frank Bruni / The New York Times
martes, 13 agosto 2019 | 06:00

Nueva York– Algunos de los médicos más conocedores del país no me pueden decir con ninguna certeza por qué terminé perdiendo la visión del ojo derecho y corro el riesgo de quedarme ciego, pero uno de los lectores de mi columna supo la respuesta. Es porque soy gay.

 “Has mencionado abiertamente tu homosexualidad”, me dijo en un correo electrónico que recibí hace dos semanas y, tal vez para darse crédito, usó su nombre, lo cual me permitió determinar que no es un predicador fundamentalista de un estado muy republicano, sino un ingeniero que vive en los suburbios de la ciudad de Nueva York. “Por eso Dios no te pudo ayudar. Estabas viviendo en violación flagrante de su Ley”.

Ese correo electrónico tuvo un grado especial de mezquindad, pero por lo demás fue bastante rutinario. Apenas una semana antes, una mujer que da clases en una universidad de Manhattan me escribió: “¿En verdad es usted homosexual? Espero que no. Es inevitable que las columnas que escriben los homosexuales tengan su propia agenda y puntos de vista homosexuales, y no los puedes leer pensando que son imparciales. En verdad espero que los rumores sobre usted no sean verdad”.

¿Rumores? Son hechos, aunque es evidente que ella los encontró en rincones del internet donde ser gay se percibe como un motivo de secretismo y una fuente de vergüenza. Hay muchos de esos rincones y tienen bastantes moradores.

En películas, canciones y tarjetas de felicitaciones, siempre escucho o leo que el amor es para siempre y que lo conquista todo. Bien, el odio podría ser todavía más duradero, y tiene la fuerza para combatir al amor de tú a tú.

Mi bandeja de entrada es prueba de ello; la evidencia se remonta décadas atrás. Y en este caso, no me refiero a los lectores furiosos y a veces groseros que no están de acuerdo con mis opiniones. Todos los columnistas se topan con eso y, debido al privilegio de nuestros megáfonos, así debería de ser. Estoy hablando de los lectores que detestan mi mera existencia, quien soy, independientemente de la persona o el tema que haya ensalzado o destrozado.

Son desconocidos. Nunca me han conocido, nunca han podido comprobar mi generosidad, bondad, lealtad o falta de estas. Para ellos, existo en una categoría, como un tipo de persona. Eso es lo único que ven, y ese tipo de persona es despreciable.

Es la clase de odio con la que cuenta el presidente Donald Trump y a la cual recurre, el tipo de odio que motivó a los atacantes de El Paso, Pittsburgh y muchos otros lugares. Sin embargo, limitamos demasiado el debate —y nos dejamos llevar por una mentalidad lamentablemente ingenua— cuando afirmamos que es el principal causante de estas masacres. Solo es un jardinero labrando una tierra excesivamente fértil.

Estaba antes de él. Estará después. Y, aunque palabras más gentiles de la Casa Blanca y un mejor presidente podrían afectar cuánto crece en ella y qué tanto, la maldad siempre echa raíces y siempre florece.

Si vives en cierta categoría —negro, moreno, judío, musulmán, gay, trans—, lo sabes y experimentas sucesos como los de la semana pasada no solo como reflexiones escalofriantes del momento político, sino como un triste testimonio de la naturaleza humana. Registras algunos de nuestros lugares comunes más diáfanos como meras ilusiones bien intencionadas:

Si tan solo todos los estadounidenses blancos conocieran e interactuaran con más estadounidenses negros. Si tan solo todas las personas heterosexuales tomaran conciencia y analizaran la situación de sus parientes y amigos gays. Si tan solo hubiera más convivencia entre cristianos y judíos, entre judíos y musulmanes. Si tan solo pudieran llegar a más gente los líderes correctos y pudiera enseñarse el pensamiento correcto a más personas. Si tan solo, si tan solo, si tan solo.

Bien, algunas personas están más allá del alcance y la enseñanza. Hay a quienes la exposición a la diversidad los endurece en vez de suavizarlos. Por lo que puedo observar, algunos de estos tiradores tuvieron bastante exposición a la diversidad. Esto no los hizo dudar ni siquiera un poco de su supuesta superioridad moral ni los disuadió de la veracidad de sus creencias.

Es fácil perder de vista esto y centrarse en cambio en los corazones y las mentes que se han transformado, en el progreso que se puede lograr. Durante mi vida, me ha sorprendido y conmovido cómo ha evolucionado la situación de los estadounidenses LGBT: mi gratitud es indescriptible. De acuerdo con una encuesta reciente, en la actualidad, el 63 por ciento de los estadounidenses apoya el matrimonio igualitario.

Sin embargo, eso significa que hay un 37 por ciento que no lo apoya. Y, aunque la mayoría de ellos tiene una edad superior a los 50 años, algunos tienen menos de 30 y —por alguna extraña mezcla de razones religiosas, culturales y psicológicas— no pueden soportar a la gente como yo. Seguirán presentes durante décadas. Al igual que su odio.

Hago notar esto para repeler el exceso de confianza, que en cierto grado se afianzó con nuestro presidente anterior. La elección de Barack Obama tuvo una narrativa distinta de la de Trump. Simbolizó la posibilidad del declive del odio. No obstante, solo estuvo aguardando el momento, esperando su turno. Siempre lo hace.

Esto no quiere decir que debamos rendirnos o acostumbrarnos. No, precisamente por su asombrosa terquedad debemos hacer todo lo que esté en nuestro poder para evitar que se desate y esté bien armado. Debemos cambiar las leyes para las armas que son demasiado permisivas, combatir la falta de regulación del internet, arremeter contra un diálogo público que es cómplice del tribalismo más destructivo. Debemos castigar con dureza los actos de odio, no solo para proclamar nuestros valores, sino también para hacer que la gente que odia lo piense dos veces y mantenerla en el buzón de mi correo electrónico, armada solo con palabras, y no en el bachillerato de tu hijo, armada con un rifle de asalto.

Mientras tanto, los que somos blanco del odio encontraremos cómo salir del paso, buscaremos el punto medio entre la cautela y la franqueza, entre la amargura y la gracia. Le respondí el correo electrónico a la profesora, y le dije que, si tenía un problema con mi homosexualidad, podía y debería dejar de leerme. Por supuesto que eso no la calló.

“Mis rezos están con usted y espero que Dios lo perdone”, me contestó. “Una vida de perversión no puede ser divertida, y de aquí en adelante seguramente será desastrosa. Rezaré por su madre. Debe ser terrible tener un hijo homosexual”.

Mi madre murió hace casi 23 años, tras una larga y disputada batalla contra el cáncer. Ella sabía que yo era gay y no le quitó la tranquilidad saberlo. No me quiso menos. Eso no se lo dije a la profesora. En vez de eso, le informé que iba a activar mi filtro de correo basura y que nunca volvería a ver un correo electrónico suyo.

Un colega me sugirió que la denunciara en la administración de su escuela, porque debe tener alumnos LGBT. No lo haré. Si su intolerancia se permea en el salón de clases, lo más probable es que los estudiantes se percaten y se quejen con justa razón. Además, no soy la policía del pensamiento. No me hizo nada. Y no conozco su historia personal: qué demonios carga y por qué. Si la conociera, tal vez sentiría más conmiseración hacia ella que otra cosa. Lo mismo pasa con el ingeniero temeroso de Dios, cuyo nombre, como el de ella, no divulgaré.

Los dos son un recordatorio de que el odio no tiene una profesión ni un nivel educativo ni un código postal particulares. Su amplia extensión desmoraliza tanto como su capacidad de permanencia. Emily Dickinson describió, de una forma maravillosa, que “la esperanza es esa cosa con plumas”. Pues bien, el odio es esa cosa con tentáculos. Aprisiona con fuerza a la gente y se rehúsa a soltarla.