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Opinion El Paso

El estilo paranoico de los plutócratas estadounidenses

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Paul Krugman / The New York Times

domingo, 03 septiembre 2023 | 06:00

New York— Hace poco tiempo, Peter Hotez, un destacado científico especializado en vacunas y blanco frecuente del acoso de los antivacunas, expresó asombro en una publicación en X, antes conocida como Twitter. Hizo notar que muchos de los que se burlaban de él también estaban “muy metidos en el bitcoin o las criptomonedas” y declaró: “En realidad, no puedo atar los cabos”.

Bien, puedo ayudar en este aspecto. Además, bienvenido a mi mundo.

Si sigues con regularidad los debates sobre políticas públicas, en especial los que involucran a compinches ricos del sector tecnológico, es evidente que hay una fuerte correlación entre las tres D: denegación del clima, denegación de la vacuna contra la Covid-19 y devoción por las criptomonedas.

Ya he escrito sobre algunas de estas cosas, en el contexto del entusiasmo de Silicon Valley por Robert F. Kennedy Jr. No obstante, a la luz del asombro de Hotez –y también del ascenso de Vivek Ramaswamy, otro fanático, quien no conseguirá la nominación del Partido Republicano, pero que podría convertirse en el compañero de fórmula de Donald Trump– quiero hablar más sobre lo que tienen en común estas formas diversas de fanatismo y por qué les parecen atractivas a tantos hombres ricos.

La relación entre la negación del clima y de las vacunas es clara. En ambos casos, hay un consenso científico basado en modelos y análisis estadísticos. Sin embargo, las pruebas que respaldan ese consenso no son evidentes todos los días para las personas. ¿Dices que el planeta se está calentando? ¡Ja! Esta mañana nevó. ¿Dices que la vacunación protege contra la coronavirus? Bueno, conozco a personas que no se vacunaron y están bien y he oído historias (engañosas) sobre personas que tuvieron paros cardíacos después de inyectarse.

En otras palabras, para valorar el consenso científico, hay que tener cierto respeto por todo el esfuerzo que implica la investigación y entender cómo los investigadores llegan a las conclusiones que llegan. Esto no quiere decir que los expertos siempre tengan la razón y nunca cambien de opinión. No es así y lo hacen. Por ejemplo, en las primeras fases de la pandemia de Covid, las máximas autoridades sanitarias se opusieron al uso generalizado de los cubrebocas, pero dieron marcha atrás ante evidencias convincentes, porque eso hacen los científicos serios.

Es comprensible que una persona de a pie no entienda de qué se trata la investigación científica. Sin embargo, se podría pensar que los empresarios, en especial quienes han ganado dinero con la tecnología, apreciarían el valor de la investigación y los conocimientos técnicos. Y muchos lo hacen.

Pero hay fuerzas que actúan en sentido opuesto. El éxito alimenta con demasiada facilidad la creencia de que uno es más listo que todos los demás, por lo que puede dominar cualquier tema sin esforzarse en entenderlo ni consultar a la gente que sí lo ha hecho; este tipo de arrogancia puede estar particularmente extendida entre los tipos del sector tecnológico que se hicieron ricos desafiando la sabiduría convencional. Los ricos también tienden a rodearse de gente que les dice cuán brillantes son o de otros ricos que se unen a ellos en la afirmación mutua de su superioridad sobre meros zánganos técnicos: lo que el autor de tecnología Anil Dash llama “V. C. QAnon”.

Entonces, ¿dónde entran las criptomonedas? En la base de todo el fenómeno de las criptomonedas está la creencia de algunos tipos del sector tecnológico de que pueden inventar un sistema monetario mejor que el actual, sin hablar con ningún experto monetario ni aprender nada de historia monetaria. De hecho, existe la creencia generalizada de que el sistema de dinero fiduciario emitido por los gobiernos que ha prevalecido durante generaciones es un esquema Ponzi que colapsará en una hiperinflación en cualquier momento. Por ejemplo, de ahí proviene la declaración de Jack Dorsey en 2021: “La hiperinflación cambiará todo. Ya está ocurriendo”.

Ahora bien, estoy muy dispuesto a admitir que la economía monetaria no es una ciencia tan sólida como la epidemiología o la climatología. Y, en efecto, incluso los economistas no fanáticos debaten mucho más sobre algunos temas importantes que sus homólogos en las ciencias duras.

Sin embargo, la economía es, a pesar de todo, como escribió John Maynard Keynes, “un tema técnico y difícil” –sobre el que no se deben realizar dictámenes sin estudiar bastante teoría e historia–, aunque “nadie lo crea”. Sin duda es probable que las personas que creen entender el clima mejor que los climatólogos y las vacunas mejor que los investigadores de salud pública también piensen que entienden el dinero mejor que los economistas y crean que, en cada caso, los expertos que les dicen que el mundo no funciona como ellos creen son partícipes de algún tipo de engaño o conspiración.

En efecto, gran parte de la agitación reciente en la industria de las criptomonedas ha hecho que los economistas se pregunten: ¿esta gente no investigó la teoría ni la historia de los pánicos bancarios? Y por supuesto que la respuesta es que no creían que fuera necesario.

Es cierto, siempre ha habido fanáticos ricos. ¿Acaso ha empeorado esta situación?

Creo que sí. Gracias al auge de la tecnología, es probable que haya más fanáticos ricos que antes y además son más ricos que nunca. También tienen un público más receptivo en la forma de un Partido Republicano cuya confianza en la comunidad científica ha colapsado desde mediados de la década de 2000.

Así que, en respuesta a Hotez, sí se pueden atar los cabos. La agitación del movimiento antivacunas y el criptoentusiasmo son aspectos de un auge más generalizado de sabelotodismo, cuya mayor fortaleza recae en una comunidad intelectualmente endogámica de hombres muy ricos.

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