Opinion El Paso

El juicio televisivo de Trump

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Michelle Goldberg/The New York Times
miércoles, 06 marzo 2019 | 06:00

Nueva York – En 1983, el matrimonio de sociólogos Gladys Engel Lang y Kurt Lang publicaron “The Battle for Public Opinion”, un libro que buscaba explicar cómo los estadounidenses, en menos de dos años, pasaron de una reelección arrolladora de Richard Nixon a en su mayoría estar a favor de que se le sometiera a un juicio político.

Después de todo, el escándalo de Watergate no fue una total sorpresa; había evidencias de una conexión entre la Casa Blanca y el allanamiento antes de la elección de 1972; el comercial de la campaña de George McGovern presentaba un montaje de encabezados nocivos de Watergate mientras un narrador decía: “Esto tiene que ver con fondos ocultos. Esto tiene que ver con engaño. Esto tiene que ver con la Casa Blanca”. No obstante, de algún modo, la historia no cuajaba. “El problema que significó estaba mucho más allá de lo que preocupaba a la mayoría de la gente”, escribieron los Lang. Los detalles eran confusos, “su importancia era difícil de desentrañar”.

La transmisión por televisión de dos series de audiencias en el Congreso ayudó a cambiar esa percepción. Primero fue la del Comité Selecto del Senado sobre las Actividades de la Campaña Presidencial, mejor conocido como el comité Ervin, que comenzó sus actividades en mayo de 1973. Estas audiencias no fueron de mucha consecuencia para cambiar el voto de Nixon, pero la gente se quedó absorta en el tema y se tomó más en serio las fechorías del gobierno. Para cuando terminaron, “Watergate” se había transformado de ser la palabra clave para describir un robo que salió mal en un edificio del mismo nombre a una descripción más amplia de la corrupción gubernamental.

Luego vinieron las audiencias del Comité Judicial de la Cámara de Representantes sobre el juicio político en 1974. Las deliberaciones finales de este comité no fueron un juicio, de acuerdo con los Lang, pero para los observadores sí lo fue, así que el debate público vino a girar en torno a la interrogante de la culpa o la inocencia de Nixon. El 5 de agosto, surgió la prueba definitiva de su culpabilidad: la grabación en la que Nixon acordaba un plan para que la CIA le pidiera al FBI que dejara de investigar Watergate, que fue como la “pistola humeante”. Después de eso, escribieron los Lang, “la lógica inexorable de los hechos” condujo a la caída del presidente.

Estamos a punto de descubrir si los hechos todavía tienen una lógica inexorable. Los esbozos de la venalidad y deslealtad cívica básica de Donald Trump han sido evidentes desde la campaña de 2016; Hillary Clinton nos advirtió sobre él, tal como McGovern había advertido sobre Nixon. Sin embargo, hasta ahora ni los demócratas ni los fiscales han hilado las varias tramas de los delitos presidenciales en una imagen consistente, una que muestre cómo convergen todas las prácticas empresariales oscuras, las finanzas opacas, la vulnerabilidad al chantaje, los abusos de poder y el servilismo para con los autócratas extranjeros de Trump.

Sin embargo, ahora, los demócratas han comenzado una investigación pública y de amplio espectro del presidente. El testimonio que fue un éxito de audiencias de Michael Cohen ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes de la semana pasada fue solo el primer acto.

El lunes, el Comité Judicial de la Cámara Baja dio los primeros pasos de una investigación sobre obstrucción de justicia, corrupción pública y abusos de poder en el gobierno de Trump. En un ataque jurídico operático, envió una solicitud de documentos a 81 personas y entidades, entre las que se encuentran Donald Trump Jr., Jared Kushner, la Asociación Nacional de Rifle y Allen Weisselberg, director de finanzas de la Organización Trump. Tienen dos semanas para responder (Ivanka Trump no aparece en la lista, pero las solicitudes que se enviaron piden varios documentos sobre ella y el comité ha dicho que habrá varias solicitudes más).

“Para mí es un momento emocionante”, me dijo Jamie Raskin, representante demócrata que forma parte del Comité Judicial de la Cámara de Representantes. En última instancia, dijo, “tenemos una oportunidad de descubrir qué ha estado ocurriendo en nuestro país en los últimos dos años y varios meses”.

Poco después de que se dieron a conocer las solicitudes de documentos, los directores de los tres comités —Supervisión, Relaciones Exteriores e Inteligencia— dieron a conocer tres cartas al jefe de personal en funciones de la Casa Blanca, Mick Mulvaney, y al secretario de Estado Mike Pompeo que solicitaban documentos relacionados con las comunicaciones entre Trump y el presidente Vladimir Putin de Rusia. Quieren entrevistar a los intérpretes de Trump y a cualquier otra persona enterada de sus conversaciones con Putin. Si la Casa Blanca se niega a cumplir dichas solicitudes, es muy probable que haya una batalla jurídica. “Estamos dispuestos a llevarlo tan lejos como sea necesario para obtener respuestas”, me dijo el representante Adam Schiff, quien está a cargo del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes.

La semana próxima, el comité de Schiff llevará a cabo una entrevista pública con Felix Sater, un criminal que tiene vínculos tanto con la delincuencia organizada como con agencias de inteligencia de Estados Unidos que estaban en el centro de las negociaciones para una Torre Trump que se propuso en Moscú.  “Hemos decidido concentrarnos en la primera fase del acuerdo de la Torre Trump porque se encuentra entre los ejemplos más gráficos de cómo el enfoque de un candidato o un presidente en hacerse de dinero puede ser a expensas de lo que es mejor para nuestro país”, comentó Schiff.

Dada la polarización de nuestra política, no hay razón para esperar que las próximas audiencias cambien la forma de pensar de muchos. Lo que sí pueden hacer, posiblemente, sea poner la pregunta de la criminalidad de Trump en el centro de la vida política, tal como las audiencias de Watergate hicieron con Nixon. Pueden crear un discurso que ni un empresario de la telerrealidad puede controlar.

Es demasiado pronto para saber si estas investigaciones conducirán a la impugnación de Trump. La cuestión importante es que llevan a su exposición. A diferencia de Nixon, Trump perdió el voto popular, y la mayoría del país lo desaprueba de manera sistemática. Por ende, no puede darse el lujo ni de una pequeña erosión en el apoyo que tiene.

“El fenómeno de Trump tiene que pensarse como un culto religioso en torno a una familia de la delincuencia organizada”, comentó Raskin. “Sin embargo, en los perímetros externos, la gente está comenzando a dispersarse. Además, la partida de Michael Cohen es un momento de la verdad en la evolución del fenómeno Trump. Es el adulador más íntimo en romper filas”. Pronto, Estados Unidos encenderá sus pantallas para descubrir quién sigue.