¿El factor racial podría estar impulsando el ascenso de O’Rourke?

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Ruben Navarrette Jr. / The Washington Post
lunes, 08 abril 2019 | 06:00

San Diego— Robert Francis O’Rourke no asevera ser hispano. Pero el precandidato presidencial demócrata para el 2020 se hace llamar “Beto”, y no parece importarle que ustedes piensen que es hispano.

Cuando la Associated Press cubrió el reciente mitin de arranque de campaña de O’Rourke en El Paso, el reportero señaló que el ex congresista “habló por largo tiempo en español, su lengua natal”.

Pero ya que O’Rourke es un irlandés americano de cuarta generación, el reportero quizás estaba hablando del dialecto gaélico espanol.

¿Acaso esto es apropiación cultural, o solamente más evidencia de que los medios no tienen ni idea sobre los mexicoamericanos, su cultura y su idioma? La AP, ya emitió una corrección.

Pero O’Rourke no hace ninguna corrección. Cuando te lanzas para presidente, se supone que debes contar tu historia. Pero el demócrata de Texas prefiere querer engatusar a la izquierda radical —fronteras abiertas, legalización de la mariguana, Medicare para todos, etc.— que hablar sobre la travesía que su familia hizo desde Emerald Isle.

Me hace pensar en aquello que decía John Leguizamo, el actor y comediante colombiano americano. Los directores de reparto de Hollywood, según recuerda, le decían: “No queremos a un hispano. Queremos alguien que haga el papel de hispano”.

Mientras tanto, hay un verdadero hispano compitiendo por la nominación demócrata —Julián Castro, el ex secretario de Vivienda y Desarrollo Urbano. Una vez siendo presentado por los medios como una estrella en acenso “post-racial” en el Partido Demócrata, el mexicoamericano no puede hallar espacio en televisión para salvar su campaña por la Casa Blanca, y se ha quedado estancado en el uno por ciento de popularidad en los sondeos de Iowa.

Pero no hay de qué preocuparse, tenemos a un hombre anglosajón que puede hacer el papel de hispano. Beto O’Rourke, como el primer presidente hispano de la nación.

No actúen como si nunca hubieran visto esta película antes. Tal como nos enseñó Bill Clinton en los noventas por medio de su supuesta familiaridad con los afroamericanos, los hombres anglosajones siempre tienen la oportunidad de escoger los mejores papeles para ellos mismos.

Es el privilegio, estúpido.

¿Qué tal un poco de ironía? La mitad del debate en torno a la inmigración es impulsado por un temor compartido por los anglosajones de que los hispanos los reemplazarán. Aun así, en la contienda presidencial, los anglosajones están reemplazando a los hispanos.

Esto es como C-SPAN se fusionara con “La dimensión desconocida”.

He escuchado a presentadores de radio conservadores que dicen que O’Rourke se hace pasar como hispano debido a que los hombres anglosajones ya no están de moda en un Partido Demócrata obsesionado con la política de identidad.

Pero estos se equivocan —tal como usualmente se equivocan sobre la raza y la etnicidad, de lo cual no entienden absolutamente nada.

Primeramente, los conservadores están igual de obsesionados con la política de identidad como los liberales; sólo que la identidad que más le preocupa al Partido Republicano ahora es la de un hombre anglosajón haciéndose la víctima. Segundo, el decaimiento de los hombres anglosajones en el Partido Demócrata —o en cualquier partido— ha sido ampliamente exagerado. Aún consiguen su buena tajada de atención por parte de los medios y recaudan grandes cantidades de dinero.

A pesar de la agudeza en la recaudación de fondos mostrada en el primer trimestre por la senadora de California, Kamala Harris (12 millones de dólares), los candidatos demócratas que figuran en los encabezados por su recaudación de fondos en el primer trimestre son todos hombres anglosajones —el senador de Vermont, Bernie Sanders (18.2 millones de dólares), el alcalde de South Bend, Pete Buttigieg (7 millones de dólares) y O’Rourke (quien no ha revelado su total del primer trimestre, pero sí recaudó una impresionante suma de 6.1 millones de dólares en las primeras 24 horas después de que entrara a la contienda).

Los gerentes de recursos humanos se los dirán, sin importar todo lo que se diga sobre diversidad y esa sed por una nueva sangre, la gente aún sigue contratando a personas con las que puedan identificarse.

¿Qué si se recurre a una dinámica similar cuando los ejecutivos de los canales de televisión deciden cuáles candidatos recibirán mayor exposición en los medios? ¿O cuando los donadores deciden a quién apoyar cuando firman sus cheques? Los hombres anglosajones con dinero y poder probablemente puedan identificarse con Sanders, Buttigieg y O’Rourke de una manera en la que no podrían identificarse con —digamos alguien como Stacey Abrams.

Al igual que O’Rourke, Abrams era la nominada demócrata en una crucial contienda estatal en el 2018. Mientras que el originario de El Paso contendía por un escaño en el Senado en Texas, Abrams competía para convertirse en la primera gobernadora afroamericana de Georgia. Ambos contendieron bien, y ambos estuvieron muy cerca de ganar, más de lo que los observadores habían predicho. 

Pero en la derrota, estas personalidades no viven las mismas vidas. Durante una reciente entrevista en MSNBC, Abrams —quien también fue mencionada como una potencial candidata presidencial— dijo que “la raza juega un papel” en el hecho de que O’Rourke ha disfrutado una gran atención por parte de los medios. No se puede decir lo mismo de ella y de Andrew Gillum, el demócrata afroamericano que contendió, sin éxito alguno, por la gubernatura de Florida, según Abrams señaló. 

Abrams tiene razón. Yo he estado diciendo lo mismo por varias semanas —incluso cuando la gente no quiere aceptarlo. Sin importar cuales papeles los candidatos escojan para ellos mismos, cuando las reseñas son dadas a conocer, la raza siempre juega un importante papel.